El ombligo del dragón, de Ximena Sánchez Echenique | Letras Libres
artículo no publicado

El ombligo del dragón, de Ximena Sánchez Echenique



El ombligo del dragón es un libro albino: frágil, extraño, por momentos inaccesible y traslúcido, cuya particular presencia se cifra en la amenaza de la desaparición. En él, Ximena Sánchez Echenique descubre de golpe un mundo personalísimo, territorio mitad en ruinas de una mitología íntima: como cuando llegamos tarde al teatro y entramos a un lugar cuyas reglas preexistentes desconocemos y cuyo mecanismo propio hay que descifrar a medida que transcurren los eventos. Nada se concede, porque casi todo ha sido dado por hecho; el horror por la explicación –preciosa virtud literaria este horror, decía Julio Torri– es lo primero y último que descubrimos. Única certidumbre: la escritora confía en el lector “que entra en la vida del otro” y a cuya “imaginación le da por rellenar los vacíos de esa existencia ajena”, como ella escribe.

Estructurada a semejanza de la maraña cromosómica en el interior de las células humanas –46 capítulos ordenados en parejas: 1x,1x; 2x,2x, etcétera–, la novela narra el viaje de ida y vuelta de una mujer que, con un bebé albino en brazos, vuela a China para buscar a su pareja, un biólogo especializado en albinismo. El viaje emprendido, sin embargo, es más bien una excusa para cumplir con la vieja consigna del turismo espiritual –viajar a Oriente para buscarse a uno mismo–, y China se revela no tanto como territorio real, sino como abstracción, espacio imaginario que entraña lo otro, lo lejano. En las primeras líneas del libro ya advierte la narradora, también bióloga, que un microorganismo le ha susurrado al oído: “Piérdete para buscarte.” El libro es un registro de ese viaje alrededor, no del mundo ni de una habitación, sino de ella misma.

Sánchez Echenique recurre al rayuelesco formato de “capítulos prescindibles” para intercalar, en los veintitrés capítulos imprescindibles que conforman la historia lineal, otros veintitrés de excursiones complementarias. En éstas baraja recortes, divertimentos, aforismos, un correo electrónico, definiciones de diccionario, juegos de lenguaje, una página en blanco: retazos acaso propios del diario de viaje. El resultado: veintitrés capítulos donde se engarza frágilmente una historia, y otros veintitrés producto de la obstinación –anterior a los blogs y scrapbooks pero ahora más patente que nunca en ellos– de componer un yo con la pedacería de lo cotidiano.

En la mitología íntima de Sánchez Echenique los objetos –un teléfono, un coche, una casa– flotan ingrávidos en un aire espeso, enrarecido por una sobrecarga de emotividad. Los objetos simbólicos y algunas palabras, en cambio, tienen la firmeza y el peso del plomo: un cocodrilo de marfil, la luz, los nombres de los personajes, los helechos. Si bien el género de la novela se caracteriza por fundar mundos a los que siempre podemos volver, El ombligo del dragón cimienta un vacío en el cual da vértigo caminar. En el transcurso de la historia, se mezclan y confunden la dimensión simbólica y la de los eventos reales. De ahí que la textura del universo que esculpe Sánchez Echenique sea difícil de asir. La nitidez de aquello que se narra se pierde contra el trasfondo de los símbolos personales de la autora. De ahí también que a veces el texto resulte hermético. El albinismo, dice la autora, “es como la nieve que al cubrir las montañas las hace más bellas pero más inaccesibles”. Algo semejante sucede en este libro.

Pero por otro lado se ven –el libro es transparente en este otro sentido– sus órganos vitales, los intestinos en plena digestión, el esqueleto de la creación literaria. La búsqueda de la escritora y su compromiso con el lenguaje es visible en todas las páginas de la novela. Volcada hacia sí misma, la escritura de Sánchez Echenique prefiere la confesión a la anécdota, la opinión apasionada a la distancia de la reflexión. Hay una mirada aguda, inteligente, sensible; también una voz que, si bien es inconstante en su fuerza y precisión –a ratos duele la mordida incisiva de un párrafo y en otros decepciona la palmadita en la espalda del lugar común–, es propia y no prestada –vale la pena subrayarlo en un momento donde andar en busca de la voz propia es la regla, y encontrarla, la excepción.

El libro, sin embargo, es frágil. Lo único que lo sostiene es el valor de la búsqueda y no necesariamente su resultado. Poco importa aquí la historia y la lógica interna de la narración. “Qué importa la historia –dice– si habitamos un espacio tiempo donde el vértigo puede más que las palabras en la hoja.” Las cosas suceden como por caprichos febriles. Y aunque nada tiene de malo el capricho cuando es exigencia de la historia misma, incomoda cuando permite sospechar que es la autora quien se está imponiendo, y no el curso natural del relato el que dicta los avatares de la escritura. Que en el sexto capítulo aparezca un caligrama en forma de planta donde se conjuga el verbo “leer” en distintos tiempos –¿publicidad a la manera de alguna librería?–, se antoja arbitrario y desconcierta; que otro esté narrado, presumiblemente, por un Buda de porcelana, requeriría un motivo más urgente que las meras ganas de ponerlo a hablar; si un párrafo termina con las oraciones “Pobre sube y baja, aferrado al asfalto. Mastica que mastica el pasto azul de la vaca marina. Quieres nadar y no mojarte. Pero al flotar te haces uno con el oleaje”, necesitamos algo más para no presentir cierta oquedad, mera fascinación por la cáscara.

A ratos, la rareza que ostenta el mundo de Sánchez Echenique parece buscada y no hallada. La experimentación, decía Raymond Carver, autoriza al escritor a intentar alienar al lector. Pareciera que la experimentación es el fin último y no el instrumento de Sánchez Echenique, y sus juegos del lenguaje alienan al lector. Por eso, la valiosa incursión de esta escritora da pocos frutos narrativos. “La tinta negra proviene de nuestras pupilas”, escribe. Quizás piense que esto justifica el albinismo de su libro. ~