La sangre de la tinta de Roger Bartra | Letras Libres
artículo no publicado

La sangre de la tinta de Roger Bartra

Tinta sangre del corazón
Roger Bartra, La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición postmexicana, Océano, México, 1999, 147 pp.

En Blanchot o en Barthes leí alguna vez que el más discernible signo vital de una autoría era la cita de sí, la autorreferencia. No la nota curricular a pie de página o la vana exhibición de un hallazgo, sino el soliloquio de nociones personales, el monólogo con las ideas propias. Roger Bartra es uno de los pocos intelectuales mexicanos que, en el medio académico de las ciencias sociales, ha logrado dialogar consigo mismo, desdoblándose en autor y crítico, escritor y lector, sujeto y objeto de su permeable meditación antropológica. La sangre y la tinta, último libro de Bartra, es un conjunto de glosas a su propia obra que actualiza la puesta en escena de intelecciones vertidas, sobre todo, en Las redes imaginarias del poder político (1981) y La jaula de la melancolía (1987).
     Aunque Bartra es heredero de esa polifilia errabunda que distingue a grandes antropólogos occidentales, como Lévi-Strauss y James Clifford, su obra parece seguir dos caminos hermenéuticos que se cruzan con frecuencia: el de la arqueología de la cultura política mexicana, con el foco delirante de la identidad nacional martillando las sienes de cada modernización (Estructura agraria y clases sociales en México, La jaula de la melancolía...), y el de la genealogía de las imágenes del salvaje en los estereotipos culturales del Occidente barroco y neoclásico (El Salvaje en el espejo, El Salvaje artificial...). La sangre y la tinta es una miscelánea de textos que, en su dispersión, vuelven a visitar casi todos los temas que han imantado la antropología de Bartra: la normalización política de la marginalidad social, los rituales pacíficos de la violencia, el malestar de la cultura, la  agonía del nacionalismo, el cambio de roles de la intelectualidad pública y los usos posmodernos de la moderna dicotomía entre barbarie y civilización.
     Sin embargo, la puesta en escena de esas nociones, al borde del siglo XXI, transmite mensajes de mayor perturbación. Aquella catarsis simbólica de la violencia marginal que anunciaba, a las puertas del poder, la aterradora venganza del salvaje, y que Bartra bautizó como "el síndrome de Jezabel", tuvo en el levantamiento zapatista de 1994 su mejor satisfacción histórica. Chiapas fue, en buena medida, el teatro de los hechos donde se comprobaron las advertencias de Bartra sobre la "transformación del espectáculo del terrorismo en un terrorismo del espectáculo", esbozadas, en polémica con Jean Baudrillard, al inicio de Las redes imaginarias del poder político. Pero Chiapas fue, también, la mejor prueba de que el mito criollo del mestizaje, en tanto figuración mediadora del nacionalismo mexicano, se desplomaba sin remedio. A partir de entonces el malestar de la cultura no estaría tan asociado al encierro en esa jaula melancólica, construida por la subversión moderna del edén salvaje de la mexicanidad, como a la fuga de la jaula y al olvido del trauma de una supuesta orfandad.
     Luego de vislumbrar el limbo profético de una "condición postmexicana", alegoría nacional de esa que Giorgio Agamben llama la "comunidad que viene", Bartra orienta su crítica en dos direcciones. Por un lado, observa en la simbología del movimiento zapatista los ingredientes de un kitsch tropical que rearticula con éxito el mito del buen salvaje vengador. Por el otro, objeta la reacción del Estado nacional mexicano que, al echar mano de una racionalidad legal corporativa, dictada por los "usos y costumbres" de ciertas etnias, propicia la perversa transición "del paternalismo integracionista a un patronazgo multicultural segregador, tan corrupto o más que el indigenismo nacionalista". Así, la agonía del nacionalismo revolucionario, según Bartra, se hace tangible lo mismo en la fascinación de la "sociedad civil" ante Chiapas que en el remedio jurídico y político aplicado por el gobierno priista a la sublevación indígena.
     Pero, entre estertores, el nacionalismo patalea, no se deja morir y emerge en la propia argumentación de Bartra cuando afirma que "la socialización de la idea  de mestizaje en México configura una situación enormemente más democrática y desarrollada que aquella que regula en Estados Unidos las diferencias étnicas y raciales". El racismo es una tara social imposible de medir y dotada de una sutilísima capacidad de reproducción psicológica. De ahí que sea más prudente aceptar que las sociedades norteamericana y mexicana experimentan distintas formas de racismo y que el discurso y la política del mestizaje pueden construir hegemonías étnicas tan opresivas como las que impone el republicanismo estamental de los Estados Unidos. Aunque tiendo a simpatizar con un cuestionamiento moderno de esa "cultura de la queja" que, al decir de Robert Hughes, difunde el multiculturalismo, percibo que la crítica de Bartra descuida la ponderación de los acercamientos teóricos más refinados a la crisis del modelo cívico republicano. Una cosa es la interpretación liberal y universalista de la nueva ciudadanía que proponen, cada quien a su modo, Will Kymlicka, Anthony Appiah o Michael Walzer, por ejemplo, y otra muy diferente es la defensa del sistema de cuotas minoritarias dentro de un comunitarismo neorrepublicano, postulado por filósofos como Alasdair MacIntyre, Michael J. Sandel o Benjamin R. Barber.
     Algunos ensayos de La sangre y la tinta, como "Las ironías de la victoria" o "Democracia y cultura política", contienen, tal vez, las mejores refutaciones del sistema político mexicano, pensadas desde una izquierda poscomunista. Sin embargo, para una lectura más ligada al goce que al saber o a la moral, prefiero textos como "Ensayo lúgubre sobre la fama póstuma...", en el que Bartra desentierra a José de Cadalso y Vázquez, raro poeta neoclásico y militar gaditano del siglo XVIII, autor de las Cartas Marruecas, réplica española de las Cartas Persas de Montesquieu; o como "Los indios ocoronis...", un ensayo fotográfico sobre esa etnia del norte de Sinaloa que la modernidad sepultó y cuyos escasos sobrevivientes "sólo recuerdan que México no los puede recordar"; o como "Vagabundos de un exilio permanente", espléndida viñeta autobiográfica sobre los hijos de los exiliados, "esos seres añorantes y melancólicos que viven la extraña condición de un exilio en el propio país". Este autorretrato de una sola página me produjo resonancias de dos libros distantes e inconexos: Los Bienaventurados de María Zambrano y Routes. Travel and Translation in the Late Twentieth Century de James Clifford.
     Si después de leer La sangre y la tinta regresamos a los libros del primer Bartra (El poder despótico burgués o El medio de producción asiático) habría que admitir que su evolución del marxismo al posmodernismo, tan socorrida en la academia latinoamericana de las últimas décadas, ha sido una de las más elegantes. Ya sin la culpa emotiva de la vieja izquierda —por aquello que el Che Guevara llamaba "el pecado original de los intelectuales: no hacer la Revolución"—, Bartra critica la cultura de la sangre desde una cultura de la tinta. Pero su lenguaje, siempre metafórico e infatuado por la alegoría y el símil, destila la herencia del frenesí revolucionario y se acomoda en la huella retórica de antiguas militancias. Como en aquel bolero —"Nuestro Juramento" de Benito de Jesús—, a Bartra no se le oculta, pues, que tras el derrumbe de tantos mitos febriles una salida digna es escribir la historia con "tinta sangre del corazón". -