El sueño de la historia, de Jorge Edwards | Letras Libres
artículo no publicado

El sueño de la historia, de Jorge Edwards

La historia conjetural
 
Jorge Edwards, El sueño de la historia, Tusquets, México, 2000.
     El discernimiento, antídoto contra los poderes hipnóticos del olvido y del fanatismo, configura la obra de Jorge Edwards (Chile, 1931) en una alerta constante contra los excesos homicidas de la ultraizquierda y la ultraderecha. Es, también, la razón que seinterroga a sí misma, capaz de cuestionarse y sobrepasar sus arrogancias simplificadoras al punto de anular conceptoscomo el de sucesión lineal del tiempo.
     Desde la publicación de su primer libro, El patio (1952), la voluntad de Edwards por transitar la memoria individual y colectiva ha ido reafirmándose para llegar al libro que mejor ilustra su poéticahasta ahora: El sueño de la historia, cuya publicación en abril de este año coincidió con la entrega del Premio Cervantes 1999 en España.
     Experto en censura según él mismo —por Persona non grata (1973) el castrismo lo repudió y El origen del mundo (1996) le valió la condena de la Iglesia—, el escritor reafirma en El sueño de la historia lavisión crítica que ha ejercido en susmemorias, sus novelas, sus cuentos, sus ensayos y sus crónicas en contra de "lo peor de la izquierda, con su sectarismo, su lloriqueo, sus ojos iluminados, suvocación de martirio, y lo peor de la derecha, con su crueldad, su insensibilidad, su ceguera, su integrismo". Los ácidosseñalamientos que lo convirtieron en piedra de escándalo con Persona non grata y Adiós, poeta... (Premio Comillas 1990)ilustran la tesis borgiana de los muchos tiempos paralelos que reverberan en un mismo presente. La amenaza del Estado policiaco y totalizador continúa en la transición hacia el siglo XXI. Edwards nos recuerda que es preciso resistirse al adormecimiento autocomplaciente.
     Las herramientas del escritor, tanatacado por su mesura, son las de la inteligencia. En Adiós, poeta... refiere de qué se le acusa: "Este Edwards no quiere pelear". En esa facultad de emitir ideas claras y distintas funda su ética y suestética, que lo llevan a explorar las genealogías, a indagar en los orígenes y a responsabilizarse por la exhumación de personajes, situaciones, datos perdidos o deformados por la tentación de sumergir en una bruma confortable las nociones de un pasado difícilmente glorificable. La Historia se plantea como estupefaciente y la recuperación de las mínimas epopeyas, de las insignificantes catástrofespersonales, como una forma de volver al estado de alerta.
     Edwards se sumerge en dos momentos del pasado y en un ejercicio dedesdoblamiento múltiple experimenta el Tiempo: El Sueño... transcurre en El jardín de senderos que se bifurcan. Borges es parte esencial de su genealogía literaria latinoamericana, junto al venerado y cuestionado Neruda de su juventud.
     En El sueño... asistimos a dos etapas terminales en la historia de Chile: los últimos años de la Colonia y los últimos días de la dictadura pinochetista. El escritorconcibe al Narrador como un alter egodistante, a quien escruta con frecuente asombro y de quien no sabe demasiado. Recién llegado del exilio, con la erosión de toda clase de decepciones, se reencuentra con su padre y su hermana,defensores del gobierno militar, con la que fuera su mujer, comunista recalcitrante, y con su hijo, quien participará en una manifestación, será acosado por la dictadura y finalmente emigrará al Brasil para regresar después convertido en un rico ¿yupi?, ¿guerrillero?, ¿narcotraficante?, ¿las tres cosas?
     El Narrador alquila la casa de un historiador muerto, en donde encuentratoda clase de documentos sobre Gioachino Toesca y Ricci, ingeniero militar yarquitecto, alférez de los ejércitos reales, quien edificara, entre otros recintos históricos, la Casa de la Moneda, emblemática en la historia de Chile. Conoce también la existencia de Manuela Fernández de Rebolledo y Pando, legítima y adúltera esposa del italiano, quien trataría deenvenenarlo y se evadiría de variosencierros conventuales para dar rienda suelta a su lujuria y poner su matrimonio en la mira de la Santa Inquisición.
     Edwards va imaginando las intrigas de ambas historias en sus respectivos escenarios: sus vicios gemelos, sus igualestorpezas, sus paradigmas. Si Cristina pertenece a la especie de "los dogmáticos, los discutidores eternos, los revolucionarios autoproclamados", don José Antonio de Rojas —involucrado en una conspiración para derrocar a la Corona— "no es un tonto grave, pero es un inteligente que lleva el lastre de no pocas ingenuidades y de algunas evidentes tonterías".
     La trayectoria literaria de Edwards, diplomático y escritor, posee un cariz de intensidad oscura. Sus pasiones están donde está su razón: en la política, en la historia, pero cuando aborda al hombre abismado en la tiranía de su propio cuerpo muestra una penetración notable en las complejidades del animal humano. Ya en El peso de la noche —designado como el mejor libro de 1965 por la crítica chilena— se habían esbozado las posibilidades de la culpa como acicate del deseo; el joven Edwards testimonia los dolores de crecimiento de un adolescente educado en el catolicismo. Aquí aparecen ya los primeros indicios de la posición cuestionadora y el erotismo atormentado que reaparecerán en El sueño de la historia y El origen del mundo, donde se ilustra el mecanismo de los celos como potenciador del placer. Edwards acierta en latarea de diseccionar con paradójica compasión la lógica voyeurista del triángulo amoroso, en la que no posee el cuerpo deseado sino por interpósita persona. Las páginas más logradas de El origen...recuerdan la satisfacción vicaria de los personajes de Bataille o Klossowski; en El sueño... la naturaleza amoral de Manuelita contiene una posibilidad amarga de goce para su víctima, pero también es una alegoría: la Fernández representa "el lado placentero, pero no menos engañoso, tramposo, del tan mentado Nuevo Mundo [...], una trampa movediza, de colores varios, y él se había dejado arrastrar".
     El Narrador, irremediablemente lúcido, trabajado por la vida, húmedo dealcohol, sólo se aventura a intuir. Elescritor no es menos precavido al desdoblarse en el Narrador y en los personajes que éste inventa y recrea en una continua metamorfosis. Irónico y escéptico, en su indagatoria es un fluido que se vierte en cada personaje, en cada molde construido a fuerza de conjeturas, proyecciones de sus propios fantasmas. En El sueño de la historia Edwards descree del principio de identidad, y también de la evolución. Los varios Ignacios de la saga pueden ser uno solo que habita un tiempo circular: Ignacio, el abuelo católico y reaccionario; Ignacio Segundo o Ignacio el Inútil, ex comunista y ateo; Ignacio chico, el Nacho, inconforme pero profundamente creyente; Ignacio Andía y Varela, escultor de querubines catedralicios; JoséIgnacio de Santa María, alumno de Toesca, quien termina desposando ypadeciendo a la viuda ingobernable.
     Novela histórica, crónica de tiempos lejanos y ayeres todavía muy recientes, El sueño de la historia recapitula vocaciones y devociones: Edwards es aquíhistoriador y arquitecto, además denovelista, y su obsesión por el tiempo es un tributo a uno de sus antepasadosliterarios. "Soy yo, soy Borges", dice en las primeras páginas. El sueño de la historia es en gran medida un diálogo entreel chileno y el argentino. Para Borges "la memoria es individual. Nosotros estamos hechos, en buena parte, de nuestramemoria. Esa memoria está hecha,en buena parte, de olvido". Edwardsrepite casi con las mismas palabras:"El hombre es historia, es memoria y es, a la vez, como se sabe, desmemoria. Hay una dosis saludable de olvido, ya quela memoria perfecta, la de Funes elmemorioso, nos agobiaría y al fin nosdestruiría".
     Mientras la Manuelita fornica con su amante, el Narrador pide a su ex mujer le permita regresar con ella y así deviene Personaje. Al mismo tiempo que segesta la conspiración antirrealista de los tres Antonios en las postrimerías de laColonia, el Narrador, su ex mujer y su hijo se preparan para la manifestación del primero de mayo. Todos ellos, en sus respectivos tiempos, son uno y el mismo. Muy bien pudiera Borges haber escrito esta línea de Edwards: "la verdad es que ese 'yo' del relato, que para colmo de la impudicia se llama Jorge, no soy yo. ¿Quién es yo, por lo demás?"
     La entrega del Premio Cervantes y la publicación de El sueño de la historia son, pues, manifestaciones de una misma realidad, y esa realidad es la madurez de quien se ha aplicado con igual fervor a las letras y a la política, en el ejercicio del libre albedrío. Edwards ha debidoemitir varias veces su declaración deindependencia. En Fantasmas de carne y hueso (1993) reivindica su derecho a "recuperar determinadas aficiones estéticas e indumentarias de su familia sin necesidad de adoptar la ideología. [...] Uno escribe a partir de ciertas obsesionespersonales. Cuando esas obsesiones coinciden con algunas de las grandes inquietudes de un momento histórico, el resultado puede ser una obra de arteduradera. El artista pasa en esos casos a interpretar su tiempo".
     En El sueño de la historia la escritura,cuidadosa y deliberadamente hurtada al ornamento, ha eclosionado en momentos deslumbrantes, jugosos, vívidos. Se trata de una obra en la que conviven la avidez, el ardor y el juicio de quien hatratado con lo más representativo delbestiario ideológico de Latinoamérica y ha vivido para contarlo.-