La velocidad de la luz, de Javier Cercas | Letras Libres
artículo no publicado

La velocidad de la luz, de Javier Cercas

"Nadie se asusta porque un hombre degüella a su hermano", es la primera línea del libro de Federico Vite Entonces las bestias, y de ahí sabemos que el libro tratará del mal y que nosotros seremos cómplices. En cambio, la nueva novela de Cercas comienza diciendo "Ahora llevo una vida falsa" y con eso basta para saber que ha ocurrido una tragedia y que el personaje narrador está abrumado por la culpa: se esconde. Son dos formas diametralmente distintas de tratar el mismo tema.
     En el primer caso atendemos al presente; en el segundo, al pasado. En el primero somos amorales y en el segundo no. Miento. En el primer caso se reta al lector a cuestionar su complicidad ante los hechos, ante el mal narrado desde un aparente punto de vista descriptivo. En el segundo caso también se reta al lector, y esto se hace a través del contrapunto que dan las valoraciones morales de los personajes. Pero sobre todo, a través de la llaga del mal, lo que se pretende es mirar el futuro.
     "Adivinar el futuro es el segundo oficio más antiguo de la historia" escribe Jorge Wagensberg, doctor en física, y es de una metáfora de la física moderna —de la teoría de la relatividad de Einstein para ser precisos— de donde proviene el título de la novela de Cercas: la velocidad de la luz.
     Alberto Einstein refirió en numerosas ocasiones que a él le gustaba imaginar qué pasaría si uno fuera capaz de viajar sobre un rayo luminoso, montado sobre él, a su misma velocidad. ¿Seríamos capaces de ver? ¿Qué veríamos? ¿Cómo veríamos? Las preguntas se estrellan irremediablemente con otro concepto: el tiempo. Si bien es cierto que el tiempo se comenzó a medir por los movimientos de los astros (el Sol, por ejemplo, cuyo movimiento provoca lo que llamamos "el día" y lo que llamamos "la noche"), la noción del tiempo también proviene de un fenómeno cotidiano: ver. Si estamos, por ejemplo, en una estancia y vemos nuestro entorno, encontramos que la pared "está" en determinado sitio, la mesita de centro en otro, etcétera. Tenemos la noción de "espacio". Ahora bien, si pudiéramos viajar a la velocidad de la luz y eso no trastornara nuestra condición biológica, entonces, justo al "percibir" la pared o la mesita de centro, "estaríamos en" la pared o la mesita de centro. La noción de "espacio" habría cambiado. Pero también la noción de "tiempo", porque cuando miramos la pared o la mesita también calculamos cuánto nos tomaría llegar hasta ellas. En el caso de viajar sobre un rayo luminoso, este tiempo se anula porque sería precisamente el instante, el presente: percibir y estar sería lo mismo, o casi. ¿Y si fuéramos capaces de ver más allá del lugar en el que estamos, o si fuéramos capaces de ir más rápido que la luz? ¿Qué veríamos? ¿Estaríamos cumpliendo con el "segundo oficio más antiguo de la historia"? ¿Podríamos "ver" el futuro?
     La idea de Einstein modificó conceptos fundamentales de la historia del pensamiento. Javier Cercas la usa con maestría. No se entretiene en explicaciones de divulgador científico ni de escritor de cómics de ciencia ficción, sino que alude a un momento humano, a la epifanía. A esos instantes en que uno, como el suicida que se avienta de un décimo piso, es capaz de ver en un segundo lo que ha pasado y, por supuesto, lo que "puede" ocurrir, los instantes en que uno puede cambiar de rumbo. O no. Durante el vuelo del suicida ya no hay tiempo para cambiar de opinión. Tampoco si la culpa acarrea un fardo enorme, un trasatlántico amarrado al tobillo. La culpa cumple la función de la fuerza de gravedad.
     O no.
     "Esa historia no puede contarse", dice Rodney Falk, un personaje de Cercas. Luego el personaje narrador declara: "esta historia que no entiendo ni entenderé nunca." Tienen razón. Y sin embargo se cuenta, se intenta contar. Tienen razón porque los puntos de inflexión de la novela, los instantes en que se puede "ver el futuro", provienen de la experiencia del mal, y el mal, como sabe cualquiera que haya vivido la guerra, es imposible de explicar. Las premoniciones y el mal tienen mucho de terror y mucho de paraíso: "la alegría de matar... porque no hay placer comparable al placer de matar, no hay sensación comparable a la sensación portentosa de matar, de arrebatarle absolutamente todo lo que tiene y es a otro ser humano absolutamente idéntico a uno mismo." Sin embargo Cercas, en el viaje de la novela, insiste en la esperanza: en el poder de la creación, de la literatura, para enfrentar la realidad y exorcizar el mal y la culpa.
     Así sea. -