La cena del bicentenario, de Héctor Zagal | Letras Libres
artículo no publicado

La cena del bicentenario, de Héctor Zagal

En un tris La cena del bicentenario promete tanto que al final cumple por prometer. Se lee en la tapa que es “novela histórica” y del bicentenario, con Maximiliano y Carlota al centro de la portada. La cuarta incluye las supuestas lisonjas que la novela causó en Francisco I. Madero o Álvaro Obregón. Es decir, que todo es una chacota. ¿Será que vuelve el chocarrero fantasma de Ibargüengoitia a la historia y la literatura mexicanas? Y los títulos de los capítulos semejan el índice de un libro de cocina, así que con suerte en la novela nos aguarda un Josep Pla mexicà con mesa, lecho y risa. La cena del bicentenario es eso, promesas. De su lectura detallada salgo sin nada que decir de historia y convencido de que de gustos en humor y en cocina no hay nada escrito.

Héctor Zagal (ciudad de México, 1966) otorga 191 páginas, una mitad de las cuales presenta a siete personajes históricos: Hidalgo, Iturbide, Juárez, Díaz, Maximiliano, Carlota y Zapata. La otra mitad aventura una cena con todos ellos, en septiembre de 2010, con Maximiliano como soberano –vaya usted a saber por qué. Por ahí de la página 140 la trama vira en novela policiaca con un primer envenenado, un Hércules Poirot de sotana y un segundo muertito, que es asesinado por... aunque el culpable es –ya se sabe– el mayordomo: Plutarco Elías Calles, que entra al final a matar a todos.

La cena del bicentenario tiene de Clío la abreviatura. Retoma personajes históricos de dispares tiempos, sin una locura genial o una trama bien construida que los reúna en el presente. Se juega con el anacronismo pues todos los personajes actúan en 2010, pero la lectura transcurre sobre un anacoluto que no gana verbo ni literario –el lenguaje, las imágenes– ni histórico –el goce de aquello que por parecer posible pasado pudiera vibrar como presente. La trama está tejida a través de gags, no de complejas personalidades imaginadas con trabajo o investigadas aun con más trabajo. De historia, pues, esto: compre usted las correspondientes estampa de papelería, léase lo de atrás, recorte usted el rostro del personaje en cuestión, móntelo sobre un muñeco de “sololoy”, de esos de poca animación, siéntelos a la mesa, y he ahí lo que de historia contiene La cena del bicentenario. De literatura: las frases trilladas que se les achaca a los mencionados próceres y villanos (“Pobre México, tan lejos de...”, “Los valientes no asesinan...”) sancochadas con el lenguaje actual Condesa, he ahí el despliegue literario de La cena del bicentenario. “Liebe Karla, alucinas...”, dice Maximiliano a Carlota. Pero no importa: se trata de un dilatado chiste. O eso creo.

La novela incluye algún intento somero de revisionismo histórico; por ejemplo, un Juárez católico de armario que es acosado sexualmente en el seminario. Sin embargo, el Juárez de La cena del bicentenario resulta al final “el zapoteco”, personaje que en la novela reburuja los lugares comunes del liberalismo juarista (hierático, jacobino) edulcorados con los del antijuarismo católico de, un decir, Las grandes traiciones de Juárez (pro-gringo irredento que prefiere el clam chowder bostoniano a los nopales). En esencia, nadie se sale del guión sabido: Hidalgo es un coquetón monárquico a la mesa de la Corregidora; Limantour habla en francés y es aliado del millonario Díaz y ambos roban al país con inversiones francesas, más faltaba. Carlota es una mandamás aristocrática que “francea” y desprecia lo indio; Maximiliano, un calzonzazos sonso pero ilustrado.

Acaso –espero– este peculiar uso de la historia es un sagaz recurso del autor porque la chicha de la novela no es la historia sino el humor y la cocina. Lo mejor es asumir que lo que el autor nos propone no es imaginar historia sino sacar saliva y reír. ¡Ah!, pero al final la novela acaba en cincuenta páginas de un inesperado símil, armado a trancas y barrancas, de una novela de Agatha Christie. Bueno, pensándolo bien la historia patria da para urdir la escena: que nadie salga del palacio nacional, o “contimás” del país, que uno de nosotros, o todos, somos los culpables. Eso que ni qué, pero para cuando uno alcanza al cura Hidalgo travestido de Poirot la fe lectora está perdida entre estampitas de papelería, el olor del epazote y las sonrisas forzadas que uno otorga, hombre, para no parecer un pesado.

En La cena del bicentenario el acento está en la cena, no en el bicentenario. Claro que cocina y humor son cuestión de gustos y hay para todos. Pareciera ser que de un tiempo acá, tal vez desde el éxito de Como agua para chocolate, se ha vuelto moda novelar cocinando o cocinar novelando. Zagal escribe más de comida que de historia, de platos nacionales, franceses y austriacos, de etiqueta culinaria, y nos cuenta los pormenores del croissant austriaco o del manchamanteles poblano. Que juzguen los que saben de alta cocina. Yo, como toda ama de casa, le hago el quehacer, le enchino los frijoles y le cocino sus chilaquiles... pero no pida que elucubre sobre el sofrito de redondillas de blat de moro con reducción de tomatillos veraniegos acidulados y guindilla glauca cortada al amanecer.

Zagal trata de reírse de la historia y el mero esfuerzo es meritorio. Pero con esta novela, me temo, no doy por bienvenido a un Juan de Mairena de la pomposa retórica historiográfica mexicana, o a un Julio Camba del actuar político nacional, o a un Monsiváis para escribir historia y cocina en el siglo XXI, o a un Ibargüengoitia del bicentenario. Pero, repito, es cuestión de gustos, la novela merece el beneficio de la lectura así sólo sea por el esfuerzo de ironía en un ambiente en que se exige impostar la voz para hablar de los héroes nacionales. Eso sí, advierto al lector que la novela apela al sentido del humor estilo Jerry Lewis o Capulina. Lo digo con seriedad, que hay quien gusta de tal gracia, esa de brocha gorda, de gags predecibles y en colores fuertes, pastelazos de estereotipos narrados como si las risas de utilería televisiva estuvieran grabadas en las mentes de los lectores.

En fin, enhorabuena a La cena del bicentenario porque intenta el regreso del humor a la historia, pero la novela demanda de paladares que aprecien el tortazo humorístico, que gusten de hablar de literatura con la boca llena y que aguanten la historiografía for concentrate: ready to serve. No es lo mío, pero es mi culpa. ~