Itinerario del intruso o para qué me sirvió el cáncer, de Julio Derbez | Letras Libres
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Itinerario del intruso o para qué me sirvió el cáncer, de Julio Derbez


En La enfermedad como metáfora, Susan Sontag dice:


Toda persona que nace tiene doble ciudadanía, en el reino de los sanos y en el reino de los enfermos. Aunque todos preferimos usar solamente el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros está obligado, al menos por un episodio, a identificarse como ciudadano de ese otro lugar.


Itinerario del intruso o para qué me sirvió el cáncer de Julio Derbez es la crónica personalísima de una naturalización forzada hacia la segunda ciudadanía; de la forma valerosa en que el autor supo asumir su nueva identidad como enfermo sin perder jamás su pertenencia vital al reino de los sanos. Es esa fortaleza –no sólo física sino ante todo emocional– la que permite a Derbez adoptar, en palabras de la propia Sontag, “la forma más sana de estar enfermo”.

La salud debe dejar de verse como un espacio ajeno a la cultura de una sociedad. De hecho, es un tema central de esa cultura, en tanto que ofrece marcos explicativos para entender la experiencia humana desde el nacimiento hasta la muerte. Por ello, es tan sólo natural el interés que ha tenido la Secretaría de Salud en abrazar un proyecto como el de los “Cuadernos de Quirón”, una colección de libros pensada como punto de encuentro de voces tradicionalmente confinadas a su propio ámbito: la voz del médico y la del enfermo.

El Itinerario del intruso de Derbez cuenta la historia del notable desarrollo positivo de la enfermedad del autor. El cáncer pulmonar de células no pequeñas tiene, en la mayoría de los casos, una evolución muy agresiva. Y hoy, más de un año después de que se le diagnosticara esa dolencia, el autor de este relato no sólo está entre nosotros, sino que se ha reincorporado plenamente a sus actividades como periodista, y vuelve a nadar con vigor y aspecto renovados en las agitadas aguas de la vida política y cultural mexicana.

Es posible adelantar una respuesta parcial y arriesgada a la pregunta sobre las razones de una curación exitosa: buena parte de la diferencia radica en la personalidad del propio Derbez.

No cabe duda de que el paciente recibió una excelente atención médica y que los avances recientes de la tecnología, en especial el gamma knife, obraron, literalmente, milagros. Pero hubo aquí otro ingrediente que le permitió a Derbez dejar de ser un caso más, como tanto le insistió su amigo Juan Pablo Méndez, para convertirse en el personaje central de una historia de excepción.

Ese ingrediente clave fue una mezcla de rasgos de personalidad que hicieron del autor de este libro conmovedor un motivo de interés, preocupación y cariño por parte de todos los que lo trataron, convirtiendo lo que prometía ser una buena atención en una atención médica también excepcional. Su don de gentes rompió, una y otra vez, el hielo de la difícil relación médico-paciente. Su poder de persuasión permitió que sus oncólogos se mostraran dispuestos a incursionar en los poco conocidos dominios de la medicina hiperbárica. Su serena compañía hizo posible que muchas de las más trascendentes decisiones relacionadas con su tratamiento se tomaran disfrutando del entorno, más humano, de Tepoztlán. Sus agudos comentarios vencieron la resistencia de sus distintos médicos para consultar con sus colegas en momentos de duda.

Con su carisma, Derbez liberó a los médicos de sus almidonadas batas blancas y, casi en una reversión de papeles, los movió a utilizar toda su calidad humana para ayudarlo en aquel difícil trance. Y al hacerlo, quién iba a decirlo, los médicos ampliaron sorprendentemente las posibilidades de curación de su paciente.

Así, gracias al Itinerario del intruso, vemos al director de una conocida clínica del sur de la ciudad de México cerrando las cortinas del cuarto de Derbez para hacerle saber a las enfermeras que lo atendían, con ese simple gesto, que ese paciente merecía –como todos– el mejor de los cuidados. Somos testigos de cómo el cirujano, él mismo convaleciente de una cirugía, atraviesa el peor de los tráficos para hacerle una consulta domiciliaria, un evento en extinción en esta ciudad imposible. Escuchamos a una conocida radioterapeuta –“dura científica de suave corazón”– transmitirle a Derbez su tristeza porque a estos especialistas, tan importantes en el proceso de atención, suelen olvidarlos sus pacientes. Y vemos a uno de los más afamados oncólogos de este país prometerle a Derbez una visita en un hospital que no es el suyo, violando con ello una de las reglas no escritas de la feroz competencia entre los médicos. ¿Quién puede presumir, a principios del siglo XXI, en la ciudad más transitada del planeta, que tiene a sus médicos a su alcance, incluso al pie de su cama?

No se trata de restarle méritos a los doctores que atendieron a Derbez. Por el contrario, hay que suponer que, desde que los conoció, identificó en ellos las habilidades y el carácter necesarios para conjurar su terrible enfermedad. Sin embargo, después de leer este libro no se puede sino concluir que todos sucumbieron al encanto de un enfermo que, después de librar la batalla más dura de su vida, se despierta cantando a José Alfredo, y caer en la cuenta de que fue ese espíritu inteligente y lúdico lo que potenció el proceso de curación.

El Itinerario del intruso no pudo haberse escrito en mejor momento. La necesidad de la calidez en la atención médica es un fantasma que recorre los pasillos de todos nuestros centros de salud. Este libro nos muestra, en una situación particularmente dramática, lo importante de esta apuesta. Nosotros nos quedamos, entre otras, con esta lección: la calidez en la relación médico-paciente fluye en una calle de dos sentidos que puede llevarnos a destinos inimaginables. Las recompensas para los proveedores de servicios de salud pueden ser enormes, como bien lo señala Anatole Broyard en el ensayo “El paciente examina al doctor”:


Al aprender a hablar con sus pacientes, el médico puede recuperar el amor por su trabajo. Tiene poco que perder y todo por ganar al dejar entrar a la persona enferma en su corazón. Si lo hace, puede llegar a compartir, como pocos otros lo hacen, las maravillas, los terrores y las emociones que se encuentran en los límites del ser. (Intoxicated by my Illness.)


Julio Derbez cierra un triángulo de riqueza comunicativa integrando a los lectores en la conversación, lo que sin duda es también un acto terapéutico. El agudo observador de la realidad mexicana se observa a sí mismo y enriquece de esa manera su propia vida.

Mariana Frenk-Westheim –abuela de uno de los que esto escriben– vivió hasta los ciento seis años. Cuando se le preguntaba sobre la razón de su longevidad, ella respondía con un dicho budista: “Si caigo siete veces, ocho veces me levanto.” Para Mariana, la clave de la vida no radica en la ausencia de adversidades, sino más bien en la capacidad de reponerse a ellas buscando las lecciones que nos permitan salir adelante, enriquecidos. Éste es el significado profundo del subtítulo del libro: “Para qué me sirvió el cáncer.” En lo mucho que Julio Derbez ha aprendido nos ha enriquecido a todos: se ha levantado ocho veces. ~