El leguaje de las trilogías, de Eulalio Ferrer | Letras Libres
artículo no publicado

El leguaje de las trilogías, de Eulalio Ferrer

En el pensamiento pitagórico y platónico los seres son números. El orden universal procede conforme a proporciones numéricas o figuras geométricas vinculadas al tres. A poco que metamos la mano en la memoria del tiempo se verán las pirámides, de caras triangulares, las prodigiosas naves trirremes, la dialéctica, y otras formas de concebir o expresar lo humano con dicho recurso. Alcanzar un atisbo suficiente de la importancia que conserva el número tres en todas las sociedades del mundo era un tema que exigía ser abordado de modo completo, claro e ilustrativo.

Los números han sido cultivados en su dimensión simbólica desde eras ancestrales; entre ellos, el tres mantiene un carácter relevante. Así lo muestra, en tres sucesivas aproximaciones, Eulalio Ferrer: hace más de treinta y cinco años impartió una conferencia sobre los componentes tripartitos en la publicidad; luego, en 1989, se publicó su libro Trilogías, la influencia del tres en la vida mexicana; y en este 2006 remata esa inquietud con la obra El lenguaje de las trilogías, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica.

Octavio Paz escribió un prólogo para aquel libro de los ochenta; prólogo que, atinadamente, se reproduce en el actual. Allí se preguntaba el poeta por qué vemos al mundo, “a través de la ventana del lenguaje”, mediante trilogías. Y constataba, en esa ocasión, que “para los mexicanos esa ventana verbal es triangular”. Surgiría la interrogante de si se compartía ese rasgo con otros idiomas o con otras culturas. También avanzaba Paz la propuesta de que alguien buscara, en esa misma dirección, “en el subsuelo psíquico de México, las figuras del cuatro y el cinco”, pero Eulalio Ferrer mantiene su fidelidad al tres por lo que, en lugar de incursionar en aquel subsuelo, amplía sus propósitos hacia lo trilógico en la tradición mundial.

Ya se trate de la antigüedad de China y Egipto o de las más contemporáneas figuraciones, el tres aparecerá como algo central, y quizás irremplazable, en todos los continentes. El orden que ha elegido el autor atañe a los diversos ámbitos de la expresión social y la convivencia: literatura, religión, filosofía o política son sólo algunos de los sectores en los que, profusamente, podremos asistir a las sorpresas de lo triádico. De entre todas, la más extendida será la del campo literario. Episodios, series, personajes, asuntos, estructuras, y en fin toda la complejidad del universo de las letras se presta a esa relación. Incluso la secuencia en que se presentan los grandes autores es tripartita: Dante, Shakespeare, Cervantes. Desde el mundo clásico griego hasta el siglo XX y a través de sus vertientes genéricas de poesía, teatro y prosa, el libro es pródigo en caracterizar los aspectos triples. Más allá, se exponen las generaciones de autores históricos en su evaluación trinitaria. O bien, en el sesgo lúdico, Ferrer cita algunos palíndromos de tres palabras, de la autoría de Otto-Raúl González: “A jugar aguja”, “Subo tu autobús” y “La tele letal”. Tres acentos, tres versos, progresión de tres elementos o voces (como los memorables de Manuel José Othón: “y la sombra que avanza, avanza, avanza...”), todo converge al torbellino de las triplicidades.

Con todo, será en las religiones y filosofías donde el tres se convierta en sinónimo de perfección, dinamismo o completitud. El cosmos y las divinidades, así como la lógica y las ideas, se matizan de ternarios: por antonomasia, las tres personas de la Trinidad. Igualmente en sus modos de ser, pues son tres las grandes religiones monoteístas. Se aducen, luego, los Tres Reyes Magos. Las virtudes teologales: fe, esperanza, caridad. Y del tres a sus múltiplos: el número de los Apóstoles. Y así sucesivamente.

Cada capítulo entrega un conjunto de referencias sobre el lado de la cultura al que se aboca: mitos, símbolos, historia. Al llegar a la parte de trilogías varias, nos advierte Ferrer que “el universo de las trilogías, sus lenguajes, simbolismos y aplicaciones prácticas es inagotable”. El lenguaje de las trilogías nos lleva, pues, a la orilla de lo interminable. Cada cual podría añadir sus propios hallazgos y constituir, de tal modo, una especie de “Libro de Arena” del número tres. Canciones, artes, gastronomía, lo que uno quiera nombrar tiene cabida en este ensayo de Eulalio Ferrer, que se coloca en el camino de los imprescindibles. A semejanza de algunos de sus libros previos, éste concluye con varios apéndices e índices que expanden su riqueza. Primero, una “lista de obras en trilogía”, a la que siguen “tréboles poéticos y literarios”, “Lista de títulos con mención del tres y trinitarios”, para finalizar con “trilemas de la publicidad”. Entre esa reunión miscelánea destaca la embriaguez baudelaireana: “de vino, de poesía o de virtud”; y lo que, según Miguel Hernández, se hace para la libertad: “sangro, lucho, pervivo”. No faltarían, desde luego, los lemas publicitarios: “mejor mejora Mejoral”; “Es mucha leche”; “la mujer... la leyenda... la fragancia”.

Así, en un recorrido que nos aproxima de vértigo en vértigo a la presencia de componentes tripartitas, El lenguaje de las trilogías se descubre como guía insuperable para hacernos la misma pregunta que Octavio Paz: ¿por qué el tres, número de “dominación absoluta”? Tal vez nunca lleguemos a saber las causas de su proliferación, pero conocemos sus constancias. ~