Europa cristianista | Letras Libres
artículo no publicado

Europa cristianista

Rémi Brague es profesor de “Filosofía árabe” en la Universidad de París i, y de “Filosofía de las religiones de Europa” en la Universidad de Múnich (Cátedra “Guardini”). Destacado conocedor de Platón y Aristóteles, investiga actualmente las interpretaciones árabes y judías de los filósofos griegos. Su ensayo Europa, la vía romana (Gredos, 1995) ha sido traducido a múltiples lenguas y ha pasado a ser un punto de referencia obligado en la discusión actual sobre la identidad europea. Sus más recientes obras son La Sagesse du monde (1999, 2002) y La loi de Dieu (2005), títulos que aún esperan su traducción al castellano. Una reciente conversación con él arrojó las siguientes notas:

En Europa, la vía romana usted creó el neologismo de “cristianistas”, distinguiéndolos de “cristianos”. ¿Podría explicarnos el sentido de esta diferenciación?

Los cristianos creen que Jesús de Nazaret es el Cristo, el Mesías de Israel, el Salvador de la humanidad. Propuse la palabra poco elegante de “cristianistas” para designar a las personas que, sin creer en Cristo, admiten –incluso admiran– el papel civilizador que el cristianismo ha tenido en la historia. Por supuesto, prefiero a estas personas que a los furiosos enemigos de la influencia cristiana. Pero me permito recordar que quienes han construido la famosa “civilización cristiana” no se preocupaban en absoluto de hacerlo. Más bien, ellos querían únicamente cuidar a los enfermos, enterrar a los muertos, ganarse la vida mediante un trabajo honesto, educar a sus hijos y los huérfanos, reconciliar a los enemigos… por amor a Cristo. La “civilización” ha venido por añadidura.

En esa misma obra usted afirma que en Roma convergen las dos fuentes de Europa, Israel y Grecia. Así, a partir de estas dos fuentes, se forma una Europa romana en dos sentidos: una romanidad religiosa y una romanidad cultural. ¿Pueden estas dos formas de romanidad subsistir con independencia la una de la otra?

Eso no es del todo preciso. Israel y Grecia, “Atenas y Jerusalén”, no convergen, y no más en Roma que en alguna otra parte. Al contrario, Roma, o sobre todo aquello que llamé el “modelo cultural romano” es justamente eso que permite a estas dos fuentes continuar divergiendo y produciendo, mediante su tensión fecunda, el dinamismo que ha hecho avanzar a Europa.

La romanidad cultural preexistió respecto del cristianismo: su primer ejemplo fue la manera en que los romanos del siglo II anterior a nuestra era reconocieron la superioridad de la civilización griega y se apropiaron de su escuela. La romanidad religiosa es la manera en que el cristianismo se funda sobre los textos del Antiguo Testamento sin poner en duda su autenticidad. Ciertamente, la romanidad religiosa no produjo la romanidad cultural, pero le permitió continuar subsistiendo a través de los siglos, atravesando toda una serie de renacimientos.

Marción intentó separar el mensaje cristiano de su herencia veterotestamentaria. Por el modo en que San Ireneo respondió a este desafío, usted ha dicho que puede ser considerado no sólo como un Padre de la Iglesia, sino como un padre de Europa. ¿En qué consiste precisamente esta genialidad de San Ireneo?

San Ireneo supo mostrar, según su fórmula atrevida, cómo el Cristo no aportó ningún elemento nuevo que pudiera agregarse a lo que ya estaba allí, sino que ha renovado todo lo que lo precedía. Él no viene pues a rechazar la Antigua Alianza, sino a reinterpretar todo a la luz del nuevo acontecimiento.

Si el cristianismo no es una mera época cultural, si somos cristianos y no “cristianistas”, ¿cabe hablar de postcristianismo para referirse a la cultura contemporánea?

Puede ciertamente imaginarse una era postcristiana. Usted notará sin embargo que aquellos que la desean no pueden concebirla sino como un retorno a una era precristiana tal que sólo existió en sueños: un mundo antiguo sin esclavos, sin la exposición o abandono de los niños indeseados (la técnica nos permite hoy una mayor discreción), sin sacrificios humanos, sin el elitismo frenético de los “filósofos”, etcétera. Y sobre todo, tal vez, sin el desprecio al cuerpo de los neoplatónicos, quienes reprochaban a los cristianos, por creer en la resurrección del cuerpo, un materialismo vulgar.

¿Será viable una era postcristiana a largo plazo? Buena pregunta… Temo que, si Occidente consigue deshacerse del cristianismo, éste no sea reemplazado sino por algo aún peor: o un sanguinario fanatismo, o un juridicismo implacable, o un misticismo vago, o acaso un sentimentalismo ávido de “experiencias”, y todo sin teología, sin nada que pueda dirigirse a la razón.

¿Qué significa la “secundariedad” de la cultura europea, sobre la que usted ha llamado la atención, para aquellas culturas que son herederas de Europa, como Latinoamérica? ¿Serían estas culturas “terciarias”?

No, puesto que aquello a lo que llamo “secundariedad” no varía. No puede haber tal “terciariedad”. ¡Si no, habría “cuaternariedad” el día en que los estadounidenses se instalen en Marte! La secundariedad es una actitud que no cambia con la distancia geográfica o cronológica, ni tampoco con el número de intermediarios que separan del origen u orígenes. Consiste en sentirse posterior e inferior en razón de la fuente o las fuentes, y por lo tanto obligado a un esfuerzo constante por introducirse en las alturas que pertenecen a ella, a ellas.

La Europa de postguerra debe en buena medida su reconstrucción a la ayuda económica de Estados Unidos. ¿Ha sido Estados Unidos sólo una ayuda, o en alguna medida también tiende a reemplazar la hegemonía europea? ¿Cuáles cree que son las causas de fondo de la tensión actual entre Estados Unidos y Europa?

Responderé sólo a la última pregunta, ya que sobre lo primero diría banalidades. Mi gran temor actualmente es que los europeos devengan bestias al perder la capacidad de escuchar a los demás. Los tres grandes “otros” de la Europa contemporánea, a saber, Estados Unidos, el islam y China (ya veremos más tarde a Rusia y la India) tienen, cada uno, algo que decirle a Europa. Los estadounidenses nos dicen: “¡No creáis que carecéis de enemigos!”; los musulmanes: “¡No creáis que sobreviviréis sin niños!”; los chinos: “¡No creáis que podréis vivir sin trabajar!” Pero los europeos se tapan las orejas: “¡Los estadounidenses son cowboys fundamentalistas; los musulmanes, unos fanáticos, y los chinos, hormiguitas!”

¿Ha pasado Europa a definirse exclusivamente como una unidad económica, perdiendo con ello parte de su identidad cultural? ¿Es ése el problema que está detrás de las discusiones sobre la identidad europea?

Distingamos a Europa, aquella civilización que comenzó con Carlomagno, de la Unión Europea, que comenzó después de la última Guerra Mundial. Por lo general se escucha que la Unión Europea comenzó por la economía, compartiendo el carbón y el acero. Pero yendo más a fondo, comenzó con sus fundadores por una elección moral: se trataba de poner a disposición común los recursos para evitar una nueva guerra, no para ser más ricos o más poderosos. Actualmente, la Unión Europea busca transformarse en una unidad política. No sé si lo conseguirá. En todo caso, tiene razón al no involucrarse mucho en la cultura. La cultura debe ser obra de la gente, de las sociedades, no del personal administrativo. ¡A nosotros nos toca poner manos a la obra! ~