La Pasión según Serna | Letras Libres
artículo no publicado

La Pasión según Serna

Enrique Serna

La doble vida de Jesús

México, Alfaguara, 2014, 344 pp.

Jesús Pastrana es un político mexicano bueno. Es decir: una rareza. Incorruptible y honesto, Jesús tiene una carrera pública impoluta en el ayuntamiento de Cuernavaca, tanto así que se ha ganado el apodo de “el sacristán”. En apariencia inmune a la tentación del dispendio sin ton ni son del erario, Jesús es el caballo negro del partido para el que milita: de pronto, la posibilidad de convertirse en alcalde de la ciudad se comienza a transformar en una realidad, pese a los embates sin tregua de sus enemigos políticos y de otras fuerzas de poder que, encabezadas por un par de capos del narco que se disputan la plaza, tienen tomada a Cuernavaca por literal asalto. Más allá de su sólida trayectoria pública, la vida de Jesús tiene una fisura cada vez más grande en su ámbito privado. A la par de sus accidentadas conquistas políticas, su existencia personal comienza a salir del apretado capullo en el que nuestro personaje ha sufrido u ocultado la peculiar metamorfosis que hará trizas su vida familiar, hasta que Jesús, por así decirlo, acaba convertido en un hombre nuevo.

Lo anterior es la síntesis cautelosa de La doble vida de Jesús, entrega más reciente de Enrique Serna (ciudad de México, 1959), una suerte de novela de formación tardía, educación sentimental subversiva y sátira política a la vez, amalgama de una realidad mexicana que, Daniel Sada dixit, en su verdad parece mentira. Si bien el hilo conductor de la narración es la transformación, más aún, la culminación de la vida privada de Jesús, hay en la obra de Serna una ambición por mostrar, íntegros, los vericuetos del ámbito público en su colisión y coincidencia con el crimen organizado.

Así pues, La doble vida de Jesús ocurre en una Cuernavaca que bien podría ser todo ese México destrozado por la corrupción y la violencia, territorio en perenne disputa por una tríada de partidos políticos y fuerzas del mal (es decir: narcos) escindidas en un par de capos dominantes. O bien: todo cabe en 344 páginas sabiéndolo acomodar, y Serna ha desplegado un mural de prosa que responde a los estímulos todos del tratamiento mediático de la inasible y enloquecida realidad nacional.

Estructurada a través de los altibajos de su trama, La doble vida de Jesús está vertida en una serie de episodios animados por un sinfín de vueltas de tuerca, revelaciones y sorpresas que no dan tregua al lector, sometido a una especie de novela del barroco emocional. Apenas pensamos que a Jesús va a pasarle algo bueno, le ocurre algo malo; y viceversa. En su tránsito de síndico a candidato a la alcaldía de Cuernavaca, nuestro personaje se irá adentrando en la red de un poder que no conoce moral y que, sin decir agua va, lo somete y busca, digamos, deglutirlo y sacarle de encima esa pupa de bondad y buen gobierno.

Hay, por ejemplo, un guapo candidato a la alcaldía que está a punto de casarse con una artista de televisión, la piedra más evidente en el camino político de Jesús, aunque, claro está, no es la única. Luego, por un peculiar azar, nuestro personaje acaba emparentado con uno de los dos narcos que se pelean Cuernavaca. Finalmente, un portafolios repleto de dólares aparece en la oficina de “el sacristán” y pronto se convierte en un foco rojo que atenta contra su incorruptibilidad.

El mayor de los secretos de Jesús, sin embargo, no se puede revelar en una reseña sin echar por la borda la gracia de la novela de Serna, y este quizá sea uno de sus problemas de fondo. La doble vida de Jesús depende, constantemente, de una especie de Deus ex machina desbordado, luego indomable, y la línea de vida de su protagonista, a ratos suelta y a otros tensa, luego se diluye ante la avalancha de eventos y explicaciones de la narcopolítica en la que se encuentra estirada.

Más allá de este problema, Serna consigue mantener al lector siempre en vilo: La doble vida de Jesús no deja de fluir, su maquinaria está todo el tiempo bien lubricada por las virtudes de un narrador que conoce bien su dominio. Gran escritor del sexo, Serna sabe colocar aquí y allá escenas a la vez picantes y eróticas que funcionan como una suerte de mastique y le dan solidez a la estructura total de la novela.

Finalmente, es apreciable la ilación que hace Serna de todos los lugares comunes de la política nacional en la era del narco, esa verdad histórica que ocurre tan solo en la esfera del poder y en los medios que, sin mayor mediación crítica o interpretativa, la replican o la escupen. Tal vez el logro de nuestro autor es hacer la sátira de lo evidente, es decir, de aquello que da más risa por pena que por gracia: La doble vida de Jesús es, tal cual, un fresco del momento mexicano, verdad aparte.

A manera de colofón, es una pena que la novela de Serna se publicara antes de que la realidad le diera un buen embate a la ficción: en plena y delirante carrera hacia las elecciones de mitad de sexenio, el Partido Social Demócrata de Cuernavaca postuló al futbolista Cuauhtémoc Blanco como precandidato a la alcaldía de la ciudad. Este hecho, también, habría cabido en las páginas de La doble vida de Jesús sabiéndolo acomodar. ~