El encarguito (y otros pendientes), de Guillermo Sheridan | Letras Libres
artículo no publicado

El encarguito (y otros pendientes), de Guillermo Sheridan

En alguna de las crónicas que lo han convertido en el principal escritor satírico mexicano, Sheridan, nacido en 1950, presume de que ha vivido exactamente el cincuenta por ciento del siglo xx, que ha atestiguado el cinco por ciento de los amaneceres del segundo milenio y que ha vivido el 2.5 por ciento de cada cien años transcurridos en la era cristiana, lo cual significa, además, haber sido contemporáneo de Matisse, de Camus o de Stalin. Pero compartir esa estancia en el planeta debería ser ingrato para quienes forman parte de sus blancos favoritos: los capitalinos lo mismo que los provincianos en sus rutinarios hábitos bárbaros y delicuescencias estéticas, el sindicato de la Universidad Nacional y la burocracia que en ella reina, la izquierda local que manda obedeciendo a su buena conciencia, las sacerdotisas de los cultos neoaztecas, buena parte de los franceses que viven y piensan como postestructuralistas, los poetas injertados en demonólogos revolucionarios, los caudillos y las procesiones que los encumbran, los artistas europeos que peregrinan al encuentro del buen salvaje entre los indígenas de Chiapas, y los derechos universales de las minorías ilustradas entre las que destaca el estudiante, quien en sí mismo puede llegar a ser, fatidícamente, la realización del proyecto del diputado, del sindicalista, del intelectual solidario y del automovilista.

Sheridan es el capítulo vigente en la historia de nuestra sátira y es menester leerlo junto a Salvador Novo, Jorge Ibargüengoitia y Carlos Monsiváis. Más allá del destartalado cronista oficial de la ciudad de México que celebraba la fiesta de xv años de los trescientos tetecuhtin y algunos más, Sheridan le debe mucho al Novo que escribió “Lombardotoledanología” (1937). De esa crónica matriz proviene buen parte de la imagen, a la vez mitológica y realista, que de los jefes sindicales y de los lideres populares tiene Sheridan, en ese círculo que se abre en Vicente Lombardo Toledano y se cierra con Andrés Manuel López Obrador, pasando por Fidel Velázquez, el héroe de El dedo de oro (1996), la única novela que ha publicado. Otro de sus personajes preferidos, el subcomandante “Marcos”, pertenece a otra familia, a la guerrilla sentimental y a la guerrilla nada misericordiosa que se desgajó, en mala hora, más que del movimiento estudiantil de 1968 y de su represión, de la Guerra Fría.

De Ibargüengoitia, el maestro más presente, Sheridan aprendió algunos tics y no pocas manías, pero le es ajena la característica esencial de la prosa del guanajuatense, esa opacidad que convierte el chiste, la imprecación y la ironía en elementos que limpian la trama de sus redundancias y ofrecen los trazos simples de la caricatura. Ibargüengoitia es un cartonista; Sheridan, el hipotético autor de un cómic o de una historieta, crónica gráfica cuyo ilustradores principales, serían, por supuesto, Jis y Trino. Obligado a usar el argumento de Las muertas (1977), de Ibargüengoitia, novelita cuya perfección está en su simplicidad falsamente periodística, Sheridan habría descrito, en clave decameroniana, el especioso horror de un burdel provinciano. Monsiváis, finalmente, es otra clase de puritano, aquel que reacciona ante la injusticia con amor a los oprimidos, haciendo un cuantioso depósito moral en la cuenta de quienes los representan o dicen hacerlo, acto que Sheridan se cuidaría de llevar a cabo, movido por el desconfiado escepticismo con el que reacciona ante la inconsistencia de la condición humana.

Del triunfo ecuménico de Vicente Fox en 2000 a la emocionante e imprevista derrota de López Obrador en 2006, del humo del Once de Septiembre a la Francia profunda que votó a Le Pen en los años en que el anglófilo Sheridan vivió en París, esta recopilación reúne las crónicas que publicó en Letras Libres, como antes lo había hecho en Vuelta, revistas que han tenido en él a su columnista más leído. En El encarguito (y otros pendientes), Sheridan confirma la variedad de recursos estilísticos de los que dispone: el hallazgo verbal, el pastiche, el juego de palabras, la paráfrasis, la ilustración del sentido literal, el falso mode d’emploi, la cita culta, el diagrama explicativo y, en fin, la habilidad de ventrílocuo que habla, imita, deforma o reproduce modos, dialectos, lenguas, sirviéndose de Bernal Díaz del Castillo para ilustrar la nueva conquista de la Nueva España por parte de la progresía peninsular o dándole a las izquierdas ese latín que Alfonso Reyes soñaba para ellas.

Al releer las crónicas de Sheridan junto a sus ensayos sobre la tradición de la poesía mexicana, es decir, Cartas de Copilco (1994) junto a Poeta con paisaje:ensayos sobre la vida de Octavio Paz (2004), Lugar a dudas (2004) con Un corazón adicto: la vida de Ramón López Velarde (1989 y 2002), Frontera norte y otros extremos (1988) con Los Contemporáneos ayer (1985), Allá en el campus grande (2001) con México en 1932: La polémica nacionalista (1998), encuentro un equilibrio y una correspondencia entre la puntualidad del historiador literario y la acritud del satírico de las cosas mexicanas.

Ambas voces confluyen en el mismo escritor y me apoyo, para decirlo, en el examen de un solo ensayo, “Llueve sobre México”, que aparece en Lugar a dudas. Esa estampa de un par de páginas combina, a título de magisterio ejemplar, la evocación de un aguacero en el desierto de Coahuila y hasta la nostalgia (“Siempre llueve en el pasado”) con versos de Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Francisco González León y Ramón López Velarde, no sin tomar al vuelo una observación pertinente de Cavafis. Y en un último párrafo dice Sheridan: “En la ciudad, hoy, es otra cosa. Efraín Huerta propone, severo, que la lluvia urbana cae sobre cadáveres. La violencia ambiental de la urbe aumenta con la lluvia. Miles de autos se quedan quietos, espectadores de la lluvia que iluminan con sus faros y tratan de espantar a altovocezazos. De pronto, una imagen incongruente: un niño de seis o siete años, decorado con una peluca de colores, se para de manos frente al coche. El agua le llega a los codos. Se endereza y extiende las manos pidiendo una cooperación. La lluvia le paga con agua ese raro oficio de hacer un show de su miseria. Entonces reparo en que la pintura con que se maquilló de payaso se le ha corrido hacia abajo con el agua, pero también hacia arriba, por vivir de cabeza: una imagen que habrá de quedarse, qué pena, en mi presente.”

A diferencia del crítico estadounidense H.L. Mencken, una de sus lecturas capitales, Sheridan no odia la poesía, sino que se nutre de ella al presentarse como el iconoclasta que se resiste a blandir sus hiperbólicas exageraciones para sustituir el credo que destruye con una nueva doctrina. Pero ello no quiere decir que en Sheridan falte, como no falta en Swift ni en Voltaire, un no lugar, un mundo al revés quizá llamado, también, México, donde acaso la ciudad sea todavía peatonal, como la que caminaron los Contemporáneos, o donde la tarde se asemeje a las que veía caer Ramón López Velarde en la calle de El Pensativo en San Luis Potosí, o en que la infancia sea aquella que visita, afantasmado, Octavio Paz en Mixcoac, o donde surja algún recuerdo, por fuerza bucólico, de la juventud del propio cronista en Monterrey.

Creo que todo lo que hace agudo y temerario (o para algunos, insoportable) a Sheridan proviene de la religión de la poesía mexicana, lo que emana del don sintético de José Juan Tablada, de las atrabancadas elegías casi surrealistas de Efraín Huerta, del azoro del joven Paz ante las piedras mayas, de la caridad de Manuel Gutiérrez Nájera y de algunos momentos, melodiosos y obscenos, de Renato Leduc. Sólo el mejor de los lectores de López Velarde puede atinarle al punto en movimiento que separa lo falso de lo esencial, lo pintoresco de lo verdadero, tratándose de la provincia, lo mismo que sólo quien va y viene sobre Muerte sin fin se ejercita en la más exigente de las gimnasias intelectuales. La obra entera de Sheridan –ensayo y crónica– acaba por convertirse, por ese camino, en algo más interesante y duradero que la de muchísimos de nuestros novelistas, para hablar del género al que se le suele cargar la cuenta por la interpretación del mundo.

En El encarguito, el lector puede tomar dos caminos en apariencia muy distintos. Uno cruza el mundo poético, como en una de las crónicas parisinas, donde recorrer la Île Saint-Louis significa llenar un paisaje de citas poéticas, volver a hacer el paseo de los modernistas y de la vanguardia. El otro sendero, en los textos sobre el periódico secuestro de la Universidad, llama a recorrer, como es obvio, la realidad política. Pero en ambos casos, me parece que Sheridan recurre al mismo procedimiento: descifrar un enigma verbal y, al hacerlo, teñir de moralidad a sus juicios, ejercer de moralista.

En la autobiografía intelectual de Sheridan, libro que sería relativamente fácil componer siguiendo un orden adecuado a través de sus crónicas, encontramos los contrapuntos formativos, entre la Navidad católica y la Navidad protestante, entre la lectura de John Steinbeck y la de J.D. Salinger, entre la poesía pura y la poesía comprometida, hasta llegar a un universo en apariencia maniqueo donde la oscuridad simula adueñarse de todo. Pero tarde o temprano aparece la luz cálida de esas cuantas convicciones modestas y eficaces que se demuestran, por ejemplo, en la solidaridad implicada al cantar una cantata de Bach en un coro. Es en los agravios y en las esperanzas del educador donde la fidelidad a esas virtudes liberales se torna más estricta, pues la obsesión moral de Sheridan está, como lo ha demostrado de manera osada e infatigable, en la defensa de la educación pública universitaria.

La mentira oficial, las supersticiones populares del new age y de la vieja izquierda, el público de la vanguardia transformado en electorado, la fridomanía depresiva y los mexikahlos, la afasia del caudillo, el horror que se sublima en la resurrección de los ídolos aztecas o la tentación de regir las escuelas públicas con la dictadura del lumpenproletariado son algunos de los fenómenos que irritan a Sheridan y dan su forma a El encarguito (y otros pendientes), el libro de un puritano que detesta la estupidez, el fanatismo, la corrupción y todo cuanto delate, además, cierta manera alambicada y churrigueresca de no hacer las cosas o de pensarlas mal.

El personaje que habla en las crónicas de Sheridan es, quizá, su gran creación, y ese ser, a la vez invisible y monstruoso es Alceste, el misántropo de Molière tal cual lo interpreta Paul Bénichou. Es el idealista reformador cuya rebeldía es una inadecuación a las circunstancias, desamparo que lo hace parecer perseguidor y susceptible, egoísta y desdichado. Altivo en su solitaria agresividad, el misántropo, gracias a su hipersensibilidad, se rebela contra la sociedad como un hecho de tal modo abrumador. Es la conciencia mejor dispuesta para señalar, con devastadora lucidez, los vicios de una época ante la cual no puede sino expresar su pasión por la virtud. ~


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