artículo no publicado

El sabor de la memoria

Edgardo Cozarinsky

Disparos en la oscuridad

Santiago de Chile, Ediciones Diego Portales, 2015, 220 pp.

En sus comienzos literarios, hacia los años 1980, Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) gozaba de cierto renombre pero solo entre una minoría del gusto. Su inclasificable Vudú urbano (1985) marcó el comienzo de una obra acuñada por fuera de “la literatura del exilio” –como se leyó gran parte de la literatura argentina de aquellos años– y urdida en los márgenes de los géneros y de los “grandes relatos” como el de la Historia. En Cozarinsky, situarse en los márgenes evoca el gusto por difuminar las fronteras entre el relato y el ensayo. Disparos en la oscuridad, la selección de crónicas editada recientemente, es una gema de esta forma original que enlaza ensayo, autobiografía y crónica y que recuerda, sin lugar a dudas, el proceder exquisito de W. G. Sebald –ciertamente en Los anillos de Saturno– y, a través de él, al Claudio Magris de El Danubio. Como en ellos, la obra de Cozarinsky se asemeja a un gran libro de viajes en el que prima la evocación despojada de toda nostalgia o sentimiento enraizado en el pasado.

Cozarinsky es uno de los grandes exploradores literarios de nuestro tiempo, que se deja llevar por la observación de aquello que, a primera vista, pasa inadvertido. A este viajero infatigable le atraen las fisuras y los huecos de cualquier relato, esos lugares donde crece la “hierba mala” –como él mismo ha dicho– en la que pocos se detienen. Es allí donde la imaginación se abre paso por sobre la realidad; donde los supuestos nacen y la ficción se instala. Así lo relata Cozarinsky en la crónica “El violín de Rothschild” (del libro El pase del testigo) y en su espléndido filme homónimo. En Disparos en la oscuridad las distintas crónicas pasean, entre recuerdos de ciudades visitadas, lecturas literarias, rostros desconocidos u olvidados, influencias y afectos, personajes históricos de la talla de Ernst Jünger, Robert Brasillach o Emil Cioran. Se trata siempre de recuperar sedimentos, ruinas de memoria a partir de las cuales imaginar eso que ya no está más pero que alguna vez estuvo. Cada crónica es un pequeño memento mori que apunta no tanto a la fugacidad de la vida como al carácter que tienen las coincidencias y los cruces entre eventos, personas y lugares. La crónica “Miserereplatz” permea un vínculo entre la Plaza Once de Buenos Aires hacia 1920 y, cerca de allí, el desaparecido teatro Marconi –antes Doria–, el cine Armonía, el bar La Perla en el que se celebraban las tertulias de Macedonio Fernández y Santiago Dabove, de Borges y Marechal. Estos vínculos buscan iluminar, en realidad, la memoria colectiva, indomable, que sigue llamando Plaza Once a la plaza cuyo nombre oficial desde 1947 es “Miserere”; esa memoria que se resiste a algunos cambios en los nombres de las calles de Buenos Aires o, a la inversa, que los destierra rápidamente como sucede con las calles Estado de Israel y Palestina, una “conciliación por ahora solo realizada en las placas”, que se impusieron y borraron los antiguos nombres de la memoria. Esto mismo sucede en Tánger, una de las ciudades predilectas de Cozarinsky que su película Fantasmas de Tánger se encargó de (re)descubrir: allí, los habitantes ignoran los nombres árabes de las calles y aún se escucha decir, por ejemplo, l’avenue d’Espagne o la rue Velázquez. El vínculo azaroso entre Buenos Aires y Tánger, tal vez frágil pero ante todo circunstancial, es lo que deleita al cronista cuando advierte que “[su] cinematógrafo de la memoria [actúa] como un arqueólogo aficionado raspando la delgada superficie de la apariencia para descubrir otra”. Esta advertencia se extiende a todo el conjunto de crónicas del libro.

En Cozarinsky no hay arraigo, sino errancia. Por eso Disparos en la oscuridad, metáfora bélica que da cuenta del trabajo de escritura (“Recuerdo de Tomás”, acerca del vínculo con Tomás Eloy Martínez), interpela también el arte de la digresión: es la práctica de quien deja errar la memoria, soltando las amarras de sus frases “que parecen internarse siempre donde su principio no lo anunciaba y arribar siempre a un puerto inesperado”. No en vano el cronista enlaza la práctica de la escritura, en este caso al comentar la prosa de Proust, con ese destino incierto que propone un puerto. Lugar abierto donde todos los cruces son posibles, el puerto es el espacio predilecto de la ficción de Cozarinsky, como en los relatos de La novia de Odessa. Tanto en aquel libro de ficción como en este reciente de crónicas, el narrador medita en torno a los secretos de vidas oscuras, al destino de personas arrastradas por el curso de la historia. Es lo que sucede en “La mirada de la víctima”, un texto en el que la imagen de un adolescente víctima del genocidio camboyano despierta elucubraciones en el narrador sobre la identidad y el destino. Al igual que en Sebald, el uso de la fotografía propulsa la imaginación: el autorretrato en el café Tournon de París, conocido por ser el lugar en el que Joseph Roth escribió durante los últimos meses de su vida, es una selfie de Cozarinsky que logra superponer la imagen de los dos escritores, la placa recordatoria de Roth y la imagen reflejada en el espejo del fotografiado (“Autorretrato”). Tal vez esta foto se vincule con una crónica del mismo libro, en que el narrador recuerda la primera lectura de Retrato del artista adolescente y su posterior deseo de abandonar su propia identidad, de “descartarla y reemplazarla por otra que sería [su] primer acto de creación”. Esa identidad tan solo es una forma impuesta, como comprenderá años más tarde luego de una nueva lectura. Es que, siempre incompleta, con lagunas, el carácter provisorio de la identidad –de una persona, de un texto, de un espacio– es otro de los grandes motivos de la literatura y del cine de Cozarinsky. De ahí su presencia en primer plano entre los textos de Disparos en la oscuridad.

¿Es todavía posible la grandeza literaria?, se preguntaba Susan Sontag al leer a W. G. Sebald. En un mundo atiborrado por nociones globalizadoras que destiñen el poder de la literatura; en un mundo donde el culto por lo sensible ya no tiene lugar, la obra de Edgardo Cozarinsky ilumina la respuesta. ~