El desencanto, de José Woldenberg | Letras Libres
artículo no publicado

El desencanto, de José Woldenberg

Es terriblemente inquietante que la carrera de un político de izquierda tan inteligente como José Woldenberg se encuentre hoy sumergida en la desilusión. Desde luego, no es suya la culpa. En sus memorias –envueltas en una ligera capa de ficción– nos va describiendo las circunstancias que paso a paso fueron tejiendo el lienzo del desencanto. El libro recorre la trayectoria de Woldenberg (Monterrey, 1952) durante 35 años, desde sus primeros pasos en 1972, cuando organizaba el sindicato de profesores de la UNAM, hasta 2006, desesperado ante las absurdas denuncias de López Obrador sobre un pretendido fraude electoral. El vía crucis político está punteado por siete reflexiones sobre escritores que cayeron en el desencanto ante la experiencia comunista. Las memorias de Woldenberg son también un recuento de siete derrotas: el fracaso en la organización sindical de los académicos de la UNAM, la derrota de los electricistas de la Tendencia Democrática encabezados por Rafael Galván en 1975, la imposibilidad de organizar un movimiento de masas en 1981, el desplome de un proyecto de reformas universitarias en 1986, el rompimiento con el prd en 1991, el resurgimiento de la violencia revolucionaria impulsada por el EZLN y, por último, el arrebato del PRD contra el sistema electoral en 2006. El recorrido es triste pero no hay amargura en los recuerdos de Woldenberg; por el contrario, en sus memorias se siente todavía el aliento del militante inmerso en el placer de la lucha, la invocación de sus ideales y la camaradería festiva. Y no hay amargura porque, a pesar de que reconoce errores, está convencido de que transitó por la ruta correcta. Es la ruta inspirada en los siete desencantados a los que dedica reflexiones estimulantes: Koestler, Howard Fast, Gide, Silone, Orwell, Revueltas y Victor Serge. Woldenberg adopta la actitud decepcionada y crítica de estos escritores, casi todos ellos excomunistas.

Podemos reconocer dos caminos en el largo periplo de Woldenberg, que se entrelazan y se cruzan pero que son diferentes. Son también dos líneas políticas, dos maneras de pensar y dos experiencias vitales distintas. El primero es el camino del sindicalista nacionalista que trabaja con ahínco en la Corriente Sindical y en la organización del Movimiento de Acción Popular (MAP). Se trata de impulsar la intervención de las organizaciones de masas en todas las esferas de la sociedad. Desde esta perspectiva, concibe la democracia como la participación efectiva y organizada de las mayorías en las tareas de gobierno y en los espacios del Estado surgido de la Revolución mexicana. Se quiere construir un proyecto nacional, democrático y popular que, en el seno del Estado autoritario, sea capaz de transformarlo. La columna vertebral de este proceso debía ser la organización sindical del movimiento obrero. La tragedia de esta ruta política radicó en que el movimiento obrero en México, en realidad, constituía el bloque más autoritario y de derecha del sistema priista. En vano se tuvieron esperanzas en los diputados obreros del pri que en 1979 lanzaron un Manifiesto a la Nación donde se hacía un llamado a una “nueva sociedad” impulsada por un “proyecto de desarrollo democrático, nacionalista y popular”. Fue un espejismo que, como lo dije en aquella época para disgusto de muchos, sólo sirvió para alentar la estatolatría de una parte de la izquierda. Hoy sabemos que esa alternativa no tenía ninguna posibilidad de prosperar.

El segundo camino que recorre Woldenberg es el del demócrata que impulsa la lucha electoral y la organización de partidos políticos. Curiosamente esta vía se abre gracias al Partido Comunista Mexicano, que en 1981 decide disolverse para promover una nueva formación democrática. El grupo al que pertenece Woldenberg es invitado por los comunistas a unirse al esfuerzo unitario. El personaje central del libro, Manuel, reflexiona sobre la situación: “Lo nuestro es el movimiento de masas, no las elecciones; las organizaciones laborales, no los partidos.” No obstante, el MAP acepta la invitación del partido comunista, al que Woldenberg califica con razón como un “bicho raro” que se encamina hacia una democracia que los dogmáticos aún tachan de “burguesa”. A última hora el PMT, encabezado por Heberto Castillo, se echa para atrás y rehúsa unirse al nuevo partido, el PSUM. Sintomáticamente, Castillo esgrime como argumento, entre otros, el hecho de que un grupo (el de Woldenberg) que privilegia las reformas sobre la revolución forma parte del proceso. En realidad, esa es una de las mejores aportaciones de Woldenberg y sus compañeros, que suman su reformismo al de una gran parte de los comunistas mexicanos que habían descubierto a lo largo de muchos años de esfuerzos que era el momento de lanzarse a la lucha electoral, construir un partido moderno encaminado a captar la opinión pública, impulsar una transición democrática y renunciar a los dogmas marxistas sobre el movimiento obrero y el proletariado.

Este camino con el tiempo llevará a Woldenberg a convertirse en el gran arquitecto y animador del Instituto Federal Electoral. Su trabajo allí ha sido su más importante y valiosa aportación a la política, y ha sido fundamental para estimular la transición democrática en México. Su entusiasmo durante la campaña presidencial de Arnoldo Martínez Verdugo en 1981 es evidentemente el embrión de la pasión por el tema electoral que desplegará durante muchos años. El torrente de las luchas electorales lleva a Woldenberg a formar parte del consejo nacional del PRD; al mismo tiempo su grupo político se diluye y se transforma, como dice, en una muy sólida red de amistades.

A lo largo del camino como militante en los sucesivos partidos de la izquierda se topa con lo que llama su primer desencanto, que no tiene nada que ver con los procesos políticos electorales. El rector de la UNAM decide eliminar la prerrogativa de los estudiantes de sus preparatorias y sus colegios de ciencias y humanidades a entrar automáticamente a los estudios superiores y suprimir el privilegio de los estudiantes de posgrado a pagar cuotas de inscripción casi nulas. Ello fue envuelto en un paquete de medidas académicas muy débil y poco consistente. En respuesta se levantó un amplio movimiento estudiantil de protesta que frenó los cambios. Woldenberg y sus amigos se opusieron inútil y exageradamente a esta especie de sindicalismo estudiantil que defendía unos derechos adquiridos, a fin de cuentas no tan diferentes a los que había defendido el sindicalismo académico. Además, el peso histórico y simbólico de una antigua escuela preparatoria como parte orgánica de la UNAM y la importancia emblemática de una educación gratuita hicieron imposible que avanzara la malformada reforma académica que quiso imponer el rector.

El segundo desencanto es más comprensible y más importante. Proviene de que el PRD se niega a impulsar una transición democrática pactada con el gobierno priista. El PAN, en contraste, propone y negocia en 1991 las reformas que crearon el IFE y el Tribunal Federal Electoral, piezas fundamentales de la futura transición democrática. Woldenberg renuncia al PRD e inicia poco después su destacada trayectoria en el campo electoral, no sin antes tropezarse con el tercer desencanto: el estallido, más simbólico que real, de la violencia guerrillera desencadenado en 1994 por el EZLN. ¡Tanto trabajo para legitimar una transición pacífica para que unos maoístas trasnochados vinieran a poner en duda en forma espectacular el necesario proceso de cambio democrático!

El cuarto desencanto debe haber sido verdaderamente desgarrador para el gran constructor de los procesos electorales democráticos. El candidato de la izquierda a la presidencia en 2006 se niega a aceptar los resultados electorales con despropósitos y trucos baratos. Pretende primero que se han perdido tres millones de votos. Cuando se aclara dónde estaban estos votos (que no habían sido robados ni estaban perdidos), entonces surge el invento del misterioso algoritmo que furtiva y automáticamente habría modificado, supuestamente, los resultados electorales. Los absurdos se acumulan y, para desesperación de Woldenberg, varios de sus amigos secundan a López Obrador en su incoherente rabieta. Recuerdo que en agosto de 2006 el jefe de gobierno electo del DF, Marcelo Ebrard, llama a que “abran los ojos y cierren las carteras” a quienes firman (Woldenberg, entre muchos otros) un desplegado que rechaza la existencia de un fraude electoral maquinado. El insulto seguramente retumba todavía en la conciencia de Woldenberg, aunque no lo consigna en su libro.

Leer las memorias políticas de Woldenberg será para muchos como mirarse en el espejo: se reconocen las cicatrices de viejos errores, oportunidades perdidas, esperanzas marchitas, rencores acumulados y fracasos dolorosos. Pero también se descubren las señales de aciertos, éxitos, logros y descubrimientos. A quienes hicimos un recorrido paralelo (y que en no pocas ocasiones se cruzó con el suyo), las memorias de Woldenberg nos ayudan a reconocer defectos y equivocaciones. En alguna de las páginas del comienzo el narrador de El desencanto se pregunta: “¿vale la pena intentar reconstruir una vida?, ¿le interesa a alguien además de mí?” De inmediato se contesta: el sentido de estas memorias es impedir que el pasado se pierda.

No sólo lo ha logrado, sino que además consigue que se insinúen nuevas opciones e ideas que habrá que explorar. Creo que para que ese pasado fructifique mejor José Woldenberg deberá dar una vuelta de tuerca más y escribir unas memorias más amplias en las que su pasión política no se enfríe en un baño de ficción y aborde directamente los problemas políticos que nos preocupan a muchos. ~