Historia y celebración / México y sus centenarios, de Mauricio Tenorio Trillo | Letras Libres
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Historia y celebración / México y sus centenarios, de Mauricio Tenorio Trillo

Es una historia triunfal, que conocen hasta quienes reniegan de ella. Primero, la Independencia, cuna de héroes y míticos próceres de la patria; después, la Reforma, quizás el primer capítulo de nuestras guerras culturales; finalmente, la gloria y el esplendor de la Revolución, esa guerra civil travestida en proceso histórico con el que el Estado-nación mexicano adquirió ego y conciencia de sí mismo. Un guión impecable, una partitura perfecta, casi un cuento –si no fuera porque tenía que ser historia– de hadas. Durante mucho tiempo fue una historia de bronce, de villanos y prohombres de la más sabia estirpe, si bien truncada de vez en cuando por la irrupción de las regiones y la nostálgica resurrección de algunos personajes que, Porfirio Díaz a la cabeza, habían sido anatema nacional. En todo caso, con bicentenario y centenario tocando a la puerta, lo único evidente es que ese gran relato mexicano, esa historia ascendente y coronada de triunfos, ya es historia –o como bien sugiere Mauricio Tenorio Trillo (La Piedad, Michoacán, 1962) en este ensayo de imaginación histórica: “Algo ha pasado, hoy por hoy la nación es un sentimiento más fuerte que el Estado y el derecho en México.”

Y eso, ese algo que ha pasado, puede sospechar el lector de Historia y celebración, tiene que ver ya con la obsolescencia de la idea, tan decimonónica, del Estado-nación; ya con un proceso específicamente mexicano, no menos inaprensible pero tan identificable como el hecho de no saber, a ciencia cierta, para qué y para quiénes echaremos las campanas al vuelo en una plaza ensordecida por la pólvora fútil de los fuegos de artificio. Es decir: ¿en dónde quedó la mentada nación? A la luz de la miríada de ideas que, sin afectaciones ni pudores académicos, discute Tenorio Trillo, el asunto parece limitarse a la siguiente pregunta: en el estado de cosas actual, ¿es dable, incluso deseable, celebrar los pasados de México sin discutir a fondo sus posibles futuros? La respuesta es simple: no. Es posible elaborar y argumentar al respecto, como lo hace Tenorio Trillo con ingenio y estilo brillantes que mucho deben a la pluma heterodoxa y antisolemne de Luis González y González. Pero también bastaría con decir que, en el México del siglo XXI, al igual que el XVIII borbónico, sin plata ni petróleo simplemente no quedan ya más pasado ni presupuestos con que pagar nuestros dichosos pasados –apenas un precarísimo presente en el que la discusión acerca de cómo solucionar el futuro resulta, en verdad, apremiante. A menos, claro, que ocurra un milagro: que volviéramos a ser los primeros productores de plata en el mundo y uno de los principales productores de petróleo. Y aun así, ante semejante portento probablemente volveríamos a caer en otro pasado más, sin futuro.

En esencia, Historia y celebración es una hilarante y lúcida meditación acerca de las formas, fobias, saberes, rutinas, lugares comunes y carencias con que, hasta el día de hoy, seguimos acercándonos a la historia patria –ese cuerpo hecho de preconcepciones, vaguedades, falsas verdades y verdades a medias repetidas hasta la náusea. ¿Qué hay detrás de esta obsesión por los parteaguas históricos? En pleno siglo XXI, ¿qué dicen o callan estas fechas? ¿Sirven de algo? ¿Por qué razón no acometemos el futuro con la misma pasión e insistencia con que solemos habitar nuestro siempre glorioso pasado? Además de sugerir algunas respuestas y arrojar más de una provocación, hay en este libro una concisa pero fulminante serie de ensayos que discuten la pertinencia misma de las celebraciones, la vigencia u agotamiento de los mitos y moldes nacionales con que se representa y festeja la dichosa historia.

Como bien lo ha estudiado el historiador y coleccionista de expos universales Tenorio Trillo, en una situación de relativa normalidad, es decir en países donde el contrato social se mantiene vigente, donde la vieja historia del Estado-nación todavía funciona como amalgama, donde más o menos todos, gobernados y gobernantes, están de acuerdo en lo básico, por ejemplo en decir “hacia allá vamos todos”, los fastos y celebraciones suelen ser disneylandescos parques temáticos, semejantes en esencia a las decenas de convenciones planetarias de promoción turística que cada año se celebran en Londres, Madrid o Berlín. La celebración del pasado es, a fin de cuentas, un relanzamiento hacia el futuro. En casos contrarios, en aquellos lugares donde la historia parece haber dado de sí, donde el presente es tan abrumador que nadie quiere ni puede imaginar el futuro, nada mejor que conmemorar las glorias del pasado.

En el caso de la teodicea mexicana que va de la Independencia hasta la Revolución, el fracaso de la versión whig de la historia equivale al fracaso –hoy más evidente que nunca– de la política. Sin Estado, o al menos sin una versión mínimamente funcional del mismo, nos queda el consuelo de la nación. Tiene razón Tenorio Trillo cuando, ante semejante y desolado escenario, conmina a hacedores y oficiantes a salirse del guión y comenzar a producir una modesta pero más certera y actual historia internacional de México; el tipo de historia que empiece, por ejemplo, por ver al país a través de la historia del vecino, Estados Unidos; “un renovado examen que nos devuelva la perplejidad ante el pasado, uno que ponga en duda nuestras certezas nacionales”. Aquí empiezan y terminan los problemas. Cuenta el propio Tenorio Trillo que a sus alumnos del barrio mexicano de Chicago (¿cuál de todos: Pilsen, el sur profundo de las empacadoras, los suburbanos Cicero, Berwyn, Joliet, Elgin y Des Plaines?) no les encantó la idea de bajar del pedestal a los héroes que nos dieron patria. Ni imaginarse siquiera las disputas suscitadas entre ellos a la hora de poner la condición jalisciense, zacatecana, guerrerense o michoacana por encima de cualquier otra, empezando desde luego por la más inocua de todas: la mexicana, la que se muestra en el pasaporte que seguramente a muchos de ellos no les sirve para nada.

Ni modo. Sería genial que la nación estuviera hecha de historiadores, sobre todo si piensan, imaginan y escriben como Mauricio Tenorio Trillo. ~