La piel de la ciudad | Letras Libres
artículo no publicado

La piel de la ciudad

Mauricio Montiel Figueiras

Ciudad tomada

México, Almadía, 2013, 194 pp.

La presencia es un misterio. No solo nuestra presencia en el mundo, el hecho de encontrarnos en él respirando, de estar aunque sea durante un lapso, sino también el de compartir esta presencia con otros seres vivos y muertos, humanos y animales. Compartimos esta presencia conjunta de lo orgánico y lo inorgánico, lo vivo y lo muerto, a lo largo de nuestra vida, en una mezcolanza enigmática que atraviesa el tiempo y el espacio. La presencia incluye a todos los objetos que nos rodean, las construcciones y los objetos cotidianos, los gritos, los susurros y las lágrimas, todo aquello a lo que no solemos prestar la suficiente atención, pero cuya compañía sentimos día a día. Personalmente siempre me han inquietado los objetos y su lenguaje, sus simbolismos y su vida que, como decía, acompaña a la nuestra de manera callada y en ocasiones condiciona nuestros actos con un afán siniestro y misterioso. Por eso me gustan los cuentos de Francisco Tario y también los de Mauricio Montiel Figueiras, especialmente esta Ciudad tomada, en la que he encontrado –ahondadas, como debe ser, no respondidas porque no tienen respuesta– muchas interrogantes sobre la presencia en las ciudades, sus vivos y sus muertos, humanos, animales y cosas.

Ciudad tomada nos deja ver que el pasado y la identidad perdidas quién sabe dónde se pueden reconstruir al cabo de un tiempo abonando con el cadáver de un entrañable perro tuerto “un edificio de tiempo condensado, reducido a dos claraboyas que no daban a ninguna parte” (“Edificio”), o que los muertos se pueden comunicar con los vivos a través de la televisión (“El coleccionista de piel”). O que un hombre puede vivir deshaciéndose perpetuamente de sus posesiones por la angustia que le provocan y adquiriendo nuevas, hasta que decide rebelarse: “...las cosas lo aguardaban, eternamente estoicas, en el laberinto de la acumulación, para que él las atravesara con el cuchillo de su mirada en tanto ese algo enorme y corrompido que acechaba bajo ellas terminara de emerger”. O que ese algo “enorme y corrompido” puede convertirse en la tumba de la señora Ariadna (“Cosas de Ariadna”), que se ha encerrado en su propio laberinto de objetos como una crisálida prematuramente momificada. O que un hombre será capaz de descubrir el hilo sutil que une el suicidio de una muchacha que se lanza desde el departamento de un edificio con el nacimiento de una niña en otro. No es sino “el mundo y sus vínculos secretos”, como dice el narrador en el cuento “La niña y la suicida”, lo que despliega este libro con su prosa un poco sonámbula y sugerente: “En cada estación sube un mendigo distinto: un sordomudo que abre los labios para reproducir el sonido del viento que sopla en las noches de otoño, una mujer con las piernas hinchadas que va dejando un reguero de tierra que milagrosamente se evapora, un cojo que exhibe un frasco hermosísimo donde flotan pedazos de cordón umbilical...”

Y es que los cuentos de Ciudad tomada se mueven entre el sueño y la vigilia, las imágenes y los lenguajes de la poesía, el cine y la fotografía, que asoman entre sus tramas quebra- dizas y las invaden, en la búsqueda de sentido. Sus realidades, que pueden llegar a ser exquisitas y brillantes, descritas con exhaustiva delicadeza por Mauricio Montiel, se deforman sutilmente hasta adquirir la textura de los ensueños y las pesadillas, en las que se revelan simbolismos siniestros, en donde todos los seres comparten la misma ancestral naturaleza, a la que los personajes comprenden y obedecen como si obraran en un sustrato distinto, subconsciente. En el cuento “En el jardín”, una madre toma el té mientras come fotografías como si fueran galletitas y va, así, devorando su pasado. El padre que fue a la guerra yace en una vieja casa de muñecas al fondo de un jardín maravilloso y el hombre que lo suplanta repite los mismos gestos que mantienen viva a la madre, como a una araña reina instalada en una telaraña, la cual no tardará en alcanzar a su propio hijo.

En “El Paraíso”, una empleada de supermercado encerrada con el gerente en una bodega puede convertirse en una peligrosa Eva al incitarlo a comer la manzana que él le regaló. Al salir del laberinto con la cabeza del Minotauro humeante en las manos, Teseo se da cuenta de que el hilo de Ariadna no era sino un espejismo (“Teseo en su laberinto”). ¿Y qué pasa cuando los animales desaparecen del zoológico?, ¿están huyendo o se han agazapado en el fondo de los humanos y las cosas?, ¿o se trata, tal vez, de la llegada de una nueva era de los dinosaurios? En las ciudades de Mauricio Montiel, un hombre surca los túneles del metro con la vela de sus sueños y yo pienso en Stanisław Lem y su Londres donde los cadáveres cambian de posición tan solo para inquietar a un detective de Scotland Yard, en los relatos de Arthur Machen y las novelas de Henry James, en los autores en cuyas obras lo fantástico no es algo que se superponga a la realidad, sino que la realidad está formada por capas de diferente naturaleza y textura, y solo falta la mirada de un escritor para despellejarla y hacer surgir sus imágenes secretas a mitad de las avenidas más cotidianas, de los departamentos más comunes, de las vidas más refinadas y en apariencia satisfechas, o de la percepción lechosa de un mendigo que ha olvidado todo excepto unos números: “Quizá su romance secreto con el edificio había nacido precisamente de esa sensación de tiempo detenido, inamovible; el tiempo como uno más de los andrajos que levantaban una barrera frágil entre él y la intemperie, entre su piel y la piel de la ciudad, tiempo sucio que había terminado por estancarse en los relojes del orbe” (“Edificio”). Finalmente, la presencia es también la percepción de la presencia y somos conscientes de más cosas que las aparentes, como cuando transitamos por esta Ciudad tomada de Mauricio Montiel, un libro muy hermoso e inquietante que forma, a su manera, una ciudad de cuentos en donde todo se puede entrecruzar con todo y en donde los sueños y los objetos nos pueden asaltar con saña tierna y cruel. ~