La gente extraña, de David Miklos | Letras Libres
artículo no publicado

La gente extraña, de David Miklos

Leer con atención una segunda novela, después de una primera entrega que levantó expectativas y aun entusiasmo, puede sembrar equívocos lamentables. El primero posible es desear que el resultado sea igual o mejor que el anterior.

La generación de los nacidos en la década del setenta parece optar por una narrativa escueta que tiende al pudor voluntario, a la contención disciplinada. Pensemos en Belleza roja (2005) de Bernardo Esquinca o en Grey (2006) de Alberto Chimal. Campea una ingobernable voluntad de ser cortante, incisivo, casi arbitrario. Estamos en la era del instante, de la fugacidad que se encarna en líneas mínimas que pretenden abarcar toda memoria y toda expectativa, tanto del arte como de la vida misma. Por eso, la obra mínima se halla en un auge inusitado. Quien no escribe en fragmentos, trazos, borrones y salpicaduras vive en el error, parece decirnos la literatura contemporánea. Y en la búsqueda de esa forma, vaporosa y elusiva, no es difícil perder las riendas y faltarle al respeto al lector con impertinencias de todo tipo.

Para el caso de la última novela de David Miklos, La gente extraña (2006), la tentativa de estilo que galanteó en La piel muerta (2005) palidece hasta congelarse o sube de temperatura hasta volverse aire, a causa de un padecimiento del ánimo derivado de una embriaguez del nouveau roman más telegráfico, así como de compulsivas ansias por experimentar sobre la página en blanco. La estética del silencio corre el riesgo de volverse la estética del tartamudeo, del estornudo y el tropiezo: muchas páginas de La gente extraña avanzan con muletillas –gramaticales y de forma– y producen una sensación de abulia o de grafomanía texturizada que termina por autoinmolarse en su pasión por desmembrar escenas narrativas.

Las siluetas que desfilan por sus páginas, auténticos perfiles que no es posible ver sino apenas sentir tras vagas sugerencias atmosféricas, andan sin destino llevando a cuestas su miseria y soledad. Los postulados de la posmodernidad en pleno circo: errancia espiritual, desasosiego, formas corruptas del erotismo y la atracción animal; vidas confundidas en busca del elemento pacificador. Imposible no consignar, de paso, que a la narrativa de Miklos le hace falta distanciarse de la extrañeza que logra Mario Bellatin en cada una de sus novelas, pues ese culto confeso por la indefinición textual y el trazo garrapateado más se asocia al desaseo y a la falta de rigor expresivo, que al dominio sobre la materia narrada. Todo parece indicar que las facilidades editoriales contagian a los autores una compulsión por entregar manuscritos febriles a los que, en la premura, les falta delicadeza y exigencia.

Ahora bien, en un momento en que no son pocos los narradores que prefieren redactar artículos de opinión con forma de novela, la opción de Miklos se agradece y celebra. Líneas de La gente extraña, por ejemplo, no pueden sino asociarse a cuadros de Hopper o Da Chirico, pues son, a su modo, recreaciones verbales mínimas de la desnudez moral que recubre y da forma a la sensibilidad contemporánea. Con todas las quejas que puedan enumerarse, lo cierto es que el autor, a diferencia de varios narradores jóvenes que comienzan a lograr espacios editoriales, será recordado como uno para quien el lenguaje y sus posibilidades infinitas de interconexión todavía se asumen como reto y conquista personal, como desafío frente a la cosificación de las normas del mercado editorial, y como libertad insolente para oxigenar las formas de una narrativa que busca dirección y sentido propios. El mérito no será despreciable. ~