Huerta recuperado | Letras Libres
artículo no publicado

Huerta recuperado

Efraín Huerta

El otro Efraín. Antología prosística

Edición y selección de Carlos Ulises Mata

México, FCE, 2014, 674 pp.

Efraín Huerta es un autor problemático: siendo uno de nuestros clásicos, carece de obras completas; por lo cual su obra está en proceso de formación como corpus. De ahí que el espécimen más fino de la pesca aportada por el centenario huertiano sea El otro Efraín.

La obra prosística de Huerta es hasta ahora uno de esos mares ignotos que pocos académicos se habían atrevido a explorar y anotar, aun cuando uno de los libros pioneros fue Aurora roja (2006), de Guillermo Sheridan, que espiga en la abundante producción periodística, panfletaria, sentimental y memoriosa del joven Huerta, en una edición que no circuló en librerías –apenas en ciertas bibliotecas, por decisión de los herederos del poeta.

La minuciosa investigación del académico guanajuatense Carlos Ulises Mata nos presenta a un autor inédito y lo sitúa en primer término frente a las aristas de su poesía, en segundo frente a su generación, en tercero frente a otros autores para otorgar indicios de una poética; y en fin frente al lector.

Mata asedió las fuentes públicas y privadas y conoció, privilegiadamente, esas legendarias libretas de crestomatías: las damas negras. Revisó más de dos mil textos, seleccionó 172, aquellos que le parecieron más idóneos y más amables para el lector –aun cuando la prosa de Huerta, según su propia definición, fuera ligera, amable y considerada con el lector–; los distribuyó en siete apartados por afinidad “de tema, intención y tratamiento”, y dentro de estos dispuso las piezas en orden cronológico. He ahí el procedimiento del investigador: ubicar, leer, seleccionar, cribar, distribuir. No encuentro en dicho ejercicio misterio alguno –¿acaso un investigador, sea ungido por la academia o salvaje, no prosigue un método semejante?–, pero Mata recurre a circunloquios acaso para soliviantar académicamente el desarrollo. Asienta que en Huerta no se pueden delimitar épocas o periodos y que es mejor considerarlo un poeta de constelaciones de lectura (“atados con nudos que son nodos”). Siguiendo el derrotero de que a Huerta le interesaban más los poemas que los libros, la dispersión que la unicidad y que en sus compilaciones siguió el agrupamiento temático, Mata justifica la distribución total de los textos no por cronología sino por apartados a semejanza del orden establecido por Huerta en Poemas prohibidos y de amor. Finalmente, declara derivar en la idea de la crestomatía como un ejercicio aprendido en Huerta en quien ubica una vocación antológica –“El género antológico se halla en el origen de la actividad literaria de Efraín Huerta y la atraviesa en varios momentos significativos”–. Más adelante reitera esa impresión.

El otro Efraín permite confrontar la poesía de Huerta con sus escritos prosísticos, articular a partir de fragmentos una poética y evaluar con citas flagrantes las relaciones entre Huerta y sus contemporáneos y otras generaciones –con los Contemporáneos como cabe esperar pero también con los estridentistas–, además de afianzar la idea del poeta como un pilar de la crítica cinematográfica de educado y coherente gusto. Con atractivo diverso, en más de un sentido El otro Efraín es un libro biográfico y como en los mejores libros con aires de otras épocas, una vívida colección de estampas e historias.

Los ensayos que ya habían circulado son las piezas más compactas del prosista. Piden y celebran la añadidura de otros textos contemporáneos y de temas semejantes; de algunos, no de todos. Las columnas sobre cine son axiales y muestran una veta crítica más definida que en su postura literaria, acaso porque Huerta fungió poco como crítico de recensiones. Pueden trazarse paralelos entre su tibio aprecio por las obras de vanguardia literaria, sean las de T. S. Eliot o Julio Cortázar, y las del cinematógrafo –se intuye su desdén por Rashomon de Kurosawa y El año pasado en Marienbad de Resnais–. Se agradece asimismo el rescate de las “Columnas del Periquillo” donde fosforecen aforismos y boutades que indican el origen greguerio de los posteriores poemínimos y de curiosidades como las lecturas de los poetas, definitorias de cercanías y distancias. Aventurarse a leer el volumen como un libro al que se acude por gusto y no por consulta o celo profesional, deja sin embargo la sensación de saciedad.

Mata no se limita a compilar la obra y trazar una presentación donde exponga su método y las vicisitudes de la composición, además de situar la investigación en el contexto de la obra y los estudios huertianos. Aprovecha la luz de las diablas para representar su propia lectura así sea de manera subrepticia. Sospecho que la empresa es más propia de un libro autónomo y propio que de un prólogo en una edición “para el lector”, pero esa es una de las paradojas que encuentro en el trabajo del investigador. Otra: tras elogiar la levedad de la prosa de Huerta y exponer que lo guía cierta subjetividad crítica, Mata cede a la tentación académica de apantallar al lector –ese lector de a pie al que se quiere presentar a Huerta si es que antes resiste el prólogo– con oraciones como la siguiente: “Al aplicar esa consideración ineludible a la entidad platónica denominada toda la prosa que Efraín Huerta escribió, se hace evidente que carecemos del corpus delimitado correspondiente a esa idealidad.” La puntillosidad académica no libra al investigador de arrebatos líricos aunque no por ello más legibles: “De la fusión plena que adelgaza la sangre ajena y la propia hasta hacerla transparente, a la hipersensibilidad que reconoce en el aire la presencia translúcida del odio atmosférico.”

Falto de modestia y sin temor al autoelogio, Mata califica su antología como un muestrario “estricto pero no menos significativo”. Es cierto, siguiendo el argumento de que existen más de dos mil textos en prosa esperando el rescate, nos asomamos a menos del 10% de la producción, pero a juzgar por los resultados la criba pudo ser mayor. Un volumen más escueto, huelga decir, más selecto, sería más justo con el prosista Huerta. Al margen: el descuido editorial en este volumen lleno de erratas es memorable y opaca el acierto de la publicación.

Aunque Mata afirme que el criterio que guía su selección es el gusto (“esta no es una antología arqueológica o de tipo histórico, sino una antología de lectura”; “una selección de los mejores textos del conjunto”; “los que más me gustan a mí y los que creo que podrán gustar a más lectores”), textos hay cuya inclusión parece más en deuda con una agenda crítica que con el placer del texto. El Huerta admirador de Julio Torri y del ensayista orfebre Ramón López Velarde se convierte en uno de esos talentos que aspiran a ganar por puntos, lo cual nunca fue su caso. Si estas son las mejores obras en prosa, entonces, para que las virtudes que aquí se revelan en muchos momentos –sapiencia literaria, agilidad en el manejo de la ironía, el humor, brillantes imágenes, música acompasada– se perciban más nítidamente habría que efectuar una antología más depurada. ~