El señor Marx no está en casa, de Ibsen Martínez | Letras Libres
artículo no publicado

El señor Marx no está en casa, de Ibsen Martínez

Dicen –los que no han ido a la fuente– que Karl Marx habría escrito, en El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte, que cuando la historia se repite lo hace como farsa. En realidad KM escribió que Hegel diría que la historia se repite: “Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.” Por eso somos ridículos cuando intentamos cambiar la historia invocando el pasado. Sólo el marxismo escaparía a ese determinismo, por la puerta del futuro. “La revolución social [...] no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir.” (Los diagnósticos de KM solían ser superiores a sus remedios. Sus angustias mejores que sus profecías.)

La novela de Ibsen Martínez (Caracas, 1951) parodia aquel aserto marxiano. Su narrador quiere escribir una obra de teatro basada en la relación de Karl con su hija Eleanor, la talentosa y atormentada “Tussy” que renunció al amor por órdenes de su papá –que no renunciaba a ningún amor– y que acabó malcasada con un estafador y suicidándose en 1898. El narrador conjetura que Tussy terminó de ese modo porque, en su adolescencia, habría sido víctima de aquello que la cursilería en boga llama “agresión sexual intrafamiliar”. (La cursilería en boga parece tener algo personal contra las palabras simples y hermosas, como incesto.) “El argumento se pone en marcha cuando Karl Marx, el visionario de la casa de Maitland Park Road, seduce a su hija en tiempos de la Primera Internacional Socialista y culmina, casi treinta años más tarde, al suicidarse ella en tiempos de Sherlock Holmes.”

El drama de Eleanor estaría servido para una obra de teatro que revisaría incógnitas históricas a la luz de nuestras certezas presentes. El narrador sueña escribir esa tragedia que, de pasada, lo reivindicaría como “autor serio”, lo convertiría en un Tom Stoppard caribeño. Pero no puede porque las telenovelas que debe escribir para ganarse la vida –y la propia telenovela de su vida– interrumpen y arruinan su proyecto. El narrador intenta escribir una tragedia. Pero le sale una farsa: esta novela.

Una novela inteligente, original y divertidísima. Incapaz de urdir su utopía teatral, el narrador opta por entregarnos los fragmentos del drama frustrado, revueltos con el argumento de su propio fracaso vital como teledramaturgo y amante caribeño. Los amores complicados, las enfermedades y las ambiciones burguesas del “culebronero” venezolano, contados con implacable autoironía, se alternan con documentadas reconstrucciones del Londres victoriano y evocaciones de la vida del filósofo, tan grandiosa en aspiraciones y tan miserable en sus limitaciones. El contraste es francamente cómico (con esa pizca de dolor auténtico que exige el buen humor).

Hoy, caído el marxismo de sus pedestales en todos sitios (excepto Cuba, Corea del Norte y algunas universidades estadounidenses), el egoísmo familiar de KM (que embarazó a su sirvienta y luego la separó del hijo bastardo enviándolo a criarse con una familia –verdaderamente– proletaria) interesa poco como inconsecuencia ideológica. Incluso una hipotética pederastia incestuosa con su hija no suscita mucho más escándalo (porque ya no esperamos más de él que de cualquier otro filósofo, “humano, demasiado humano”). Es la estrategia narrativa y el estilo lo que hacen del libro de Ibsen Martínez, como de cualquier buena novela, un triunfo.

La estrategia: fracasar “anticipadamente” en la ambiciosa teatralización de la disfuncional familia Marx, renunciar a encontrarle una estructura, resignarse a no interpretar el pasado con “la poesía del futuro”, salva al autor de caer en la tram(p)a marxista, precisamente: creer que la historia tiene leyes discernibles y unívocas. Es preferible un honesto tropezar con los escombros, a la ilusa construcción de una dialéctica (malgré Hegel).

El estilo: aquella inseguridad en las estructuras históricas y dramáticas propicia la libertad formal, y la soltura verbal, de esta novela. Todos los recursos del culebrón, revelados sin pudor por un experto en el género, humanizan el egoísmo de KM y la neurosis de su hija. La escena en que un viejo Karl forunculoso se emborracha para atreverse a conocer a su hijo bastardo, o el suicidio de Tussy, inducido por su grotesco amante, el Dr. Aveling, se nos narran como el melodrama que sólo una farsa puede –decentemente– representar. A veces, a la manera de un libreto televisivo, los diálogos llevan entre corchetes una indicación perentoria: “[Risas]”. Allí, donde el respetable público lector debería reír, es precisamente donde la farsa se muerde la cola. Donde vuelve a ser tragedia. Pero tragedia menor: íbamos a cambiar la historia del mundo, en nombre del futuro. Y no pudimos cambiar ni la historia de nuestra familia. Íbamos a escribir un drama aleccionador y la vida nos dio una lección. La “poesía del porvenir” reside en ignorarlo. ~