Giros negros, de Enrique Serna | Letras Libres
artículo no publicado

Giros negros, de Enrique Serna

La crónica es un género muy noble y a la vez muy resbaladizo. Es como una casa de habitaciones múltiples que se entrecruzan, de la calle a la política, de los libros a las personas, de lo particular a lo general. El cronista puede, con total libertad, rozar el ensayo, la gacetilla policíaca, esa pequeña novela que son las peripecias de su vida o la de los otros, sus recorridos por una ciudad o un libro. No hay psicología de personajes en la que ahondar ni exigencia de explicaciones; si acaso, de colorido y frescura en las ideas o en aquello que se narra. La crónica se escribe y se lee al vuelo, y así es como resulta mejor. Otra cosa es cuando pretende llegar a un libro: entonces muestra su lado frágil. La formalidad del libro exige cierta trascendencia, cierto afán de durabilidad, y ahí queda en evidencia el carácter transitorio de la crónica, su ligereza. Las colecciones de crónicas periodísticas de Jorge Ibargüengoitia son ejemplares en ese sentido pues, sin dejar de ser textos que abordan asuntos de los días que le tocó vivir, guardan una visión perdurable, la ira inteligente que en el gran escritor se traducía en un sentido del humor despiadado, eficaz y cercano para cualquier lector.

En ese tenor se encuentra la colección de crónicas que nos ofrece Enrique Serna, Giros negros, que reúne crónicas publicadas en Letras Libres, Nexos, Confabulario y Crítica. En ellas aborda toda clase de asuntos, desde la decadencia de los llamados antros de vicio –que ya no son lo que eran y se han vuelto, además, racistas– hasta sus manías más personales. En el pequeño prólogo que antecede a las crónicas, Serna afirma: “Como cualquier escritor, quiero convencer, pero me gustaría que este libro fuera leído como yo lo escribí: con el ánimo festivo y chocarrero del espectador que asiste a una carpa.” No sé si todos los escritores quieran convencer –muchos podrían pretender, al estilo posmoderno, lo contrario–, pero ciertamente una de las muchas virtudes de este narrador es esa honestidad que se refleja en el lado ácido, sarcástico, de sus cuentos o en la gran novela desgarrada que es Fruta verde. Hay en Serna una pasión por decir lo que piensa y lo que ocurre, sabedor de que en este país de simulaciones la escritura podría ser otra máscara, que él se niega a utilizar. Por ello, Giros negros no es sólo un libro entretenido, como pueden serlo muchos libros de crónica. Es también un libro punzante, furioso e inteligente en que el autor nos hace ver, por ejemplo, que los felices tiempos de la liberación sexual se han ido disipando. Así, Serna pone de manifiesto cuán ñoño y conformista puede resultar un club de swingers, destinado a mantener embalsamado el amor ya en decadencia de las parejas por medio de la infidelidad consentida, o lo cursis que son los alardes de vida sexual de las actricitas de la pantalla. Con la misma sinceridad burlona, explica cómo un bisexual “tiene mejores armas para impedir que el amor se convierta en una relación de poder, pues no puede añorar una supremacía de la cual él mismo abdicó al reconocer el componente femenino de su carácter”, o hasta qué punto la cruda es afrodisiaca: “Entre desfallecimientos y conatos de taquicardia, los amantes crudos cogen con tal intensidad que muchas veces llegan al éxtasis en estado de coma.”

Giros negros se llama así en alusión al termino acuñado por los reporteros de la nota roja para referirse a “los puestos de fayuca, los garitos clandestinos, los expendios de droga y los antros de putas”, y se podría presuponer que todas las crónicas del libro tienen ese tenor, el encanto de lo prohibido y lo subterráneo. Sin embargo, el repertorio es variado e incluye evocaciones de tono más literario, como la estampa de los vampiresos –cuyo ejemplo par excellence sería lord Alfred Douglas, el amante de Oscar Wilde, y su extremo trágico, el amante de Francis Bacon– o la observación de que en español “el tiempo verbal de los sueños es el copretérito imperfecto”. Textos como el anterior, o aquel que trata de su reticencia a hablar por teléfono, por miedo a que le contesten, o uno sobre un “desfile de locas” en tiempos coloniales, son especialmente delicados y sugerentes. El que habla de cómo tratan los escritores a sus hijos es francamente doloroso y desdice, con otros, el ánimo festivo y chocarrero para enfrentar el asunto con una seriedad no menos encomiable. Escritor de muchas facetas, Serna nos lleva también por el mundo del espectáculo, cuyas miserias y grandezas él conoce bien. Incluso extrañé en este libro un texto muy lúcido que él publicó alguna vez sobre la hipocresía de los anuncios contra la piratería.

Giros Negros es, pues, una especie de paseo por los purgatorios y los infiernos de nuestra vida contemporánea mexicana y un reflejo fiel del escritor certero y honesto, sin falsos adornos, que es Enrique Serna. ~


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