El guion de una telenovela | Letras Libres
artículo no publicado

El guion de una telenovela

Jorge Franco

El mundo de afuera

Premio Alfaguara 2014

México, Alfaguara, 2014, 302 pp.

El mundo de afuera narra la historia de un secuestro en el Medellín de 1971. Don Diego Echavarría cae en poder de una banda encabezada por un hombre conocido como el Mono. La novela alterna las incidencias del cautiverio con hechos del pasado en la vida del millonario: su estancia en la Alemania de la posguerra, su decisión de casarse con una joven de nombre Dita y de establecerse juntos en Colombia, la crianza de su hija Isolda en un castillo.

Mientras algunas secciones, pocas y breves, presentan información de manera resumida, con apoyo en un narrador plural en que se engloba a los muchachos de los alrededores, la narración hace uso en mayor medida del diálogo y la escena con una voz en tercera persona. A esto podría suponérsele una vocación cinematográfica. Sin embargo, hay una tara en la prosa de Jorge Franco (Medellín, 1972) que priva a esta novela de plasticidad y visibilidad. Podría etiquetarse su escritura de sencilla, por su general renuencia a las oraciones subordinadas y casi cualquier audacia imaginística. Pero la sencillez no es una falla cuando el lenguaje es puesto en tensión para potenciar las dotes perceptivas y de caracterización, y en esto Franco nunca se ve interesado. Uno puede abrir una página aquí y otra allá, y se encuentra con una lengua apocada, pálida, utilitaria, que hace avanzar los hechos apilando escenas mas nunca dotándolos de sentido dramático. Se cuentan episodios, se transmiten diálogos, se menciona a personajes. Pero nada parece cobrar densidad.

“Ella se quita el vestido lila, toma la minifalda y se la pone. A cada centímetro que le sube por las piernas le crece la emoción. Cierra la cremallera a un lado y la falda le flota en la cintura. Es dos tallas más grande. Se la ajusta con las manos y se mira en el espejo. Sonríe encantada.” Estas líneas traen a la joven Isolda en un momento de transgresión: en vez de los avejentados vestidos que le propone su madre, ella se ajusta una furtiva minifalda. ¿Y qué tenemos? Mucho es lo que se reporta; escaso lo que se percibe. El narrador no crea ningún tenor transgresivo; con el fácil expediente de las acotaciones (“le crece la emoción”; “sonríe encantada”) elude la tarea de propiciar la percepción que dé plasticidad y contundencia a la emoción y el embeleso. Lo sabemos: no basta con decir que una chica “sonríe encantada” para que se construya la figuración de un personaje feliz. De ser así, los guiones de telenovelas serían notables obras literarias: si en un libreto las acotaciones sugieren al actor cómo dar vida a un papel, en la ficción se esperaría, siguiendo a Conrad y a Calvino, la visión autónoma, icástica, de esa imaginación de “vida”. Por esa carencia, El mundo de afuera es obra de un redactor y no de un artista.

La estructura, basada en la alternancia de dos líneas temporales, luce desmedida. No pude evitar pensar que Franco, a la manera de los redactores de culebrones, buscó alargar su historia hasta conseguir un tomo abultado. Los capítulos que narran la historia de don Diego anterior a su casorio podrían haberse compactado, y no exagero, en cinco o diez páginas. Esos episodios serían de interés de haberse conseguido mostrar la transformación del personaje de un estado de la conciencia a otro, proceso que habría, supongo, de buscar un énfasis contrastivo con el sufrimiento del ya anciano durante el cautiverio. Más allá de que la prosa es en general reacia a casi cualquier asomo a la vida psicológica de los personajes, don Diego parece no tener variación de registro en su sensibilidad y percepción: decide casarse, construir un castillo, mudarse a París, luego a Colombia, sin que se llegue a sugerir una dinámica interior que dé pie a estas decisiones, como si estas le fueran convenientemente sembradas para hacer mover la trama. Así, se le reporta enamorado de Dita pero no hay un atisbo de cómo habría vivido por dentro ese estado de exaltación. Los personajes secundarios se notan aun más desdibujados, meras entelequias olvidables; por ejemplo, se consignan las tendencias filonazis de los amigos alemanes del colombiano, pero esto podría no haber sido contado y sería lo mismo, pues nunca afecta el tránsito anímico de don Diego.

La segunda línea temporal, la que se finca en 1971, narra el encierro de don Diego. Pasan cincuenta, cien o doscientas páginas, y el intercambio entre el secuestrado y el secuestrador, al extenderse con muy nimios vaivenes a lo largo de numerosas escenas, resulta anticlimático, y no pocas veces suena involuntariamente fársico:

–Tengo nacionalidad alemana –dijo don Diego–. Soy un ciudadano europeo. Esta atrocidad también va contra ellos.

–A mí no me van a asustar con gente que hable raro. Mis balas le entran a todo mundo –dijo el Mono.

–Y las de ellos también –lo desafió don Diego–. Usted no es un cuerpo glorioso.

Además, pudiendo haber dado pie a una exploración de las desigualdades económicas, la dinámica que se muestra entre don Diego y el Mono no deja de lanzar un tufo clasista: el contraste entre el millonario, un hombre ejemplar y ecuánime que reza y no pierde la calma, y el joven de mucho menos recursos, mostrado como cobarde, mentiroso e irascible, cae no solo en el esquematismo sino en una lectura limitada de los conflictos de clase. No es exigir una postura reivindicativa de un grupo marginal en detrimento de uno privilegiado, sino ser receptivo a la forma en como cada personaje tiene matices y fisuras que se manifiestan hasta de manera contradictoria en situaciones de crisis, y que estas tendrían una no escasa relación con el contexto en que crecieron.

A El mundo de afuera se le ha querido anexar (ya desde el texto de la contraportada) una filiación con el cuento de hadas, por el castillo, por Isolda que convive en un jardín con seres extraños. Estos elementos son más decorativos que pertinentes, pues –a diferencia de lo que sucede, por ejemplo, en los Cuentos de Hades de Luisa Valenzuela– no operan una apropiación crítica o lúdica de los motivos de la narrativa folclórica. Parecen los remanentes de una escenografía puesta por capricho, casi una ocurrencia. Aunque quizás habría que precisar: el libro sí se halla próximo a la forma actual del cuento de hadas; no hablo de una reescritura posmoderna de los hermanos Grimm, sino de una intrascendente reiteración de la telenovela: una construcción que obedece no a la fantasía sino a la falsedad. ~