Instinto de Inez, de Carlos Fuentes | Letras Libres
artículo no publicado

Instinto de Inez, de Carlos Fuentes

Tributo a FaustoCarlos Fuentes, Instinto de Inez, Alfaguara, México, 2001, 145 pp.Música y magia andan juntas desde los albores de la humanidad, y aun antes de la escritura el canto iluminaba la esfera psico-acústica del hombre como un fuego de hogar en torno al cual la familia tribal se reunía y dialogaba con dioses y difuntos. La escritura vino a transformar este pacto y a producir a través de otra gimnasia moral, asociada al ejercicio político y el Estado, una marginación de la música, el canto y la magia como vestigios reminiscentes de aquel orden órfico literalmente prehistórico y, al parecer de la Ilustración, prehumano (Cfr. Peter Sloterdijk, En el mismo barco).
     Instinto de Inez, la nueva novela de Carlos Fuentes, despierta tales asociaciones pues en el curso de su relato (¿único?, ¿dual?) se alternan dos historias: una que tiene que ver con la lección paleolítica de la historia colectiva y otra centrada en la historia de un músico director de orquesta refractario a las grabaciones (¿el rumano Sergiou Celibidache?) que sostiene a lo largo del tiempo una historia de amor y de arte con la mexicana Inez Prada —nombre artístico, es decir, verdadero nombre de Inés Rosenzweig (p. 76)— a través de la interpretación cada vez única de La damnation de Faust de Hector Berlioz. De la misma manera en que se funden música y magia en la ópera nihilista y desesperanzada de Hector Berlioz, el amor erótico y la pasión estética se desdoblan, espejean y especulan en el lazo amoroso de estos dos personajes. Dicho lazo cristaliza en ese objeto de poder y de vidrio que ella encuentra y le regala a él y que es como un talismán, prueba cristalina del pacto secreto que música y magia, canto y sacrificio han celebrado a lo largo del tiempo, antes de la historia, por virtud de la voz.
     La historia de Gabriel Atlan Ferrara y de Inez Prada podría formularse en términos de una pareja que hace el amor a través de la música y celebra su unión virtual en el espacio del arte. Pero esa historia está matizada, trenzada por otra —la de los hombres y mujeres, de la pareja prehistórica— que significativamente está contada en futuro, como si el fin de nuestra historia sólo pudiese formularse en términos de una relectura de la prehistoria. La hipótesis de la esperanza se disipa en la memoria profética del origen: como si la salida del laberinto hubiese que buscarla a la entrada del mismo, en los mitos del origen.
     La primera historia (cuento de la memoria individual) ocupa los capítulos 1, 2, 4, 6 y 8, mientras que la segunda (leyenda de la memoria colectiva) se desenvuelve del 3 al 5, 7 y 9. En la primera historia Gabriel Atlan Ferrara —el virtuoso director de orquesta que se niega a grabar, es decir a caer en la tentación especulativa de la reproducción infinita (¿sería seguidor de las enseñanzas antroposófico-musicales de Rudolf Steiner?)— conduce a la pelirroja cantante mexicana Inés Rosenzweig, luego Inez Prada, hacia ese espacio sin edad de la música donde ella termina desapareciendo misteriosamente.
     Instinto de Inez es una novela fantástica donde muertos y vivos celebran un comercio cuyo espacio de posibilidad es el mito del arte. Es también una fábula jeroglífica sobre el amor entre un ser real (Inés/Inez) y dos seres irreales.
     La novela se desarrolla en diversos escenarios: en Salzburgo, en 1999, en Londres y en las playas inglesas en 1940, "en México en 1949, otra vez en Londres en 1967", y en ese territorio prehistórico o ahistórico donde se desarrollan la historia primitiva y su contrapunto. Si Salzburgo es como el limbo desde donde se cuenta la historia y Londres el paraíso del amor, la Ciudad de México —"la Jerusalén mexicana", como atinadamente dice Fuentes— es, sí, el espacio de la realidad cruda e irreductible. (Y habrá que decir entre paréntesis que uno de los atractivos de esta noveleta es el condimento intermitente de las alusiones mexicanas, como por ejemplo la presencia fugaz y cíclica del organillero o la del burócrata ladino disfrazado de compositor.) En la geografía de este itinerario iniciático-sentimental, el infierno estará representado por el hirviente océano acústico de la obra fáustica de Berlioz, que es como un heraldo de ese otro averno que es el holocausto de los campos de concentración con cuyas imágenes Gabriel Atlan Ferrara tiene la tentación fallida de ilustrar su interpretación mexicana del Fausto. Hay otro elemento clave en la narración: el sello de cristal que Inés le regala a Gabriel y que es un objeto mágico que anuncia y concentra la unión, a la vez imposible e inevitable, del conductor de la música y de la voz de la cantante, portadora del canto. Ese sello de cristal es como el ojo sin párpados de Mefistófeles, la retina donde se coagula el oscuro sentido de esta historia —la del director de orquesta y la cantante— solicitada por otra: la idílica, la paleolítica historia mítica de amor, poder y sacrificio donde se nos narra el nacimiento del canto.
     En Instinto de Inez alienta el pánico jadeo de lo real, algunas de sus páginas alcanzan momentos de elevación lírica (véase el inicio del capítulo 2 en las páginas 27-30). El contrapunto narrativo de los capítulos 3, 5, 7 y 9 agrava la novela con una alegoría telúrica o paleolítica. Instinto de Inez es un texto dueño de una gravedad propia y de un oscuro vuelo nocturno, ávido de encarnar y de contagiar al lector su sed de amor por lo que no está aquí (fantasía o muerte). Es, además, uno de los pocos textos hispano-americanos contemporáneos donde se asume abiertamente el tema de Fausto, el asunto del alma y del amor perdido por el dinero o el poder. Instinto de Inez presenta una meditación sobre la música y el canto que extrae su fuerza de la forma en que se sigue el compás de la doble narración. Instinto de Inez novela un homenaje literario a Hector Berlioz a través de la historia de amor entre un director de orquesta y una cantante. Pero más particularmente es un tributo de la imaginación fuentástica —si se nos permite el neologismo— al mito de Fausto y su condenación tan vigorosamente recreado por el atormentado y genial compositor. Y es precisamente el alma desgarrada y tormentosa de Fausto la que alienta y transpira a través del velo verbal de la tirada vocativa, del vibrante exordio arriba citado (págs. 27-30) —reminiscente de Espronceda y su Diablo mundo— como una muestra del lírico pulso galopante de esta breve y a la par amorosa y gótica novela. Tramo, por cierto, que, durante la presentación de la obra, en el Palacio de Bellas Artes, el autor supo leer con arrebatada pero exacta dicción en el mismo lugar "real" donde sus personajes "imaginarios" dan unánime aliento a esa condena a la vez real e imaginaria que es la del Fausto de Berlioz.
     En el Ensayo sobre el origen de las lenguas, Rousseau habla de la pasión y la emoción como razón originaria del lenguaje. De ahí que el lenguaje denuncie el eco del deseo y del origen, sobre todo cuando es fiel a la vía húmeda de la poesía y se distancia de la vía seca del razonamiento. Ese eco deseante recorre el cuerpo de esta novela y quizá explica la presencia ubicua y descriptiva del tábano de la poesía y de la música en el curso narrado. El origen mitológico de la música y del canto es un tema noble y que desde Jules Combarieu (La musique et la magie) hasta Gilles Deleuze (Milles Plateaux) ha seguido al pensamiento moderno. No es el de Instinto de Inez un ejercicio de estilo o un pasatiempo sino un exorcismo poético, es decir: un acto real. De ahí que su lectura produzca un inexplicable, bienvenido alivio. -