La extensión de la palabra / Antología de poesía, teatro y cuento, de Rodolfo Hinostroza | Letras Libres
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La extensión de la palabra / Antología de poesía, teatro y cuento, de Rodolfo Hinostroza

Escribía Marco Martos que Contranatura (1970) de Rodolfo Hinostroza mostraba en el aspecto formal una “tardía influencia de la vanguardia en la utilización de los espacios en blanco”. Mientras para Martos –compañero generacional de Hinostroza– Contranatura era un ejemplo de vanguardismo occiduo, para los poetas así nombrados neobarrocos, fundaba una nueva poética; como asienta su inclusión en Medusario, el célebre volumen-manifiesto de Roberto Echavarren, José Kozer y Jacobo Sefamí (fce, 1996). Tal paradoja no es exclusiva de este libro mítico y fundacional, sino una de las articulaciones decisivas para entender las fascinantes reverberaciones de esta obra tan breve como duradera.

Hinostroza es un poeta de contrariedades. La crítica advirtió en el cultivo de los hemistiquios de Contranatura la influencia de Octavio Paz y también del estructuralismo. ¿Cómo es posible que se encuentren tales corrientes? En los brazos de mar de los opuestos. Hinostroza, astrólogo y conocedor de las fuentes secretas, sabe que no existen contrarios sino unidad; sabe que las estaciones, los movimientos, son instancias de un proceso más complejo. Hay varias parejas cuya danza se entrevera, pero quizá las decisivas sean Poesía e Historia, Pasado y Presente, Tradición y Modernidad, Amor y Poder. Sea como poeta, como narrador o como dramaturgo, el vínculo que cimbra y urde este tramado es justamente buscar el diálogo entre el espacio público y el territorio íntimo; entre la poesía frente a la historia, entre el individuo y el poder, entre los resabios del pasado y los elementos del ahora.

Las derivas y exploraciones de la poética espacial de Mallarmé, las resonancias de Pound, la asimilación de la poética del grupo de la Black Mountain y la herencia de César Vallejo, Saint John Perse, Octavio Paz, Jorge Manrique, entre muchos otros poetas cuya voz resuena en esa vía láctea exuberante que es Contranatura –uno de los grandes libros de la poesía castellana del siglo XX–, ofusca e impide ver cómo la vertiente crónica de Hinostroza no desaparece, sólo se combina de estrategias difuminadoras, donde el palimpsesto, el circunloquio –describir el desarrollo de las partidas de ajedrez, por ejemplo–, no impiden que la historia se delice. Si Consejero del lobo (1964) es el testimonio de una decepción –la experiencia en Cuba–, Contranatura, escrito bajo la experiencia hippie europea, es la revelación de que la vida está en los márgenes. Uno es la novela de iniciación, otro, la novela polifónica de la exultación. Como única vía para trascender los opuestos, evadir su urdimbre, con lo cual las acechanzas dialécticas de la política se revelan inútiles. Poesía de la mediación y de la belleza cotidiana: “La cotidianidad puede ser tan hermosa como el heroísmo.”

La extensión de la palabra nos permite conocer una de las obras más elusivas de la literatura latinoamericana contemporánea; y para quienes conocíamos al poeta, comprender cómo las incursiones en la dramaturgia y la narrativa no contradicen sino ahondan en su mundo. “Huamán Poma. Camina el Autor”, por ejemplo, aborda el problema de las razas en el Perú. El recurso del anacronismo, al modo de Titus de Julie Taymor, pero también del pastiche historicista de Pound, revela una tentación cara al autor si se “lee” la obra del extraño personaje autor de “El benefactor” como una clave alegórica de la escritura de Rodolfo Hinostroza; ahí, el ignoto escritor gusta de recurrir a la historia sin demasiado apego por los datos. En este momento en que un nuevo racismo campea por América –el culto a la pureza étnica que representaría un Evo Morales por ejemplo–, leer dicha obra resulta imprescindible. A caballo entre un Laberinto de la soledad dramático, la obra cifra con acerba ironía el porvenir de los indios en la sociedad peruana.

Si en la pieza dramática el pasado y la historia se entreveran y anulan para mostrar un presente continuo, en los relatos, marcadamente “El benefactor” y “El muro de Berlín”, la historia se imbrica con la historia particular asumiendo las variables a que conduce la famosa nariz de Cleopatra. De ahí que la caída del muro de Berlín afecte la historia particular de un maestro secuestrado. Diestro narrador y fino ironista, Hinostroza descubre con su peculiar pesimismo, nacido del deslumbramiento temprano con la utopía, las razones detrás de las ideologías. Al mismo tiempo, quien desee, encontrará, tras el biombo, la sombras chinescas de la vida, la ideología de Hinostroza. Por ejemplo, Mandel, el profesor secuestrado, arguye que la única clase revolucionaria es la clase media; lo cual Hinostroza ha afirmado en entrevistas –recuerdo una con Miguel Ángel Zapata. E incluso, el lector mexicano, sobre todo si es aficionado a la gastronomía como este redactor, puede discrepar con los juicios de Mandel/Hinostroza en torno a la superioridad de la cocina peruana sobre la mexicana.

Autor admirable, esquizofrénico, elusivo, con un aura mítica, Hinostroza no ha muerto. No contento con ser el mayor poeta vivo de Perú, está construyendo una obra plurigenérica que en nada demerita su prestigio lírico. Un bello libro. Y muy divertido. ~