De la elegancia mientras se duerme, de Vizconde de Lascano Tegui | Letras Libres
artículo no publicado

De la elegancia mientras se duerme, de Vizconde de Lascano Tegui

Como sabemos, el señor Meursault, indiferente de todo y hacia todo, ve pasar la vida sin encontrar en su transcurrir sentido alguno; la muerte de su madre es un asunto más en un domingo más; asesinar, un evento profundamente aburrido, y defender los impulsos ante el juez de la razón, un sinsentido, pues rebelarse al destino no deriva sino en la caricia de la futilidad.

Lo que no sabemos es que El extranjero no es el primero de los grandes libros escépticos, que un escritor argentino, autoproclamado noble, trazó el camino –tres décadas antes– de la literatura empeñada en penetrar el sentido casi invulnerable del absurdo. Y es que el silencio con que sus contemporáneos ocultaron la obra del Vizconde de Lascano Tegui ( Emilio Lascanotegui, Concepción del Uruguay, Argentina, 1887) pareciera haberlo perseguido hasta el nuevo milenio. Un silencio que no fue sino la moneda con que le pagaron frases como esta: “Conozco a fondo la estrategia literaria y la desprecio. Me da lástima la inocencia de mis contemporáneos y la respeto. Tengo la pretensión de no repetirme nunca, ni de pedir prestadas glorias ajenas, de ser siempre virgen, y este narcisismo se paga muy caro.” Frases y también actos, pues en 1911, un año después de ser vapuleado tras publicar La sombra de la Empusa, sacó a la luz, con pie de imprenta falso y parisino, el poemario Blanco, firmado por Rubén Darío hijo y celebrado por los críticos hasta el día en que su autor hubiera de confesar la verdad entre sonoras carcajadas.

Lo que no sabemos, sin embargo, importa tan poco como lo que sabemos; ninguna ficción hubiera sido peor para el Vizconde que la de ser reconocido. “Nada entristece tanto como la popularidad”, asegura el personaje que escribe, a manera de diario delirante, De la elegancia mientras se duerme, justo antes de decir: “Los violinistas prodigios a los siete años son viejos a los veinte años. Tienen el alma fatigada de aplausos.” Los grandes escritores, para alcanzar las cumbres que sólo su interior puede trazar, necesitan alejarse y, desde esta distancia perentoria, desmenuzar el sinsentido sin desear asir más que sus puntas. Lo que para muchos escritores hoy sería el peor de los castigos, para las almas únicas es la posibilidad de saber lo que los otros no sabremos nunca. “Mi soledad no ha tenido otro confidente que mi instinto”, dice el personaje al tiempo que su autor aseguraba: “he descubierto el mundo acompañado de mi mejor amigo: yo”. En Lascanotegui el retraimiento es el motivo por el cual escribir no es otra cosa que un arte sublime: “Yo canto mi infancia en estas páginas que nadie leerá, pues son para mí mismo. A mí no me dieron juguetes”, concluye el muchacho que durante 190 páginas se alista para matar.

Ahora bien, lo que creemos saber no es necesariamente igual a lo que deberíamos saber. Si Meursault demuestra que tras haber asesinado es posible que el victimario se escinda de cualquier tipo de culpa, es el Vizconde quien demuestra que el castigo del alma no espera tras el acto, es decir, no necesariamente se presenta como consecuencia sino que puede ser uno más de los motivos: “Hoy, que me he incorporado al resto del mundo en el patio del cuartel, he sufrido como ninguno de mis camaradas puede sufrir. Ellos se quejan y hallan frases con qué hacerlo. Yo no las encontré. Trago mi dolor. Sólo pienso en una sola beatificación. Asociado al hombre que me habla en voz baja dentro del corazón, gritarles mi horror a los hombres.” Así como Meursault se muestra indiferente pues ha logrado comprender su propia alma, el personaje de Lascanotegui va más allá y, como aseguraba Joseph de Maistre sobre los grandes hombres, logra no sólo comprender su alma sino también su espíritu. “Si, agitado por mucho tiempo entre su deber y su pasión, un hombre está a punto de cometer una violencia inexcusable, es que ha deliberado en su alma y en su espíritu. A veces, el espíritu reprende al alma, y quiere que se avergüence por su debilidad: ‘¡Valor –le dice– alma mía! Has soportado desgracias mayores.’” Y cuando el alma duda, el espíritu conduce, robándonos incluso el gozo de lo largamente anhelado: “La mujer aquella que no sabía calcular a simple vista la moneda que le devolvían con esa inocencia con que realizan todas sus acciones los corderos a la vista de los lobos elegantes, me ofreció el sitio preferido que yo anhelaba en mis raciocinios y mi mano se me fue independientemente de mi voluntad, que el gesto tan rápido me impidió gustar ese pasaje del cuchillo a través de las carnes.”

Lo único que quizá valdría la pena saber es cómo fue posible que Meursault no leyera nunca la elegancia del Vizconde. Cómo fue posible que nadie pusiera en sus manos el diario de su hermano mayor, que detalla no aquello que sigue al crimen sino el vacío que llena una vida y que desemboca irremediablemente en el crimen:

 

La lógica aconseja echar agua sobre el fuego para extinguirlo. Ye he ensayado apagar el fuego colocando un vaso dentro de una cartera. No lo he conseguido. De este fracaso me queda el consuelo de haber ensayado un procedimiento personal y que no se lo debía por cierto a la lógica de los hombres, que si saben apagar el fuego, no saben en cambio ser felices. Yo he querido ser feliz. Tenía que seguir necesariamente otro camino. ~