El oficio de traducir poesía | Letras Libres
artículo no publicado

El oficio de traducir poesía

Tedi López Mills (comp.)

Traslaciones. Poetas traductores 1939-1959

México, Fondo de Cultura Económica, 2011, 876 pp.

 

Hay un modo directo, sin rodeos, de tomar una radiografía, o al menos una instantánea, de la poesía de un país: se escogen dos fechas, más o menos distantes, se hace una lista de autores nacidos entre ambas y se les antologa: el consabido panorama poético. El editor no se compromete, o lo hace poco: incluye a los más evidentes dejando de lado, en lo posible, el gusto; se trata, casi, de un censo, de un instrumento no exactamente literario, sino más bien histórico.

Esa es la vía, decíamos, directa, pero hay otras. La de Traslaciones, por ejemplo: asomarse a la poesía de un país en el espejo de sus traducciones. Así procede: incluyendo a 33 poetas que son además traductores, nacidos entre 1939 y 1959. Cada uno de los incluidos hizo la selección de sus propias traducciones, según criterios personales. El ejercicio tampoco es enteramente literario, y quizás eso lo hace más interesante. A través de sus traducciones, la poesía mexicana plasma su superego, su querer ser: se proyecta. La numeralia sola ya dice algo sobre las aspiraciones y los diálogos (unidireccionales, seamos sinceros) de esta poesía: los autores más traducidos son Eugenio Montale, Fernando Pessoa y Wallace Stevens (Tedi López Mills abre el volumen con una nota aclaratoria en donde este y otros datos nos dan una idea bastante útil de lo que contiene el libro; al final del volumen los datos se amplían en un anexo). El idioma más traducido, claro, es el inglés (89 autores), seguido del francés (30) y el griego antiguo (15).

Este libro continúa y homenajea a otro, de intenciones similares, que abarcó un periodo distinto aunque ligeramente traslapado de la historia literaria de México: El surco y la brasa. Traductores mexicanos, coordinado por Marco Antonio Montes de Oca y Ana Luisa Vega, y publicado también por el fce pero en 1974. Tedi López Mills recupera la intención de aquella antología y compara sus resultados con los de esta otra, no a manera de competencia sino documentando, o al menos insinuando, los cambios de sensibilidad que reflejan las diferencias entre ambas. Del análisis exhaustivo de estas cuestiones resultaría un libro de historia de la literatura, y no de poemas; por eso, López Mills apenas esboza algunas posibles líneas de investigación, correspondencias entre Traslaciones y El surco y la brasa que algo murmuran sobre los vientos poéticos en México y su cambio de rumbo. Eso, por lo que el libro tiene de radiografía; pero además, y sobre todo, están los poemas.

Algunas de las traducciones incluidas en Traslaciones son ya obligatorias, clásicas: T. S. Eliot en versión de José Emilio Pacheco, el Saint-John Perse de José Luis Rivas, Szymborska según Gerardo Beltrán o Montale traducido por Fabio Morábito. Encontrar estas versiones reunidas en un solo tomo despierta un justificado entusiasmo que otras, acaso menos conocidas, confirman; por ejemplo, una traducción de John Ashbery al alimón entre Marcelo Uribe y David Huerta, o la selección más bien atípica de autores que presenta Pedro Serrano, o los fragmentos de Rimbaud que traduce Jorge Esquinca.

Por supuesto que, entre los 33 traductores compilados, no todo es intuición dichosa y admiración sincera. En nuestra república de las letras son varios los que conciben la traducción no como un ejercicio de humildad y admiración, ni como una práctica que requiere de oficio y buenas artes, sino como una de las múltiples tareas que la carrera literaria impone al poeta que quiere “llegar lejos”. Aquí y allá se encuentran versiones de clásicos por interpósita lengua (maniobra no siempre reconocida por los traductores) que parecen estar ahí, más que como servicio al lector, para esculpir el busto en bronce que el poeta-traductor cree merecer. Peccata minuta. Los vates de blanca túnica aprovechan cualquier ocasión para hacerle ojitos a la Posteridad, pero Traslaciones los regresa a la justa estatura del ridículo al convocarlos en el mismo índice que a tantos traductores genuinos y afilados.

El prólogo de Traslaciones no es, por suerte, la típica disculpa con que algunos poetas presentan sus florilegios, sino una pieza ensayística, inteligente y disfrutable, casi diríase que independiente del compendio, sobre la paradoja de las teorías de la traducción. Como dice López Mills, sobre la traducción de poesía suele pesar una suerte de “condena conceptual”: se desconfía de las posibilidades de traducir poesía, e incluso se afirma la imposibilidad de hacerlo. Al mismo tiempo, por supuesto, hay personas traduciendo y haciendo de ello un oficio. Cada traductor se acoge a la teoría que mejor le acomoda; unos se imponen rígidas normas para que su transgresión resulte más dulce, otros proceden por tanteo o se encomiendan a los hallazgos que el ritmo del original sugiere. Tratándose de poetas-traductores, es tentador pensar cada una de estas decisiones como el dorso de una poética: trata al poema de los otros como tratarías al propio.

Como retrato de los intereses y las influencias de un par de generaciones de poetas mexicanos, como antología poética universal ordenada caprichosamente, por afinidades y azares, y como catálogo de prácticas y decisiones concernientes a la traducción poética y sus meollos teóricos, Traslaciones es un libro luminoso, un diagnóstico de la cabal salud que goza la traducción de poesía entre nosotros. ~