La vida está en otra parte | Letras Libres
artículo no publicado

La vida está en otra parte

Jan Jacob Slauerhoff

Espuma y ceniza

trad. Julio Grande Morales, México, Textofilia, 2011, 156 pp.

 

En nuestra lengua, el territorio literario de Jan Jacob Slauerhoff (Leeuwarden, 1898-Hilversum, 1936) ha pasado tanto tiempo inexplorado que cualquier bosquejo biográfico podría hacernos caer en los peligros de la fascinación. Es, afirman los críticos, uno de los autores holandeses esenciales del siglo XX, tanto por su producción en verso como por sus narraciones. Poeta maldito, admirador de Baudelaire y Verlaine, fue en otra de sus facetas traductor de Güiraldes, Gómez de la Serna y Martín Luis Guzmán (su versión de La sombra del caudillo fue uno de sus últimos proyectos y solo se conoció de manera póstuma). Su bibliografía suma una veintena de libros, de los cuales Espuma y ceniza es apenas el primero en publicarse en el mundo de habla hispana. Hasta aquí lo que uno esperaría de un escritor.

Pero Slauerhoff está lejos de ser un poeta ajeno a la intensa vida práctica: después de graduarse como cirujano prestó sus servicios en distintas embarcaciones comerciales. Viajó a Oriente, África y América Latina, a pesar de sufrir constantemente cualquier cantidad de dolencias. Por supuesto que esta última circunstancia adquiere –con la lectura de sus obras– un carácter relevante: su prosa depende tanto de su condición de nómada como de la de hombre enfermizo, a tal grado que es difícil imaginar a Slauerhoff en un único sitio. Si atendemos al modo en que sus personajes asumen las estancias en tierra, podemos intuir la propia incomodidad del escritor ante los domicilios fijos. Y no olvidemos tampoco el estado confesional de su poesía: “En mis poemas puedo vivir, en ningún otro lugar podría encontrar un refugio”, dice en un texto llamado sintomáticamente “Sin hogar”.

Espuma y ceniza reúne cinco relatos de viaje, cuyo rasgo común es que no están escritos desde el exotismo que producen los territorios lejanos sino desde la abulia. Los personajes de este libro se ven arrojados a otras latitudes, ya sea por la repentina adquisición de una fortuna (“El heredero”) o por la búsqueda de una mujer que es todas las mujeres (“Larrios”). Cualquiera que haya sido el impulso germinal del éxodo, con el tiempo, el entusiasmo termina por verse contenido gracias al horror cotidiano o a la desagradable manera que tienen las ciudades de extender cartas de naturalización. Los vagabundos de Slauerhoff, según parece, se mueven por la necesidad de abandonar sus grises vidas, tan solo para descubrir que el tedio viaja con ellos.

La opinión que sobre distintos pueblos tienen estos personajes serviría para desalentar toda clase de turismo. De Creta: “Los barrancos más profundos, caminos tortuo-sos que daban el doble de miedo por los abismos que recorrían.” De Athos: “Le muestran [a uno] sus tesoros, le piden un tributo, y le dejan marchar; solo, más pobre que cuando llegó, material y espiritualmente.” De Frisco: “Un árido cementerio y una ciudad en decadencia.” De Fuzhou: “Una ciudad de yanquis y de chinos con un crecimiento brutal, donde se escarbaba y asesinaba para vivir.” Enemigos declarados del presente, los trotamundos de Slauerhoff transmiten en cada postal su honesto deseo de estar en otro sitio.

Such is life in China: la mordaz descripción de una borrachera de extranjeros en Chi Nan Fu resulta ejemplar para entender esta idea, a través de un cuento que nunca pierde el humor ni su capacidad para dibujar pequeñas epifanías. La trama aparentemente sencilla deja entrever un puñado de héroes reunidos por el hastío: Bruce (“el doctor de la misión que por fin se entregaba a la bebida”), Talman (el cónsul honorario de Letonia, Holanda, Austria y “un par de pequeñas naciones más”) e Ibsen (el antiguo capitán de un carguero noruego, cuyas habilidades para sortear tifones en altamar requerían que estuviera alcoholizado). Sobrevivientes de otras batallas –la tormenta o la visita al paciente desahuciado– coinciden apenas en una casucha bajo la lluvia. “¿Y qué tenían que decirse por otra parte?”, observa el narrador. Nada, sino atender la urgencia de beber en silencio, “el estado más puro cuando las reservas de chistes y las noticias sobre barcos se habían agotado”.

Slauerhoff despliega su talento para que las existencias mínimas se muestren también como un conglomerado de moralidades, prejuicios, sueños de fuga e insatisfacciones. Las historias íntimas de Bruce, Talman o Ibsen se entrometen aquí y allá y permiten reinterpretar la engañosa inercia de sus reuniones. La escena de la recatada esposa de Bruce y del reverendo que la reprende logra significar a nivel dramático el ridículo estado de redención que experimenta el médico, tan solo por llegar ebrio a su casa.

Por otro lado, “El último viaje del Nyborg” es quizá el relato mayor de este libro. Fröbom, capitán de un buque, acepta trasladar cadáveres chinos de Frisco a Fuzhou. El pago de cinco dólares por cada cuerpo que llegara en buen estado le parece un acuerdo razonable, que le permitiría dejar el negocio de la navegación. Tiene todo en contra –las tormentas del Pacífico, el deterioro del barco y la propensión de los subordinados para creer en los espíritus – pero aún así acepta la responsabilidad. Tras sufrir los embates del clima, el capitán recibe una nueva oferta por parte de un administrador yanqui: transportar ilegalmente un cargamento de caucho hasta Adelaida a cambio de veinte mil dólares. Eso supone desviarse de la ruta y deshacerse de los cadáveres de algún modo, pero Fröbom resuelve cumplir ambos encargos. Una nueva tormenta golpea a la embarcación, y provoca que los escotillones se rompan y el agua inunde las bodegas. En consecuencia, los ataúdes son arrastrados a la cubierta, como si un ejército de muertos tomara por asalto la nave. Días antes, en sus momentos de calma y debido al aburrimiento de sus tripulantes, el Nyborg daba la impresión de ser un “buque fantasma”, pero el episodio final vuelve aterradora la metáfora. Más que ante un hecho sobrenatural, los hombres de este relato sucumben a una vida que ni siquiera concede tiempo para el arrepentimiento.

Dados los temas y las atmósferas, para el lector resulta imposible no pensar en Joseph Conrad y en la manera en que la soledad marítima puede servir para poner a prueba el carácter. No obstante, en Slauerhoff atestiguamos también el creciente hartazgo de aquellos que admiten la muerte o la cotidianidad como la única alternativa al nomadismo. En otro de sus libros, la novela El reino prohibido  (1932), un joven Luís de Camões escucha a su padre decir: “Los viajes solo muestran que el mundo es igual en todas partes.” Los cuentos de Espuma y ceniza parecen confirmar esa tesis. ~