En busca de la dignidad humana | Letras Libres
artículo no publicado

En busca de la dignidad humana

Kenzaburo Oé

Cuadernos de Hiroshima

Barcelona, Anagrama, 2011, 220 pp.

 

En la entrevista que Kenzaburo Oé otorgó a Le Monde a raíz del tsunami y del terremoto de marzo de 2011 e incluida como coda a sus Cuadernos de Hiroshima, el escritor aprovechó la ocasión para recapitular un tema que ha vertebrado lo mismo su obra literaria que su pensamiento político, si bien ambos conforman la más sólida de las éticas: la dignidad del hombre, de los sobrevivientes de la bomba atómica (hibakusha), de quienes contra toda lógica y esperanza de vida, siguen luchando, manteniendo su propia forma de resistencia ante la guerra, la enfermedad –como le ocurrió al propio Oé con su hijo, diagnosticado desde su nacimiento con una hidrocefalia aguda– y los desastres ya sean naturales o provocados por los hombres. Al igual que Elias Canetti, Kenzaburo Oé no se anda por las ramas y otorga a estos últimos una dimensión específica, es decir moral. “Hay que grabar –declara el premio Nobel 1994 al diario francés– la experiencia de Hiroshima en la memoria de la humanidad: es un desastre todavía más dramático que los naturales, puesto que se debe a la mano del hombre.” La lectura de los Cuadernos de Hiroshima abre, en este sentido, dos grandes e insondables canales: la experiencia de la catástrofe humana y la reflexión sobre esta misma, pero llevada a términos radicales, incapaz de claudicar ante el sufrimiento de las 70,000 víctimas del primero y, hasta ahora, único bombardeo atómico en la historia; el mismo bombardeo que, en la discusión de historiadores de la guerra y la estrategia, salvó cuando menos un millón de muertes adicionales si el ejército y la fuerza aérea estadounidenses hubiesen optado por la invasión y la consecuente batalla cuerpo a cuerpo, como había ocurrido en la campaña del Pacífico y la toma, en realidad una carnicería mutua, de las islas Marianas, Marshall, Gilbert y –la más célebre y sangrienta de todas– Iwo Jima, entre febrero y marzo de 1945.

Es difícil imaginar que el mismo joven periodista que escribió la serie de crónicas que conforman los Cuadernos de Hiroshima entre 1963 y 1965 era el escritor mundialmente galardonado, añoso y de delicada figura que, acompañado de otro titán, el poeta Octavio Paz, un día del año 1993, quizás 94, entró sonriente al auditorio Alfonso Reyes de El Colegio de México y se reunió con el público a hablar de literatura. Recuerdo un ingeniosísimo ping-pong conversacional entre Paz y Oé; pero sobre todo la infinita cortesía y paciencia de este último al tratar de responder las sandeces que estudiantes confundidos disfrazábamos de preguntas a quien, dice Juan Villoro con precisión de cirujano en ¿Hay vida en la tierra?, “ha dedicado una porción significativa de su obra a narrar las vidas rotas por la masacre de Hiroshima”. De hecho, vale arriesgar a manera de hipótesis que en Cuadernos de Hiroshima están contenidas las preguntas que Oé atiende de manera minuciosa, como si se tratara de una sola herida, dolorosísima, en prácticamente todas sus novelas: ¿es deseable vivir en y después de la desgracia? ¿Por qué no mejor suicidarse, luego de engendrar uno mismo la enfermedad ya sea en la forma de un hijo, o mediante la gran explosión que convirtió a los inocentes en víctimas cuyos descendientes llevarán el suficiente exceso de leucocitos en la sangre para así perpetuar el dolor y el sufrimiento hasta los confines de lo inhumano, y por ende de lo inmoral?

Oé arribó y escribió acerca de Hiroshima por primera vez cuando su hijo “agonizaba sin esperanza en una incubadora”. Agosto de 1963, año en que se celebra la Novena Conferencia Mundial Contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno, una pérdida de tiempo para cualquier periodista enviado a cubrir la simulación de negociaciones entre diplomáticos y altos emisarios gubernamentales que culminan invariablemente en fantasiosas declaraciones e inoperantes comunicados conjuntos. No así para Kenzaburo Oé, quien de inmediato se fuga de las salas de prensa y se adentra en Hiroshima para adentrarse también en sí mismo y buscar una respuesta al dolor y al sufrimiento de las víctimas de la bomba –casi veinte años después de que el infierno se cerniera sobre la ciudad, casi veinte años tras los cuales todavía, informaba entonces Oé, “los médicos del Hospital de la Bomba Atómica hacen cuanto pueden por salvar la vida de una joven, pero finalmente morirá y sus insomnes esfuerzos habrán sido en vano”–. Durante cerca de tres años, Oé realiza viajes a Hiroshima. Conoce y trata a quienes llama los hombres y mujeres típicos de la ciudad, sobrevivientes en cuya “dignidad muy humana” está cifrado el arribo de la era del mal absoluto y, por ende, de una nueva moral: “Soy consciente de que comprenden de manera muy concreta palabras como coraje, esperanza, sinceridad e incluso muerte trágica, palabras todas ellas con un profundo contenido moral [...] Se han convertido en moralistas porque han vivido los días más crueles de la historia de la humanidad y han resistido diecinueve años desde entonces.” A pesar de atestiguar durante sus visitas a Hiroshima el sufrimiento más allá del sufrimiento, en ningún momento Oé cae en la trampa del enjuiciamiento definitivo sobre el enemigo y su reverso lógico, la victimización extrema del pueblo japonés. Oé habla de dignidad humana y de moralidad, de categorías, por así decirlo, vinculadas a la práctica de la sobrevivencia. En este sentido, hay en Cuadernos de Hiroshima un cierto correlato con Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, el polémico libro que Hannah Arendt escribió a partir de la cobertura que hizo del célebre juicio a Adolf Eichmann en 1961 para la revista The New Yorker. Basta recordar la insistencia –que le valió una severa recepción crítica– de Arendt en la importancia de juzgar estrictamente los crímenes cometidos por el individuo bajo acusación, no así las grandes cuestiones como “¿por qué ocurrió?”, “¿por qué los judíos?, “¿por qué los alemanes?”; de ahí que Eichmann en Jerusalén comience con la exclamación “Beth Hamishpath”, ¡la Casa de la Justicia!, proferida por los ordenanzas para anunciar la entrada de los tres jueces encargados del caso. “En un mundo en el que el asesinato ha adquirido el estatus de deber cívico –dice Tony Judt en un ensayo sobre la obra y pensamiento de Hannah Arendt–, las categorías morales usuales (y legales) no bastarán.”

Paradójica o consecuentemente, mientras Oé y Hannah Arendt se debatían, cada uno por su lado y de manera casi simultánea, en busca de una explicación moral ante la contundencia de una realidad sobrecogedora, inhumana, en los círculos académicos y de la alta política en el entonces llamando mundo libre, nacían las primeras generaciones de estrategas nucleares en respuesta a la carrera armamentista con la Unión Soviética –de ahí la futilidad de las conferencias auspiciadas por Naciones Unidas para discutir la proscripción de las armas nucleares–. Henry Kissinger, Bernard Brodie, Albert Wohlstetter, los estrategas y teóricos provenientes del mundo de las matemáticas, Herman Kahn y Thomas Schelling, así como el gerente automotriz después nombrado secretario de Defensa, Robert McNamara, se ocupaban de analizar y alistar en la práctica los distintos enfoques y utilización de las armas nucleares –desde la idea de ataques tácticos hasta la destrucción mutua asegurada, mejor conocida por sus siglas en inglés como mad–. En Harvard, el MIT y el Pentágono, no había lugar para moral ninguna, vieja o nueva. De acuerdo con sir Lawrence Freedman, profesor del King’s College e historiador de la evolución de la estrategia nuclear, estaba en juego la naturaleza de la toma de decisiones en tiempos de crisis extremas y el trasunto de las armas nucleares “se trataba en términos militares con fines políticos, en lugar de un problema de ética o de cultura del desarme”.

Pasados 46 años desde su aparición, lo que hace de los Cuadernos de Hiroshima un libro tan importante como las novelas y el resto de la obra de Kenzaburo Oé es la respuesta que el escritor en ciernes encontró en el sufrimiento del que fue testigo y el impacto que este tuvo en él. Advierte en un texto fechado en octubre de 1964:

 

Pretendo reconfirmar la imagen que tengo de Hiroshima. En este ensayo, por tanto, me centraré en la dignidad humana. Eso es lo más importante que descubrí en Hiroshima y eso es, exactamente, lo que necesito para soportar y dirigir mi propia vida.

 

En realidad, el escritor revelaba en ese texto el soporte moral y vital gracias al cual, al igual que los sobrevivientes del bombardeo atómico, había optado por enfrentar con dignidad la desgracia personal y, al final del día, tornarla en perdurable arte literario. ~