La empresa de una voz | Letras Libres
artículo no publicado

La empresa de una voz

Clarisse Nicoïdski

El color del tiempo. Poemas completos

Traducción de Ernesto Kavi

Madrid/México, Sexto Piso, 2014, 116 pp.

Tendremos que empezar por el principio: en el invierno de 1980-1981, la revista madrileña Poesía abría su número 10 con unos poemas insólitos, de los que cabría citar este solo ejemplo: “quimadura di yelu / quimadura di árvuli / arranca / il soplo más quirinciozu / di mi boca / déxami / si queris / solu esta mancha di amor”. Sí, son versos en ladino, la lengua hablada por los judíos descendientes de los judeoespañoles expulsados de la Península Ibérica en 1492. Yo sabía que en esa lengua –también llamada sefardí, judeoespañol o djudezmo– existía toda una tradición literaria, o más bien un conjunto de tradiciones, que recibían influjos diversos, culturales pero también lingüísticos, según los países en que se hubieran instalado las diferentes comunidades judías. Lo que yo ignoraba, en cambio, es que esas tradiciones no eran solamente de carácter folclórico (cancionero, romancero, cuento popular), sino que en ellas había al menos una poeta que escribía poemas modernos. La autora de esos poemas se llamaba Clarisse Nicoïdski y era casi por completo desconocida en España. Que una lengua hablada en la península en el siglo XV permitiera escribir poemas plenamente modernos era ya una bella sorpresa. Era, para empezar, una rara, paradójica alianza de tiempos y de espacios, sutilmente superados en la palabra poética.

¿Quién era Clarisse Nicoïdski? Había nacido en 1938 en Lyon, de una familia judía sefardí originaria de Sarajevo. Autora de novelas (Le désespoir tout blanc, 1968, o Le trou de l’aiguille, 1973) y crítica de arte, solo había publicado en Francia, en 1978, un breve libro de poemas, Lus ojus las manus la boca/Eyes hands mouth, con traducción inglesa de Kewin Power y en edición limitada. Lo sorprendente es que Nicoïdski escribía toda su obra narrativa y crítica en lengua francesa, y reservaba el spaniol muestru –la lengua de su casa, de su familia, de sus antepasados– para la poesía. Los versos que publicaba la revista madrileña y que tanto habían llamado mi atención venían acompañados de una nota explicativa –encomendada al ilustre profesor Iacob M. Hassán (1936-2006), creador de la Escuela de Estudios Sefardíes– que aclaraba algunas cuestiones léxicas y fonéticas del original ladino, y que permitían leerlo mejor. Años después supe que Clarisse Nicoïdski, además de nuevas novelas, había publicado algunas biografías de pintores (Soutine, Modigliani) y una Histoire des femmes peintres. Murió en Étampes a fines de 1996.

Los versos de la revista Poesía, que llevaban por título “Caminus di palavras”, eran un breve e intenso poemario amoroso, un canto a la quemadura de hielo de los cuerpos. Lo llamativo no era sin embargo el tema, sino la escritura misma, sometida a una sabia técnica de elipsis y quiebros semánticos envueltos en inesperados giros sintácticos y sutiles alusiones simbólicas, todo lo cual hacía de la palabra poética un campo de pruebas para la sugestión y para la plasmación de una seductora atmósfera verbal. Soplos, huellas, trazos verbales: caminos, sí, de palabras. El lector –ese fue exactamente mi caso– quedaba con ganas de conocer otros poemas de la autora, de otorgar a “Caminus di palavras” un contexto, de acceder al antes y al después de esos caminos.

La obra poética de Nicoïdski permanecía, sin embargo, en la oscuridad de lo casi enteramente secreto. Solo me fue posible, mucho tiempo después, conocer otros poemas suyos. Tuve para ello que acudir a la cantante y musicóloga argentina Dina Rot, que en 1970 ya había musicalizado textos del romancero anónimo sefardí y que en la década de 1990 hizo otro tanto con algunos poemas de Nicoïdski. Dina Rot me facilitó todas las composiciones de Nicoïdski que ella conocía. No eran muchas, pero sí suficientes, en cambio, para confirmarme la relevancia y la singularidad de una obra doblemente significativa en la medida en que estaba escrita en una lengua –la lengua española anterior a 1492 con aportaciones del hebreo y con las distintas peculiaridades del judeoespañol yugoslavo del siglo XX– que estaba al mismo tiempo cerca y lejos de nosotros y del español de hoy.

En las tareas preparatorias de Las ínsulas extrañas. Antología de poesía en lengua española (1950-2000), no me costó convencer a mis compañeros coantólogos acerca de la necesidad de tener en cuenta el “caso” excepcional de Clarisse Nicoïdski. El único problema que se presentaba era que los lectores que se sintieran atraídos por esa obra a partir de los poemas incluidos en la antología no iban a poder satisfacer su interés porque no existían ediciones regulares de la poesía de Nicoïdski. Tuve ocasión de comprobar pronto que eso fue precisamente lo que ocurrió con no pocos lectores de nuestra antología.

Se comprenderá, por todo lo que acaba de decirse hasta aquí, en qué medida debemos saludar la aparición de esta poezia kompleta de la escritora francesa como una edición absolutamente necesaria y ya imprescindible. Aunque se trata de una obra breve, compuesta únicamente por tres títulos –Lus ojus las manus la boca (1978), A Federico García Lorca y Caminus di palavras (1980)–, resulta incuestionable su importancia y su singularidad en el seno de la poesía contemporánea de lengua española (¿es que hay otro modo de considerarla?) desde el momento en que, como he sugerido en otra ocasión, no se trata solamente de poesía moderna sino también de una actualización lírica de un pasado cultural y de una lengua que se resiste a morir. Cuando leemos esta poesía –“tus manus / supierun partir la nochi / amustrándumi las strellas // supierun cayuntar la nievi / tucandu solu las vintanas // supierun / savran / avrirmu la tiarra / arancánduli la flor”– es inevitable asistir a la experiencia poética como una operación radical de la memoria. En la lengua ladina, confiesa Nicoïdski, “se hallaban el amor de mi madre, nuestra complicidad y nuestras risas. Así me atreví a escribir estos poemas para que quede la empresa de su voz”. Esa voz –esa lengua materna– es, en rigor, la del ladino en su realidad de siglos y en su historia de derivas, errancias y contagios a lo largo de todo el Mediterráneo desde 1500 hasta hoy mismo; una lengua del recuerdo y de la realidad de un pueblo que ve en el spaniol muestru su propiedad más honda.

Una lengua, dice nuestra poeta, quimada di ansia y arisganiada [desgarrada] di silenciu. Tiene razón Ernesto Kavi, responsable de esta edición bilingüe, cuando afirma en su nota prologal que “esto no es un libro, sino un camino de palabras hacia la memoria”. Sucesivas capas de la memoria y de la historia, en efecto, laten en las palabras –y en los silencios– de esta breve e intensa obra lírica. La poesía de Clarisse Nicoïdski hunde sus raíces en la memoria de nuestra lengua. Poesía de la raíz temblorosa, del recuerdo al mismo tiempo perdido y recobrado, del amor, del olvido que, misteriosamente, se vuelve presente y presencia. ~