Instrucciones para escribir con escalpelo | Letras Libres
artículo no publicado

Instrucciones para escribir con escalpelo

Naief Yehya

Rebanadas

México, DGP-Conaculta,

2012, 168 pp.

A saber la o las razones, pero encuentro en los relatos de Rebanadas, el más reciente libro de Naief Yehya –escritor quizás más conocido por sus incisivos y reveladores ensayos sobre tecnologías, vida digital y pornografía–, una cierta condición de habitar los mismos extremos literarios que la narrativa breve de Saul Bellow y, sobre todo, de los primeros cuentos y novelas de mi paisano, el siempre mordaz e implacable Mordecai Richler, allá en la vieja e indómita calle de Saint Urbain, oriundo tan arraigado como huidizo de mi ciudad natal.

Le ahorro al lector las demasiadas explicaciones y voy, como se dice, directo al grano. En el caso de Rebanadas, se trata del mejor libro de relatos en español publicado en el pasado inmediato e, igualmente, en el futuro cercano –si es que, en efecto, se da el caso de que lleguemos a este, pues los cuentos de Rebanadas pintan un tiempo negro, un ensamble de catástrofes lo mismo locales (minúsculas, corporales incluso) que mundiales, guerras interétnicas e interreligiosas arreciando duro a escala global: o sea algo muy parecido a nuestro actualísimo presente.

¿Se puede ser dizque justo, imparcial, digamos, con alguien que escribe endiabladamente bien? Salvo que uno guste de pasar por cretino, lo dudo. Si algo te gusta lo dices. Si es necesario, lo gritas. Si te apasiona la escritura de Bellow o Richler, estás frito, o mejor aún, no puedes ser razonable: tú o tus vísceras gozan, en el acto mismo de leer, una prosa ardiente y kool a la vez, sin costuras expuestas, como si esta hubiera sido escrita sin esfuerzo; cínica, muy cínica, pero también compasiva; el tipo de lectura que es informativa –aprendes o tienes un atisbo de lo complicado que resulta vivir en esos mundos llamados Nueva York, Chicago, Londres y sus barrios lo mismo proletarios que de alta sociedad– y a la vez te provoca preguntas de orden cósmico que terminan por dejarte perplejo. Golpes, risotadas, atropellos, trapacerías, desvaríos propios o provocados por alguien más –¡carajo: siempre hay alguien más!–, maravillas y pesadillas cotidianas: eso mismo que, todavía, se llama literatura. En el caso específico de los relatos de Naief Yehya, algunas de esas rebanadas incluyen celdas infectas, patios y mercados completamente destrozados por efecto de bombas caseras y violencia fanática, desatadas como indomables jaurías de perros en probables ciudades del Medio Oriente, Bagdad, Kabul, Lahore, Karachi, Damasco, las mismas donde ahora, mientras escribo estas líneas acerca de un libro de ficción, tienen lugar las más horrendas guerras civiles, subproducto del más atroz y del aún menos ficticio y macabro ajedrez geopolítico de las potencias y sus estadistas de pacotilla.

Pero al igual que Bellow o Richler, si algo afortunadamente no hay en los relatos de Naief Yehya, es denuncia ni moralejas ni lecciones de nada. Lo que uno encuentra, valga la redundancia, son rebanadas de vida, vida intensa y extrema sin duda alguna, pasadas por –aborrezco la palabra: sorry, no hay otra– el famoso “tamiz” de la ficción, ahí donde igual te reconoces que te explicas a ti mismo, te das asco, te indignas, te alegras, te extravías y –cosa nada fácil ni siquiera para las plumas bragadas– logras reencontrarte por efecto de las carcajadas –hablo de serias carcajadas: del tipo que lo doblan a uno de la risa– que te devuelve la lectura de estas Rebanadas.

Eso, ni más ni menos, me ocurrió al leer historias que tienen que ver con idióticos escritores en ciernes y furibundos veteranos del fracaso literario (“El continente de los elogios”); con eternos jóvenes cuyas aspiraciones artísticas resultan no menos eternizables (“El crisol del olvido”); no se diga ya en “El tibio atajo de la paz”, el relato de un pobre hombre sin atributos ni férreas causas que defender –el derecho al transexualismo, la onda transgender ni nada que se le parezca– excepto la obsesión, casi inocente, de deshacerse de sus órganos genitales y convertirse en un eunuco, empeño que es llevado hasta extremos delirantes e inconvenientes (aquí, un fragmento del paradójico y no menos extravagante desasosiego que experimenta la casera del susodicho: “–A mí no me gusta meterme en la vida privada de nadie pero tampoco quiero compartir mi techo con gente enferma que se anda cortando el miembro. ¿Quién va a limpiar esta sangre? ¿Oiga, no ha visto mi engrapadora?”). A eso me refiero cuando hablo de cierta obra de Saul Bellow: los personajes ajados por la ironía perra de la existencia, el sentido de pérdida, de extravío y, sin embargo, también por el sentido del humor que guía lo mucho o poco que les queda de vida Lo cierto es que a partir de cuentos como “Atardeceres en Garamakán”, “Neutral”, “Aparición”, “Morir en una ciudad extraña” y no se diga el que me parece el relato más logrado, “Zulu”, Naief Yehya consigue la imposible rebanada perfecta, toda vez que en esa historia el autor hace riguroso uso de todos sus dispositivos literarios –una puesta en escena como abismo al que somos arrojados en un microsegundo; suspense de primera línea; giros en el tiempo narrativo que resultan, para el lector medianamente enterado de lo que pasa en el mundo, auténticos saltos cuánticos en la gran cadena de la Historia; dilemas sin posibilidad de solución; heroísmo, temeridad y miedo en dosis potentísimas. Me cuesta trabajo leer y pensar en “Zulu”, así como en los relatos antes mencionados, sin remitirme a Richler y las correrías y desventuras de Moses Berger por todo Canadá y Europa en su búsqueda del origen, en sí misma una delirante historia de reconstrucción genealógica: me refiero a la novela Solomon Gursky was here; y no se diga de St. Urbain’s horseman, esa otra intrincada novela (publicada en 1966 y ganadora en 1971 del Governor General’s Award, digamos que el Nobel de las letras canadienses) que cuenta los empeños y las frustraciones personales y maritales del director de cine Jake Hersh, a quien no le llega el éxito que lo pondría a la altura de su mítico primo de la infancia, Joey, el soldado de todas las causas valientes y de quien arriban, de cuando en cuando, noticias de sus múltiples hazañas: alguna vez brigadista internacional en la Guerra Civil española, desde hace tiempo brioso cazador de fantasmagóricos exnazis en lo más profundo de la Amazonia.

Los personajes de Naief Yehya recorren, en una u otra dirección, el mismo camino, las mismas urgencias: la confusión moral acogida como una merecida broma, la cuasi ruina del individuo y su entorno, el despilfarro de las valientes vidas de una serie de simpáticos antihéroes, la espera sin remedio, el falso remedio de las esperanzas; en fin, historias fina y brutalmente seccionadas lo mismo en escabrosas que hilarantes rebanadas. ¿Qué más se puede pedir? ~