La errancia sin fin: Musil, Borges, Klossowski, de Juan García Ponce | Letras Libres
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La errancia sin fin: Musil, Borges, Klossowski, de Juan García Ponce

ESPECULARJuan García Ponce, La errancia sin fin: Musil, Borges, Klossowski, Barcelona, Anagrama, 2001, 88 pp.Si escuchamos a Paul de Man, el capricho es la forma por excelencia del ensayo, la estructura gratuita que nuestras manos hacen y deshacen sin concluirla jamás. Al dictado de una voluntad voluble y de un pensar inestable se va forjando una escritura que tiene a gala esa arbitrariedad. Frente a los planteamientos dogmáticos de manuales y tratados, el ensayo es un estado libre con una voz felizmente divagante. Por lo menos, tal condición —un querer sin guías ni patrones, un proceder azaroso— parece tener en manos de uno de sus artífices de mayor prestigio, el crítico y novelista mexicano Juan García Ponce.
     Así ocurre, desde luego, en uno de sus primeros textos, La errancia sin fin: Musil, Borges, Klossowski, que, publicado por Anagrama y merecedor de su noveno premio de ensayo, ahora se reedita, casi veinte años más tarde. Con el tiempo, el estudio no ha perdido un ápice de actualidad o conveniencia y los autores con los que pelea, entonces novedosos, siguen siendo hoy un punto inexcusable de debate. Por lo mismo, el ensayo no ha extraviado su valor más gratuito y su carácter inclasificable como el juego especulativo más libre. Los tres escritores que García Ponce invoca resultan incomparables, nada tienen que ver entre sí y, sin embargo, son puestos a trabajar juntos para indagar con su peculiar apoyo el no menos escurridizo problema de la identidad: es decir, el ensayo emplea, con toda la aleatoriedad de esa elección, un material intratable al servicio de una cuestión imposible.
     En este sentido, con este "más difícil todavía" que parece convertirse en su divisa, la escritura analítica de García Ponce reclama para sí un genuino estatuto estético: es labor de creación igual que cualquier otra e igual que cualquier otra "propone como solución un enigma", según la definición que Karl Kraus reservara para la obra de arte. El ensayo, abierto antes que dogmático, interrogante antes que conclusivo y antes que aseverativo incierto, tiene que aceptarse en manos de García Ponce con el rostro velado de la poesía y con sus mismas imprecisiones. La suya es escritura artística en estado puro, por mucho que se disfrace teóricamente de cuestiones más o menos irresolubles.
     Porque el tema de la identidad apenas es una excusa bien elegida para, a su través, operar con un objeto frágil, un constructo ficticio y de definición más que insegura, que dote al género ensayístico de toda la carga paradójica e improbable con que García Ponce gusta abordarlo. Durante esa pesquisa, el objeto mismo de especulación puede desvanecerse y ausentarse. Cuanto más se le aborda, más elusivo y difícil se muestra. Y este desafío centra y engrandece el ensayo, lo transforma en una tarea heroica y frustrada.
     Para García Ponce, más que conclusiones, es importante que un ensayo diseñe tan sólo movimiento: el movimiento de una escritura nómada que, a lo sumo, puede encaminarse. "El comentario es la travesía del desierto", decía Derrida y, de igual modo, con la crítica nada se pretende, ninguna observación, ningún resultado, sino el enlazarse solo del texto en un viaje inacabable hacia sí mismo. Los ensayos de Juan García Ponce hacen de la errancia su estado habitual y su única rendición de cuentas. No llegan a parte alguna, no alcanzan fines visibles, no intentan sentar categorías, podrían continuarse indefinidamente o suspenderse en cualquier momento. Son un modelo de escritura digresiva, huidiza, inmotivada y relativa.
     Tienen, no obstante, una raíz de partida, pero es una raíz trágica que los vuelve, si cabe, todavía más desamparados. El pensamiento de García Ponce arranca de la orfandad contemporánea en que nos abandona la muerte nietzscheana de Dios. Su ausencia deja toda la metafísica occidental sin garante, deja el arte y la dicción sin significado, deja la identidad convertida en una mera "cortesía gramatical" o un galimatías lingüístico y aboca al mismo ensayo, con su búsqueda intrínseca de sentido, a ser tarea incapaz y condenada.
     Y, sin embargo, desde el escepticismo más lúcido, García Ponce continúa ejerciendo el análisis con la recurrencia de un hábito o la constancia de un vicio. Primero, porque si ya no podemos definir nos solemos en cambio dedicar a la tentación castradora de la simplificación y, para él, un ensayo es justo lo contrario. Con su redacción se emprende un dibujo de matizaciones y de riqueza, una tarea variadísima donde un objeto puede estudiarse en la potencia diversa y contradictoria de sus múltiples caras: labor, por tanto, de desorden y proliferación contra manías comunes y obviedades simplistas.
     Después, porque, como creía Lukács, el ensayo sirve a la expresión de vivencias que no pueden verse dichas por gesto ni género alguno y que, aun así, "ansían expresión". Estas vivencias, sólo comunicables en el lenguaje ensayístico, serían la intelectualidad, la conceptualidad, la teorización, la forma, la reflexión, la comprensión, el entendimiento o el aprendizaje. El ensayista es aquel que experimenta todo eso sentimentalmente y "en términos de destino". Y algo de hado emocional y elegido resuena en los textos transidos de García Ponce. En ellos se vive esa emoción del análisis, la peculiar sensación que se desprende de una observación audaz o de una analogía brillante, el mero gozo de especular. Que esa especulación revele una verdad última es una preocupación vana ante el admirable espectáculo de su puro despliegue, de ese baile de inteligencia del que García Ponce ha dado siempre tan cumplida muestra y tan delicado ejemplo. -