Fruta verde, de Enrique Serna | Letras Libres
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Fruta verde, de Enrique Serna

Mitad novela autobiográfica, mitad novela de iniciación y, por qué no, mitad roman à clef, Fruta verde consuma un pendiente de Enrique Serna consigo mismo: relatar sus primeros pasos. A contrapelo del título, el autor dejó madurar esta obra hasta que las circunstancias le otorgaron la carambola necesaria para darle sentido profundo al entretejido de su asunto, para transmutar el nervio más delicado de sus vivencias privadas en un relato compartible.

La iniciación en la literatura, en la vida laboral, en la sexualidad electiva y la inauguración de una postura crítica ante la moral al uso son los hitos que orientan la acción de esta novela a través de Germán, el personaje protagonista y álter ego del autor, capturado en torno a sus dieciocho años. En Fruta verde Serna procede de modo semejante a sus novelas de época: articula un detallado trasfondo sociohistórico –aquí, de la historia reciente: segunda mitad de la década de los setenta del siglo pasado–, si bien atildado documentalmente, también alimentado por el testimonio y la memoria hasta conseguir un mundo particular en el que el móvil es la lucha inaugural con el ángel.

Muy pronto el lector se siente transportado al ambiente de la época a partir de los desplazamientos de los personajes por distintas calles de las colonias Del Valle (el Fondo de Cultura Económica aún estaba en Parroquia) y Nápoles; de salidas a las “tardeadas”, estilando zuecos, a bailar bump y escuchar a Tavares; de las lecturas entonces de moda, tanto comerciales (Corazón de piedra verde, Juan Salvador Gaviota) como cultas (Rubaiyat, las obras completas de Wilde…), todas mencionadas no con fines decorativos, sino como parte de la idiosincrasia y del ánimo de algunos personajes: La tía Julia y el escribidor, por ejemplo, que influye en el idilio entre Paula y Pável, madre y mejor amigo, respectivamente, de Germán.

El núcleo familiar de Germán aparece comandado por Paula, hija de refugiados republicanos, divorciada y resentida sempiternamente contra el padre de sus tres hijos. Desde el principio, la narración destaca el firme vínculo entre Germán –el primogénito– y su madre, entre los que prevalece la cordialidad cómplice hasta que, en un mismo día, Germán asiste a su primera jornada de trabajo en una agencia de publicidad, y de estudios en la UNAM. La grieta comienza a abrirse cuando aparece en escena Mauro Llamas, el ángel del abismo, cuyo acoso a Germán hará clamar a Paula, además de otras indecencias y desengaños que le toca presenciar y sufrir, que ya es hora de que el mundo vuelva “a ser cursi”.

Serna alterna distintos estilos y puntos de vista para construir su historia: lo mismo toma la voz –en tercera persona– un narrador sabedor del pasado, presente y futuro de los personajes, así como de sus motivaciones y emociones al modo realista, como –en primera persona– la mente de Paula, proclive al monólogo, y la voz confesional de Germán a través de sus diarios. El relato se convierte por un momento, lúdicamente, en guión dramático para fustigar, en un juicio sumario, la desfachatez de una pareja que sobrepasó los linderos tolerables por la moral de la clase media.

La alternancia de estilos y voces concede profundidad al asunto general, que no sólo es la historia de una seducción consumada, sino que también aborda las entretelas de la sensibilidad y del erotismo, y plantea las ventajas de la unisexualidad allende la carne. En este sentido, el ideal sería que los lados masculino y femenino de cada cual hallaran el punto de equilibrio. Llega el momento, por ejemplo, en que a Germán –un buga que en apariencia nunca iba a jalar– le complace que su apodo en la chamba sea Sor Juana.

La fascinación que desde el primer momento vive Germán ante el desparpajo y la charla de sus amigos gays, reveladora de una constelación de libros, películas y modalidades de ver el mundo inéditas a los ojos del protagonista –y recreada admirablemente por el autor conservando el refinado humor de doble filo–, resulta eficazmente compartible, sobre todo a través de Mauro, el Virgilio de Germán en el mundillo literario y en la cama, un personaje llamado a perdurar en la memoria. La trama general admite afluentes, como las elocuentes historias respectivas de iniciación en el lado gay tanto de Mauro como de Pedro.

La acidez que los personajes de Serna destilaban en El miedo a los animales contra la hipocresía y la fatuidad de las mafias culturales, en Fruta verde se ve enfocada al medio teatral (aquí surge otro atractivo –que no el principal– de esta novela: adivinar quién es quién). La subversión moral de la pareja de española e indio al orden novohispano en Ángeles del abismo, en Fruta verde (título de un bolero de Luis Alcaraz que contribuye en el ánimo tanto de la madre como del hijo a dejar aflorar sus demonios) recae en la entrega de Paula a Pável –no consumada como tino narrativo de la trama–, y de Germán a Mauro.

En la última sección de la novela, “Ofrenda”, han transcurrido varios lustros. Ante el deceso de Mauro, Germán evoca charlas en las que éste lo conmina a que no posponga más su autobiografía y que explote como personaje a Paula, una “leona herida”. Germán, que había pasado años enteros como ratón de biblioteca para escribir sus novelas históricas, revela sus recelos –sin dejar de deslizar una crítica a la repugnancia que provocan las autobiografías en el medio mexicano–, pero al final, emotivamente, y en memoria de Mauro y de Paula, por fin se decide a mentir con honestidad su propia verdad, a desaparecer detrás de sus personajes en esta que quizá sea la primera novela bisexual mexicana y una de las mejores en la cuenta del autor. ~


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