"El exilio filosófico en América" de José Luis Abellán | Letras Libres
artículo no publicado

"El exilio filosófico en América" de José Luis Abellán

España peregrina
José Luis Abellán,  El exilio filosófico en América. Los transterrados de 1939, fce, México, 1998, 461 pp.

Hacia el final de la novela de Jünger Sobre los acantilados de mármol, en medio de la atmósfera atosigante posterior a los embates del enemigo, el narrador-personaje declara: "En tales circunstancias [...] reparé en una pequeña planta que florecía cerca de donde estaba arrodillado, entre unas hojas muertas, y en seguida reconocí en ella al silvano rojo."
     Esta anécdota es analogable a la experiencia de leer el libro de Abellán: casi al borde del jadeo, en pleno ajetreo sisífico de "estar al día" en las diatribas y modas filosóficas inducidas desde Estados Unidos y Europa, uno logra mirar a otra parte en el abigarrado bosque de la historia contemporánea del pensamiento y descubre no tanto una "pequeña planta" cuanto un almácigo de matas vistosas y llenas de vitalidad, echando raíces, ramificándose y floreciendo en la América de habla hispana.
     El artilugio es obra de un avezado y prolífico historiador de la filosofía concebida por pensadores españoles dentro y fuera de su país, quien con este libro amplía y actualiza lo expuesto hace ya más de treinta años en Filosofía española en América (1936-1966). Si el sentido de historiar un fenómeno cultural estriba en evitar que se difumine en el olvido, Abellán puede darse por satisfecho, porque su nuevo trabajo refuerza las condiciones necesarias para la continuidad del gran erario teórico legado por los filósofos que el franquismo expulsó a esta orilla del Atlántico.
     El secreto de tan loable cometido radica en el rigor con que Abellán emprendió, desde un principio, su larga y tortuosa investigación. Por sobre la labor de acopio de textos e información relativa al "exilio filosófico", Abellán emprende dos maniobras heurísticas complementarias: 1) situarlo con precisión en las coordenadas históricas, políticas y sociológicas del caso; 2) mostrar con la máxima fidelidad posible los frutos que prodigaron sus más conspicuos representantes. Así, en el segundo capítulo del libro, Abellán propone una precisa definición de "exiliado", al tiempo que señala los rasgos comunes de quienes encarnaron esa "España peregrina", que mantuvo con largueza los valores inherentes a la república masacrada por el franquismo. La primera operación es básicamente correcta, aunque el modo en que se concreta excluya a pensadores e intelectuales como Luis Villoro y Angelina Muñiz o confine a otros, como Ramón Xirau, Federico Riu o Juan Nuño, en breves apartados de escaso relieve en el libro. Por lo demás, algunos de los rasgos que Abellán destaca en los humanistas transterrados, como su profesionalización y el ímpetu intelectual misionero, explican su influjo profundo y benéfico en las formaciones culturales de América. Por otra parte, el propio autor insiste en que su "estudio es meramente expositivo y no tiene pretensiones críticas" (pp. 83, 108, 135), pero no hay que tomar esta advertencia al pie de la letra, pues tiende a opacar la sistemática labor de exégesis que cimenta la exhaustiva taxonomía de tesis, filosofemas e intuiciones que atesora el libro.
     A partir de un honesto diálogo con los pensadores exiliados españoles, Abellán ofrece al lector interesado una auténtica enciclopedia sobre el tema. La organización general del libro es, por ventura, muy simple: el autor examina cada caso en el contexto de su grupo de referencia (generacional, político, ideológico, etcétera), expone lo sustancial de sus contribuciones teóricas y agrega una nota biográfica, junto con la bibliografía correspondiente. Así, el libro resulta de la suma de las recensiones más o menos amplias de los filósofos e intelectuales que Abellán incluye en la nómina de transterrados, según los criterios ya referidos. A la eficacia expositiva y a la utilidad teórica de este proceder, la mano de Abellán agrega la concisión y amenidad que redimen a su trabajo del aura de tedio que, con demasiada frecuencia, entorna a los tratados de esta clase.
     Un gran mérito de este libro es que hace justicia al ingente esfuerzo intelectual de una pléyade de pensadores cuya impronta marca para siempre la historia cultural de varios países de América. Es verdad que la mirada enciclopédica de Abellán debe reparar a veces en algunos personajes que apenas calificarían para reyes en un país de ciegos. Pero no es esto lo que define su libro, sino el descubrimiento oportuno de ese paraje habitado por Joaquim Xirau, José Gaos, Eduardo Nicol, José Ferrater Mora, Adolfo Sánchez Vázquez, Wenceslao Roces, María Zambrano, José Bergamín y otros. En definitiva, gente que apostó con buena ambición por la gran filosofía, por el trabajo teórico más exigente y, al hacerlo, contribuyó decisivamente a colocar a los países anfitriones en cotas muy cercanas a las de aquellos en que han florecido las escuelas de pensamiento más importantes del siglo que ahora termina. Por ejemplo, hasta el regreso a España o la muerte de García Bacca, Manuel Granell, García Pelayo, Federico Riu y Juan Nuño, Venezuela contaba con un movimiento filosófico de primera categoría. Por su parte, tiene razón Alejandro Rossi cuando, en su Manual del distraído, asegura que "a partir de 1940, hasta los alrededores de 1960, [Gaos] es la personalidad clave de la vida filosófica mexicana." Por fortuna, la poderosa presencia de Gaos como pensador, maestro, traductor e historiador de la filosofía, ha contado con la vecindad de Joaquim Xirau, Eduardo Nicol o Sánchez Vázquez, cuyas aportaciones teóricas se carean con notable dignidad con las de los filósofos más prestigiados del momento. En gran medida, esto se debe a que la auténtica filosofía resiste bien los efectos del tiempo y puede ser revisitada con provecho el día menos pensado, al margen de las doctrinas, corrientes o escuelas de moda. De hecho, un tratado como el de Abellán refuerza la conciencia de que preterir la noble tradición filosófica resultante del exilio español, para dejarse llevar por el último grito de la hora, puede ser una forma de suicidio cultural.
     Otro aliciente de este libro es que recuerda una vez más la existencia de muchos modos de hacer buena filosofía, algunos de los cuales embonan mejor con el español. Ya Unamuno exigía reconocer la peculiar grandeza teorética de los místicos españoles o de don Quijote —que no de Cervantes. Gaos, por su parte, propuso un singular silogismo para demostrar que la Metafísica de Aristóteles, la Etica de Spinoza, la Crítica de la razón pura de Kant y la Lógica de Hegel representan tan sólo una opción de trabajo filosófico, entre otras; no la única ni la más importante. Hay otras maneras de pensar con rigor y de exponer lo que así se intuye, como sucede con los casos de Platón o de Nietzsche y, según el raciocinio de Gaos, esto confiere patente de auténtica filosofía a las principales obras de Unamuno y Ortega, lo mismo que a toda una tradición designada con la expresión "pensamiento hispano". Abellán asume esta postura (p. 143) y, con ello, agrega riqueza al mundo filosófico hispanoparlante.
     El propio autor advierte que este es "un libro casi definitivo" (p. 24) sobre el exilio filosófico español. Esto es verdad en lo que se refiere a la exégesis y la historia de las construcciones teóricas que registra, así como a las exhaustivas fuentes documentales en que se basa. No lo es en cuanto a una "historia humana" de los grandes exiliados de España que, lamentablemente, Abellán no se propuso hacer. A Gaos le encantaría la idea y, según algunos indicios, al último Nicol también. No es una hipótesis descabellada la presunción de que las vidas y circunstancias personales algo tienen que ver con el pensar. Con todo, es un nuevo acierto del Fondo de Cultura Económica esta edición tan bien lograda del libro de José Luis Abellán. -