La clave Morse, de Federico Campbell | Letras Libres
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La clave Morse, de Federico Campbell

Memoria vacíaFederico Campbell, La clave Morse, Alfaguara, México, 2001.La mayoría de los escritores tienen una doble, triple o múltiple condición de acuerdo con los géneros o temas que abordan, pero en el caso de Federico Campbell la doble condición de periodista y escritor es muy clara. No se trata de que exista una oposición entre ambos oficios, pero también es cierto que en algunos casos —como en el suyo— se plantea una dicotomía entre el trabajo de dar voz a una realidad sin interferencia y el de dejar volar la imaginación creativa. De hecho Campbell escribió una de sus obras más ambiciosas teniendo justamente como temática la vida del periodista en la novela Pretexta y ha manifestado su admiración por escritores que han hecho del periodismo una obra de arte, como García Márquez y Leonardo Sciascia (a este último dedicó un libro: La memoria de Sciascia).
     Es desde antes del trabajo sobre el novelista italiano que la memoria se vuelve un núcleo fundamental en lo que Campbell escribe. Mantener esta dualidad no siempre es fácil y con frecuencia le reprochamos al escritor que sacrifique su libertad narrativa en aras de la precisión de algunos datos históricos o circunstancias coyunturales, o que sacrifique la precisión propia de una crónica o un reportaje por la tentación de novelar o especular sobre un protagonista que convierte en personaje. La diferencia entre testificar y recordar puede ser en esto esencial.
     En La clave Morse estas tentaciones estuvieron presentes y fueron bien resueltas por el autor. Además debemos considerar que contaba con una dificultad adicional: reconstruir a través de la entrevista y de la memoria vacía una atmósfera familiar y un tiempo en un lugar de la infancia y la adolescencia. Sobre este punto el autor nos dice en su libro: "Lo que siento es que sólo hasta cierta edad, y ésta puede ser madura, vive uno con el fantasma del padre a todas horas. Después uno se lo inventa, si fue escaso, y se lo guarda en lo más hondo. Deja uno que lo habite y sigue caminando olvidándolo, como una segunda naturaleza que no hay por qué comentar con nadie. No se habla de eso".
     El recuerdo que no poseemos hay que fabricarlo y para este proceso el autor acude a entrevistar a otros y a sí mismo, y nos enseña su destreza en el género. Maneja al menos tres niveles que, más allá de su apariencia formal, tienen un sentido profundo en la trama. Un primer nivel que responde a una transcripción testimonial, que entrega la voz tal cual en su expresión más directa. El protagonista entrevista a Cecilio y dice: "Me gustaba la manera de hablar del anciano y sentí cómo la tinta corría sobre el papel [...] transcribir todo lo que me decían, con puntos y comas, reiteraciones, cualquier sonido gutural, antes de ponerme a redactar". Como él mismo señala, estos sonidos guturales le dan la atmósfera y los personajes, las ideas y las tramas anecdóticas. Es como si la sonoridad de la voz fuera el elemento en que esa cercanía testimonial surge para la literatura.
     Un segundo nivel sería aquel en el cual el entrevistado se le impone al entrevistador para regalarle sus propios recuerdos, ya que el protagonista ha sostenido durante toda su vida que posee una memoria vacía. Sin embargo la memoria de ella, la hermana, no coincide con las exigencias de esa desmemoria, la mirada ajena se muestra cargada de reproches, de resentimientos, y aquella otra memoria no quiere verse contaminada por ese rencor. La honestidad del periodista se transforma en la honestidad del escritor y permite, a pesar suyo, que esa memoria, que será y no será la suya, pueble las páginas de la novela dejando así vivir al testimonio del amor y el resentimiento, acto de generosidad paralelo a su anulación en el nivel anterior.
     Los dos niveles anteriores permiten al protagonista ocultarse en el recuerdo de los otros, pero a la vez lo obligan a preguntarse por su memoria vacía y a crear la intensidad de la novela contagiando de ella a todos los diálogos. Es como un rompecabezas que está obligado a armar a partir de detalles insignificantes pero que le dan el tono de los conflictos familiares, de la frustración, del fracaso, de la pobreza, desde un temple de ternura realmente sorprendente y sin el menor asomo de cursilería o melodrama.
     Es esta intensidad la que permite que en la trama exista un reconocimiento, tanto del escritor como del lector. La historia de ninguno pasa a ser de todos. La memoria se dice vacía porque quiere recordar con cariño, sin importar su veracidad; importa lo entrañable, lo que ofrendará una paz interior al protagonista. En este nivel de entrevista la elaboración es ya muy grande, de notable escritura.
     Así como a Campbell no le importó la veracidad de los testimonios ofrendados en aras de una verosimilitud interior, gracias a su maestría como escritor leeremos este libro como una novela, olvidándonos de leerlo como una autobiografía. El autor escribió esta historia, la aceptó como tal en la letra impresa. Ya es tan nuestra como suya o, más bien, él ya es parte de un nosotros. -