El panóptico de Aguilar Mora | Letras Libres
artículo no publicado

El panóptico de Aguilar Mora

Jorge Aguilar Mora

Sueños de la razón, 1799 y 1800. Umbrales del siglo XIX

México, Era, 2015, 278 pp.

Jorge Aguilar Mora es uno de los pocos escritores hispanoamericanos a quienes les interesa, hegelianamente, la historia universal. Sus libros sobre la Revolución mexicana o sobre Octavio Paz y Juan Rulfo, sobre nuestra imaginación científica decimonónica, importan porque su México, aun en contra de sus querencias, manías y contradicciones, siempre es universal. En sus novelas, ensayos, cuentos y poemas, su obsesión es el siglo: el pasado, el antepasado, el actual. He estado varias veces en desacuerdo con él pero para mí la experiencia literaria se reduciría notable, casi desastrosamente, sin él. Muerto Álvaro Mutis, ¿con quién se puede tener una conversación literaria (a través de los libros, se entiende), sobre Napoleón o madame de Staël, sino con Aguilar Mora? Por ello, leer Sueños de la razón, 1799 y 1800 ha sido un placer. Es un libro, debo decirlo, escolar en el más noble sentido de la palabra. Si en mis manos estuviera ordenarlo, haría obligatoria su lectura para todos los estudiantes de humanidades del país, junto a El arte de perdurar (2010), de Hugo Hiriart, quizá.

El proyecto de Aguilar Mora es muy ambicioso y no sé si a sus casi setenta años (nació en Chihuahua en 1946) tenga tiempo y salud para llevarlo a cabo de principio a fin: “revisar”, según él mismo dice, “hechos, ideas, estados de ánimo, sentimientos históricos del siglo XIX, año por año”. Si empieza con 1799/1800 es por el contencioso decimal sobre cuál de las dos fechas es la primera de cada siglo y se sigue no con la totalidad de los hechos, desde luego, sino con crónicas hilvanadas a través de sus intereses, que son la fama, la filosofía (sobre todo la filosofía de la historia), Kant y sus lectores; los cenáculos donde, junto al romanticismo, nació Alemania; la figura aplastante de Napoleón; las excursiones científicas de Humboldt, quien trató de alcanzar al cónsul de origen corso pero no pudiendo pasar de Marsella se conformó con España; Haydn, con La creación, pero también el infravalorado Johann Nepomuk Hummel; el estremecedor cuento de Jean Paul haciendo regresar a Jesucristo ante los niños decretando la orfandad de todos los hombres; la astronomía antes y después de Newton y un largo etcétera que solo admite una restricción, acaso el punto débil del libro, como veremos: la elección de un innominado pero no omnisciente narrador que va contando limitado por su propio tiempo, pues le es vedado el conocimiento de todo aquello posterior al 31 de diciembre de 1800.

Proyecto admirable el de Aguilar Mora, que de llegar a avanzar lo suficiente podrá equipararse con Le XIX e siècle à travers les âges (1984), de Philippe Muray, cuya enloquecida tesis es que aquel siglo fue idiota (Muray es un hombre de derechas) porque lanzó una sola moneda al aire: una de sus caras fue el socialismo científico, la otra el ocultismo romántico. Según él, madame Blavatsky y Marx son inexplicables el uno sin el otro, mientras que al narrador de Aguilar Mora lo tienta la razón, la mesura, la curiosidad, el sentido común. Para optar entre uno y otro (el de Muray es uno de los libros críticos más fascinantes que he leído, a la vez sublime e insoportable), habré de esperar a que el ensayista mexicano culmine, o avance lo suficiente, con el suyo, que comienza con Napoleón fracasando en Saint-Jean d’Acre aunque la Revolución francesa “ha dejado de ser un acto, un conjunto de fines políticos y sociales, y se ha convertido en un proceso, en una fuerza constante de transformación”, según Aguilar Mora.

Compara la revolución de los franceses con la de Kant, las relaciona y con el mejor ánimo profesoral, erudito sin ser pomposo, va hilando cómo la razón se fue transformando en romanticismo, pues me parece que Aguilar Mora (como Tomás Segovia contra Paz) no cree en la cesura entre la Ilustración y el romanticismo: los ve como un fenómeno dialéctico. Apenas llegamos a las figuras de Fichte y Goethe o a la “sinfilosofía y a la simpoesía” de Schlegel, queda claro su propósito muchas páginas antes de que hable de Bentham: escribir un panóptico mediante el cual todo el siglo XIX pueda ser examinado desde un solo observatorio central, lo cual no deja de ser contradictorio. Aguilar Mora lo admite: “La idea del Panopticon es de una agudeza dolorosa: aprovecha esa circunstancia de considerar la razón como un mero procedimiento inductivo para convertirla en un proceso de autodominación. Si la mirada exterior se introvierte, la razón se vuelve aún más simple, aún más accesible como instrumento de debilitamiento: de la presencia fantasmal y particular de un vigilante que me dice, dentro de mí, que debo comportarme ‘como se debe’, induzco que esa mirada, incluso sin la persona del vigilante, constituye la norma universal de conducta. Así, el fin último de la ley no consiste en ser proclamada y conocida, sino interiorizada.”

Por más suculentas que sean sus crónicas sobre los amores de madame de Staël con Narbonne primero y con Benjamin Constant (solo Aguilar Mora podía calibrar la importancia de que la culta dama desconociese el Quijote en 1800) después, siendo tan sintética y preclara su visión de la enemistad del futuro emperador con ella, la hija de Necker, como loable su esfuerzo de que el mundo hispano-americano no quede fuera de Sueños de la razón, me pregunto si era posible, para el autor de este libro, interiorizarse verdaderamente como un cronista y testigo reducido a 1799 y 1800.

Me parece que era imposible a menos que Aguilar Mora hubiese recurrido a una novelización vulgar, recurso inaceptable para su sofisticación intelectual. Ese proceso panóptico de “autodominación” era inviable a la hora de completarse y la razón no podía “introvertirse” en su totalidad. Ello se nota, sin estorbar demasiado, pues no deja de ser solo un truco a lo largo de todo el libro, pero salta notoriamente en el par de páginas consagradas a Sade, donde es evidente que esa idea del autor de La nueva Justina como aquel que devela “la literalidad de la naturaleza” no podía ser, me parece, de un contemporáneo suyo, sino la de un escritor, Aguilar Mora, que vivió en el París donde las opiniones de Bataille, Blanchot, Philippe Roger o Barthes sobre el divino marqués eran moneda corriente. Es improbable que en el amanecer del siglo XIXalguien juzgase al libertino en términos de la aún inmadura dialéctica del amo y el esclavo o preguntándose: “¿Quién había pensado que el lenguaje se puede rebelar y quién había imaginado que se puede rebelar no para decir más sino para decir menos?” Me temo que no es Schlegel, la estrella del libro junto a Novalis, quien habla a través de Aguilar Mora, sino Maurice Blanchot. Era inevitable. El globo de Montgolfier nos enseñó más sobre la tierra que sobre el cielo.

Rarísima es esta obra ensayística que deja a su lector ansioso de leer su secuela, cuando Jorge Aguilar Mora se despide: “Bienvenido, siglo XIX: puedes empezar.” ~