El vuelo de la reina, de Tomás Eloy Martínez | Letras Libres
artículo no publicado

El vuelo de la reina, de Tomás Eloy Martínez


Tomás Eloy Martínez, El vuelo de la reina, Premio Alfaguara de Novela 2002, Madrid, 2002, 296 pp.

NOVELA
Soberbia por encargo

Antes de convertirse en El vuelo de la reina, este libro de Tomás Eloy Martínez se pensó como Soberbia, el primer título del encargo hecho al autor por parte de la editorial brasileña Objetiva. Esta editorial publica la colección Plenos Pecados desde 1998, con obras de Luis Fernando Verissimo (Gula) y Joao Ubaldo Ribeiro (Lujuria) como parte de un proyecto de ficcionalización de los pecados capitales a cargo de diversos narradores de prestigio. Y así fue como Soberbia apareció en ocasión de la última Feria de Sao Paulo, mientras en Hispanoamérica se consagraba a Martínez y ese mismo texto como los ganadores del Premio Alfaguara de Novela 2002.
     Lo extraño es el tipo de reencarnación que transformó Soberbia en El vuelo de la reina. El lector malpensado imaginará que el autor sólo vendió a Objetiva los derechos en portugués para luego, en una maniobra jamás vista, llevarse uno de los premios mejor dotados en lengua española con una novela encargada y contratada previamente por otra editorial. Quizás en algún espacio no del todo ajeno a la crítica convendría analizar la rectitud de negocios semejantes; mientras tanto, habrá que limitarse a pensar los efectos literarios de unas condiciones de producción más cercanas a la urgencia mercantil que a la creación artística.
     En esa línea, y en tanto novela escrita sobre pedido, Soberbia se ajusta a la demanda de Objetiva con el profesionalismo de un narrador experto en sobrevivir al filo de los deadlines periodísticos. Dicen que la única verdad del periodismo es el cierre. Y educado en esa pedagogía del plazo y la precisión, Tomás Eloy Martínez escribió una novela —Soberbia— que cumple con todas las cláusulas de su encargo. Por ejemplo, hacer referencias al Brasil en microhistorias como la de la caída moral de Antonio Pimenta Neves, director del diario O Estado de São Paulo, que sirve de contrapunto a la historia central, la de un periodista argentino obsesionado por una reportera a la que convierte en su amante y víctima. La anécdota de Pimenta Neves resulta muy adecuada e ilustrativa para el lector brasileño, y es posible que Soberbia funcione gracias a ese menú de detalles. Pero esa misma atención en los requisitos del encargo suena gratuita y efectista ante un lector ajeno al proyecto de Objetiva, y de ahí que El vuelo de la reina resulte vacía y desconcertante sin la referencia explícita a los pecados capitales.
     Olvidada por el marco religioso que orienta la lectura de Soberbia, El vuelo de la reina pierde el juego místico y transforma el pecado del protagonista en el eco psicológico de un trauma infantil. Camargo, el combativo director de un diario argentino en tiempos corruptos, es abandonado por su madre cuando todavía es un niño; la memoria de esa fuga se activa con otro abandono, el de su amante Reina, y a partir de entonces el crimen será la única alternativa para conjurar la ausencia materna y el rechazo amoroso. "La ternura perdida era como una pierna o un oído que le hubieran quitado y que lo disminuía ante las demás personas", dice el narrador, y Camargo llena ese vacío con la soberbia que le permitirá, a través del castigo físico a Reina, restaurar un orden ético donde la amenazante libertad de las mujeres siempre es condicional.
     Como en La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995), el encanto de El vuelo de la reina nace en la seducción de su prosa directa y muere bajo el peso de ciertas reflexiones trasnochadas y huecas. "Una novela es una abeja reina que vuela hacia las alturas, a ciegas, apoderándose de todo lo que encuentra en su ascenso, sin piedad ni remordimiento, porque ha venido a este mundo sólo para este vuelo", señala el último párrafo del libro, y la banalidad parece estrepitosa en un Camargo que cita de memoria a Emily Dickinson, Franz Kafka y Gilles Deleuze. También a la manera del resto de su obra, Martínez instala El vuelo de la reina en la soledad del poder, político en sus novelas previas y periodístico en el ejemplo de Camargo, un personaje convencido (como las ficciones de Evita y Perón) de que "un hombre no puede ser él mismo sin la fuerza que irradia ante los otros, sin el respeto y el temor que inspira". De todas maneras, este poder no es tan complejo como el que recorre Santa Evita, y el narrador jamás se decide entre diseccionar la confusa mente de un poderoso o echarle la culpa de todo a la soberbia. ¿Camargo es soberbio porque es poderoso? ¿La soberbia es un rasgo de su debilidad infantil, más allá del poder que ciertamente ejerce? ¿O sólo se trata de un neurótico arrebatado, paranoico y enfermo como muchos? La novela no responde a estas preguntas, quizás porque el encargo editorial es demasiado estricto y rechaza todo aquello que viole sus límites.
     En cualquier caso, ninguna otra novela de Tomás Eloy Martínez se ve tan forzada ni desconfía tanto de sí misma. En estas páginas, el pulso del texto no se entrega a un personaje memorable (Carmona en La mano del amo, Moori Koenig o el Doctor Ara en Santa Evita) o una investigación (La pasión según Trelew, Santa Evita, La novela de Perón), sino a una historia apuntalada una y otra vez por la complicidad con cierto público posible, como si ni siquiera el autor confiara en el valor y el peso intrínseco de algo que en realidad llega por encargo. Los guiños empiezan en la política (un senador contrabandea armas y un presidente pierde a su hijo en un accidente, igual que en la era menemista), siguen en la cultura (Camargo lleva a Reina a cenar con Amis, Ishiguro, McEwan y Barnes) y no terminan sino hasta la última página, donde el protagonista piensa en escribir una novela que se llamaría La mano del amo, es decir, como la que Martínez firmó en 1991. Esta seña, quizás la más inútil de todas a efectos de la historia, resulta especialmente llamativa porque se supone que El vuelo de la reina se habría presentado ante el jurado del Premio Alfaguara sin revelar ni sugerir el nombre de su autor. La explicación, si vale la pena ensayarla, habría que buscarla entre los pliegues de su origen y destino: un libro pedido por una editorial, premiado por otra, que sólo vuela por encargo y hacia paisajes pintados por el dinero antes que por la literatura. ~