La casa holandesa | Letras Libres
artículo no publicado

La casa holandesa

El capítulo primero de una novela finalista del premio Pulitzer 2020 en la categoría de ficción.

Era la primera vez que nuestro padre traía a Andrea a la Casa Holandesa. Sandy, el ama de llaves, subió a la habitación de mi hermana y nos dijo que bajáramos.

—Su padre tiene una visita y quiere que bajen para que los conozca.

—¿Es un amigo del trabajo? —preguntó Maeve. Maeve era mayor y entendía mejor las complejidades de las relaciones de amistad.

Sandy meditó un instante la pregunta.

—Creo que no. ¿Dónde está tu hermano?

—En el banquito de la ventana —respondió Maeve. Sandy tuvo que descorrer las cortinas para dar conmigo.

—¿Por qué tienes que echar las cortinas?

Yo leía.

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—Porque quiero intimidad —respondí. A los ocho años no tenía idea de qué significaba esa palabra realmente, pero me gustaba, y también me gustaba la acogedora sensación que daba cerrar las cortinas.

No sabíamos nada de la misteriosa visita. Nuestro padre no tenía amigos, al menos no del tipo que viniesen a visitarlo a casa un sábado por la tarde. Salí de mi escondite, me dirigí a las escaleras y me eché sobre la alfombrilla del descansillo.

Sabía por experiencia que tumbándome ahí podría ver la sala, asomado entre el poste de la escalera y el primer balaustre. Ahí estaba mi padre, ante la chimenea, y junto a él, una mujer. Me pareció que observaban los retratos del señor y la señora VanHoebeek. Me levanté y regresé a la habitación de mi hermana para dar parte.

—Es una mujer —le dije a Maeve. Sandy ya lo sabría.

Sandy me preguntó si me había cepillado los dientes, refiriéndose a si me los había cepillado esa mañana. Eran las cuatro de la tarde; nadie se cepilla los dientes a esa hora. Ese día, sábado, Sandy tenía que hacer todo ella sola, porque Jocelyn libraba. Sandy encendía la chimenea, atendía al timbre de la puerta y ofrecía bebidas, pero no tenía responsabilidad sobre mi dentadura. Ella libraba los lunes, y los domingos libraban ambas, porque mi padre pensaba que no se podía obligar a nadie a trabajar en domingo.

—Sí —respondí a Sandy, porque probablemente me los habría cepillado.

—Pues cepíllatelos otra vez —repuso—. Y péinate.

Esto último iba en realidad por mi hermana, que tenía una larga melena negra, que, recogida, era gruesa como diez colas de caballo atadas unas con otras. Era inútil que se lo cepillara una y otra vez: siempre lucía un poco desaliñada.

Cuando estuvimos presentables, Maeve y yo bajamos y nos quedamos bajo el dintel del arco del vestíbulo que daba paso a la sala, observando a nuestro padre y viendo cómo Andrea estudiaba a los VanHoebeek. Ellos no se dieron cuenta de que estábamos ahí, o simplemente no quisieron prestarnos atención —es difícil saberlo—, así que esperamos. Maeve y yo sabíamos cómo no hacer ruido al movernos por la casa, hábito nacido de nuestros esfuerzos por no irritar a nuestro padre, aunque se enfadaba aún más cuando se daba cuenta de que lo estábamos espiando. Llevaba puesto su traje azul.

Papá no se ponía nunca traje los sábados. Me fijé, por prime- ra vez, en que el pelo se le empezaba a agrisar por detrás. Junto a Andrea parecía aún más alto de lo que ya era.

—Debe de resultar muy gratificante que estén cerca —le dijo Andrea, refiriéndose no a sus hijos, sino a los cuadros.