Ixtus No. 33, Contra la pobreza de la pobreza | Letras Libres
artículo no publicado

Ixtus No. 33, Contra la pobreza de la pobreza

LA POBREZA DEL DESARROLLOIxtus / Espíritu y Cultura, año VIII, número 33, "Contra la pobreza de la pobreza".Uno de los episodios más sorprendentes de la historia de las ideas sobre la economía fue protagonizado por el antropólogo Marshall Sahlins al descubrir un hecho desconcertante: la Edad de Piedra fue la época de la abundancia. En contra de toda opinión, en Stone Age Economics Sahlins mostró que "la era del hambre sin precedentes" no es el Paleolítico, sino ésta, la de los años en turno, orgullosa de un crecimiento económico inusitado, e insinuó algunos argumentos para suponer que el hambre no se debe al atraso material, sino a una orientación errada del progreso económico.
     En México, algunos lustros antes de este descubrimiento, la publicación de Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis se consideró una difamación imperdonable del progreso de la nación. Para un país obsesionado con un proyecto de desarrollo megalomaniaco —dotado de legiones de grises unidades multifamiliares y una faraónica ciudad universitaria—, no podía haber peor afrenta que señalar la persistencia de la pobreza a un lado de los supuestos logros del envanecido milagro mexicano.
     Hoy en día, tres décadas después de las observaciones de Sahlins, el escándalo se ha disipado, pero la noción del desarrollo que lo propició permanece intacta. La pobreza sigue siendo ese inmenso sector de la realidad al que ejércitos de economistas le han declarado la guerra. Ninguna nación ha cuestionado la pretensión de suprimir la pobreza del planeta, mito fundador del desarrollo que continúa orientando las actividades de gobiernos y organismos internacionales en todo el mundo.
     En su reciente número titulado Contra la pobreza de la pobreza, la revista Ixtus se ha propuesto reflexionar acerca de la mirada contemporánea sobre los pobres para "volver a pensar en el misterio de la pobreza y desde ahí criticar el mundo que quiere borrarla". En respuesta a la visión reductora que considera al pobre como "un inválido en busca de asistencia", los artículos del número invitan a mirar alos pobres en términos de sus aptitudes para llevar una vida de autonomía creadora.
     El número parte de esta idea: el combate a la pobreza, al sustentarse en el proyecto de erradicar a los pobres como si fueran una plaga, activa un mecanismo perverso que, al suprimir la pobreza, produce miseria. El desarrollo no es posible sin la destrucción previa de los modos tradicionales de vida basados en la autonomía. Los sustitutos prometidos por el desarrollo para aliviar este despojo (empleos ejecutivos, tecnología de punta) sólo llegan a unos cuantos, pues, como ha mostrado Gabriel Zaid, la oferta de progreso que ha prosperado es costosa y no se puede generalizar a toda la población. La mayoría, sin medios de subsistencia ni sus sucedáneos modernos, queda flotando en un limbo entre la tradición y la modernidad. Para la mayor parte de los habitantes de los países pobres, el desarrollo sólo ha significado el paso de una vida austera y digna a la mera indigencia.
     El verdadero pobre —sostiene Gustavo Esteva en una entrevista esclarecedora— no es quien carece de lo que se estima necesario según los "estándares de vida", sino aquel a quien se ha despojado de las capacidades para determinar su propia vida y los medios para alcanzarla. A partir de esto, se necesita hacer una distinción entre los pobres que han conservado la capacidad de iniciativa (la cual se debe respetar), por una parte, y, por la otra, los pobres que precisan una restitución (de tierra y medios de producción) porque ya han sido despojados.
     El rostro de la pobreza ha estado oculto por una visión que asimila al pobre dentro de las condiciones adversas en que vive. A esta percepción —señala Jean Robert en un ensayo sobre la pobreza en Occidente— se opone la posibilidad de ver al pobre como un "tú", para distinguirlo de sus circunstancias y vislumbrar su verdadero rostro. No se trata de una develación, sino propiamente de una revelación: una "experiencia relámpago" —como la del buen samaritano de la parábola—, que puede movernos a encontrar en el pobre a un posible amigo antes que un catálogo de carencias.
     Seguir la pista de estas propuestas puede ser un camino para realizar una de las aspiraciones de Gandhi, y tarea postergada del mundo moderno: la conciliación entre el progreso económico y el progreso real. En Pasado inmediato, Alfonso Reyes advertía que "cierta dosis de ingratitud es la ley de todo progreso". Hay algo de esta ingratitud en la persecución con que se ha hostigado a los pobres en los últimos tiempos. Encontrando un lugar para ellos y su riqueza, tal vez se podrá disolver el vínculo entre el progreso y la ingratitud. Para eso, unamirada renovada sobre la pobreza y sutestimonio resulta imprescindible. -