El legado de la pérdida | Letras Libres
artículo no publicado

El legado de la pérdida

Darian Leader

La moda negra. Duelo, melancolía y depresión

trad. Elisa Corona Aguilar, México, Sexto Piso, 2011, 194 pp.

 

Sé de gente que vive tanto tiempo deprimida que algo me hace dudar de la autenticidad de su depresión. Un divorcio, el padre que muere, la campaña política que no funcionó; las historias son tan variadas que la unanimidad del diagnóstico parece más bien sospechosa. Es como el crítico que usa la expresión “precisión de relojería” para describir cinco novelas que no tienen nada en común salvo el hecho de haber pasado por sus manos. Los dictámenes que se atienen a conceptos tan ambiguos hablan más del examinador que del examinado.

El psicoanalista y académico Darian Leader (California, 1965) sostiene en La moda negra que el término “depresión” es engañoso por no decir fraudulento: engloba demasiados síntomas porque ignora las múltiples causas y abre con facilidad la puerta de las soluciones rápidas –las pastillas y las terapias basadas en “pensar positivamente”–. Como si la despreocupación fuera un derecho humano, la actualidad exige erradicar cualquier actitud que atente contra la productividad y contra la nociónde “estar bien todo el tiempo”, sin atender la realidad subjetiva detrás del comportamiento depresivo. Para Leader ese representa el principal peligro de los tratamientos contemporáneos: deslegitimar los síntomas, en lugar de indagar su verdad subyacente.

La actitud “depresiva” encierra en realidad la historia de alguien que lidia con lo que se ha ido. El autor recurre a un trabajo clásico de Sigmund Freud –Duelo y melancolía, de 1917– para explicar los procesos mediante los cuales las personas buscanno renunciar a un objeto perdido sino restaurar sus vínculos con él. A pesar de su evidente simpatía por las teorías freudianas, Leader no las sigue al pie de la letra, con lo cual en ningún momento reduce la experiencia de duelo a un asunto privado (una perspectiva que al académico le resulta desconcertante en tanto el padre del psicoanálisis tenía conocimiento de los aspectos sociales del duelo). De hecho, su principal crítica al texto de Freud es la ausencia de los otros, una omisión que busca reponer alo largo de La moda negra.

Para el ensayista es necesario integrar las teorías psicoanalíticas tradicionales con la dimensión pública del duelo. La primera porque se centra en la particularidad de los motivos y la segunda porque nadie es capaz de vivir susufrimiento de manera aislada. La premisa podría, en un principio, parecer desfasada, en tanto nuestra época ha relegado el dolor al ámbito privado yha privilegiado la contención pública ante una pérdida. Sin embargo, lo que busca Leader es entender por qué las cosas han llegado a este punto y analizar las consecuencias que ha traído la erosión del luto comunitario.

Para lograr esa comprensión se apoya en todo tipo de manifestaciones culturales. ¿Qué puede decirnos de los ritos de duelo los miles de británicos llorando por la muerte de Diana de Gales en 1997?, ¿eran parte de una histeria mediática o se trató, como argumenta este libro, de un marco donde las personas pudieron articular sus propias aflicciones? ¿Qué significaciones podemos descubrir en un cine –como el de las últimas décadas– que ha sido particularmente generoso en historias de gente que no muere del todo, del asesino slasher a las multitudes de zombis? La moda negra es abundante en esas y otras referencias con el fin de retratar un tiempo donde la muerte –al perder marcos de simbolización– ha ido perdiendo también sentido. Y es precisamente esa idea –la necesidad de enmarcar simbólicamente una pérdida– una de sus conjeturas más estimulantes.

Leader asegura que los sueños son, con frecuencia, absurdos no solo para maquillar un deseo inaceptable sino para dejar en claro su carácter de representación. En otras palabras, sirven de marco a un suceso porque su artificialidad permite superar el dolor. Es lo mismo que sucede con los rituales de luto: dirigen la atención hacia su propia dimensión simbólica para hacer manejable un evento. De ese modo entendemos por qué los lugares donde han acontecido hechos trágicos no pueden permanecer intactos y de qué modo los memoriales implican reconstruir o modificar un espacio histórico para convertirlo en un “escenario”.

Esa transición de la pena privada a la representación pública se afirma enLa moda negra, “sugiere algo de lo que trata el arte en sí mismo”. Este es un aspecto central del ensayo y su afirmación más audaz: pensar en la literatura, las artes plásticas, el teatro y el cine también como “un conjunto de instrumentos que nos ayudan a vivir el duelo”. Estemos o no de acuerdo con esta postura, debemos admitir que –en no pocos momentos– la experienciaartística supone hacer algo constructivo con nuestras propias pérdidas. Quizá no todos estemos en la posibilidad de decir que las artes existen “para acceder al dolor”, pero si algo hay que reconocerle a Leader es que advierte la amplitud y variedad del acto artístico –de Shakespeare a J. K. Rowling, de las fotografías de Thomas Demand a la canción popular–, y su posibilidad de servir de antítesis a todas esas teorías que ofertan el manejo “inteligente” de las emociones.

En la parte final de su ensayo, Darian Leader recupera el antiguo concepto de melancolía, un término que en el pasado era relacionado con periodos de creatividad, pero que en la actualidad suele asociarse con la tristeza y la nostalgia. El autor considera crucial hablar de la melancolía como una categoría clínica diferente al dolor y al duelo, en vista de que quien la experimenta se siente incapaz de articular su condición. Es decir, no es que el melancólico tenga un problema y no sepa cómo explicarlo sino que la imposibilidad de la expresión es parte del problema. De ese modo, el melancólico lucha por encontrar palabras que sirvan para expresar el fracaso mismo de las palabras, una actitud que Leader vincula –vaya sorpresa– con la poesía.

Para fortuna del lector, La moda negra elude ser esetipo de libros de psicología barata, que funcionan como una palmada de ánimo en el hombro, no obstante tampoco sustenta su seriedad en la carencia de riesgos teóricos. Sin duda mantiene tesis debatibles –apoyadas en evidencias o muy desiguales o de una heterogeneidad meritoria, según nuestro grado de conservadurismo–, pero en tiempos de estudios inofensivos eso puede representar más una virtud que un defecto. Su reposición de la colectividad en los procesos íntimos, al igual que su llamado a atender casos singulares más que síntomas, sirve para situarnos de nuevo en una tradición de pensamiento donde la salud no se halla desligada de la biografía. ~