El mundo como representación | Letras Libres
artículo no publicado

El mundo como representación

Sergio González Rodríguez

El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic

México, Random House, 2013, 152 pp.

La verosimilitud es una convención retórica; más que eso: literaria. Un delicado convenio la soporta: yo lector estoy dispuesto a creer lo que tú, autor, me quieras contar, siempre y cuando tu ficción (no tu mentira: tu invención) sea consistente con sus propias reglas, con su propia apariencia de verdad. Alguien plantea que un hombre despierta convertido en una cucaracha. Aceptamos esa convención. Remedios, la bella, sale volando por los aires. La aceptamos también porque, como en el caso anterior, su código fantástico la valida. Pero nos costaría aceptar que el carro en el que Lolita y Humbert Humbert viajan de motel en motel caiga de pronto a un lago y se transforme en submarino. Lo rechazaríamos por inverosímil, porque violenta su apariencia de verdad.

¿Me parece inverosímil que un personaje (llamémoslo por su nombre, Dano) al que le gustan desmedidamente los cómics de improviso se vea inmerso en un mundo muy parecido al que proponen las historietas ilustradas? ¿Está reñido con la verosimilitud que un joven fayuquero de un barrio popular de la ciudad de México de pronto se vea envuelto en un mundo de bellas modelos internacionales, poderosos mafiosos de Hong Kong que hablan español y que participan en persecuciones y venganzas por rencillas ancestrales? Si el protagonista que sufre esas desventuras es un fanático de las historietas, al grado que su anhelo es el de convertirse en autor de novelas gráficas, ¿no es posible que el registro en el que pide leerse esta novela sea ese y no uno estrechamente realista? Si aceptamos que el plano de su lectura es el de un cómic no suena entonces descabellado su clima de intriga internacional, amenazas y muerte.

El problema es que no es Dano (“el muchacho que parecía confundir la realidad con la ficción”) el que cuenta esa historia, sino un amigo de este, que cumple con la función de narrador. El equívoco comienza desde el título –El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic–, ya que quien narra la historia (a caballo entre el realismo y el fantasioso mundo propio de las novelas gráficas) no es el “artista adolescente” sino su amigo, un maduro exguerrillero que vive asediado por el recuerdo de que en su juventud “tuvimos que deshacernos de un compañero desleal”.

Poco a poco, el narrador que da cuenta de las acciones del protagonista se sumerge en ese mundo fantástico: “comencé a sentirme personaje de cómic, como aquellos que cautivaban a Dano”. A pesar de que el narrador rechaza la visión adolescente del héroe (“me valía madre su vida de historieta”) la ficción de su amigo termina por apoderarse de él a tal grado que, consumada su historia en una serie inusual de venganzas, cierra la novela con un extraño epílogo de realismo alienado por un mundo conspiratorio abundante en agentes soviéticos y aviones de guerra.

Recapitulo. Dano, un joven vendedor de productos chinos, se encuentra inmerso en un mundo vertiginoso propio de las historias que lee. El narrador de la historia de Dano, que lo criticaba por esa visión adolescente (“se adoctrinaba con historietas para párvulos que repetían las aplicaciones vulgares de la estética constructivista”) termina confundido él mismo en esa ficción: “su historia de cómic me incluía: la realidad absorbía ya el juego mental que nos unió al principio”. Puestas así las cosas, ¿de dónde nace entonces mi incomodidad con esta novela? No es Dano el que confunde al mundo con un cómic. Tampoco su amigo, narrador de esta historia. Sergio González Rodríguez es el que deliberadamente propone al lector esa confusión. El lector puede aceptar esa convención literaria, o rechazarla. ¿Funciona esta novela como un probable guión de una novela gráfica? Tal vez un hábil ilustrador podría rescatar su trama rocambolesca. La historia que cuenta es propia de una historieta adolescente, pese a sus deliberados planos de realismo, fantasía y desvarío. Una obra fallida de un narrador muy consciente de la mezcla de códigos que su novela audazmente propone. ~