El corazón al desnudo de una mujer | Letras Libres
artículo no publicado

El corazón al desnudo de una mujer

Bárbara Jacobs

La dueña del hotel Poe

México, Era/cnca/uanl, 2014, 456 pp.

Advierte una de las diversas voces narrativas de La dueña del hotel Poe, de Bárbara Jacobs, que este libro “es el proceso de construcción de una novela y de una mujer; que es el material del que está hecha una novela y es el corazón al desnudo de una mujer”.

Y con esta frase, que es un riesgo en sí misma, asume su propósito de reinventarse a partir y a contracorriente de una sólida trayectoria literaria, desplegando una serie de recursos que van desde la inclusión de un curioso divertimento –una brevísima novela con fallida vocación de bestseller– hasta la correspondencia real con una serie de escritores amigos, a quienes invita a una fiesta imaginaria en un hotel que alguna vez existió, o que tal vez nunca existió pero que parece ser como aquel pastel de Alicia a través del espejo: ese que, no obstante su probable inexistencia, era “un pastel maravilloso”.

Y es que, advierte la voz, lo que tenemos frente a los ojos es el “proceso de construcción, no ninguna novela ni ninguna protagonista de la novela perfectamente bien acabadas”.

Así pues, este libro es un artefacto metaliterario y también un ejercicio de impudor, en la tradición de las denominadas “escrituras del yo”, cuyos antecedentes algunos sitúan en el siglo XVII, con criterios más bien laxos, y que apuestan por la exposición de la subjetividad, por la escritura como experiencia confesional a la manera de Agustín de Hipona o de Rousseau. Por su naturaleza, La dueña del hotel Poe es en cierta medida un tránsito iniciático; un rito de paso que somete a curiosas ordalías a la aspirante para, una vez superadas las pruebas, ser otra, devenir otra, otra que ya es pero nunca se ha permitido del todo asumir su destino.

Las pruebas aquí son metaliterarias, recursivas. Se escribe que se escribe; se muestran los andamiajes del artificio, la tramoya; se juega, se apuesta al riesgo, pero al riesgo controlado de la restricción autoimpuesta, como querían los miembros del Oulipo: Queneau, Calvino, Perec.

Juego que se plantea como riesgo, pero acaso sea un riesgo más tímido de lo que convendría; extrema cautela que invita a una fiesta un tanto melancólica, prudente. Las precauciones abundan; se advierte una y otra vez a quien lee que está frente a un libro que sigue y seguirá escribiéndose, y que como tal debe apreciarse:

“Madera, tiene; le falta ser pulido y redondeado (y quizá, sobre todo, continuado); le falta transformarse en un escrito acabado (aun cuando quedara inconcluso...).”

Y es que “los intentos pueden ser realmente liberadores, pero no todos son necesariamente el intento liberador acertado”, admite con lucidez esa voz que se desdobla en una multiplicidad engañosa y reveladora a la vez, seduciéndose a sí misma. Los descubrimientos que hace la escritora, el hecho mismo de que la escritura sea el tema, la trama, la estructura, el desarrollo.

La dueña del hotel Poe [...] más que una novela ha sido un viaje de exploración en busca de la manera de escribir esta novela”, se enuncia casi al final de la misma.

En este trascurso, hay que ir a cuanto lugar sea necesario, incluido el lugar común, para posibilitar la metamorfosis:

...a medida que fue surgiendo de sus cenizas y edificándose, reconoció lo que era y se desprendió de lo que hasta ese momento supuso que debía ser. Se desvistió de sus personalidades impuestas o prestadas. Su caso fue el de la condenada a cadena perpetua que por sus propios medios logró su liberación, la inválida que autónomamente logró levantarse y andar, una Lázara resucitada, que por sus propios medios logró vencer la atadura mayor.

Salió desnuda a la intemperie.

Esta desnudez, protegida por un denso bagaje de erudición y una aguda autoconsciencia, tan angustiosa como hermética, se revela como poderío cuando hace de la necesidad virtud y se propone exponer la fragilidad para hacerla devenir experiencia estética:

A esta mujer dejó de importarle contradecirse y equivocarse, vivir sin acabar de entender ni adaptarse a la sobreabundancia de nombres y domicilios, como tampoco a la paradójica sobreabundancia de carencias. [...]

[M]ientras más llegara a conocer a la protagonista, menos inquieta me sentiría de haberla sacado a la luz, aun cuando lo que resultara fuera el nacimiento de un monstruo. [...]

¿No equivale su nacimiento a un asesinato? ¿Dar vida a un ser al que simultáneamente le extraes la estructura ósea? Un deshuesado es un ser condenado a no bastarse por sí mismo mientras viva. Un ser al que debes ordenarle, “Lázaro, levántate y anda”, para que se levante y, en efecto, ande.

Obra negra, work in progress, La dueña del hotel Poe es todo él una invitación a una fiesta inexistente en un hotel inexistente donde lo único real es la palabra que, como quería Borges, solo puede aludir, nunca nombrar, y está bien que así sea; entre tanto, la experiencia que compartimos es la de una escritora cuyo testamento literario es, a la vez, el registro de un darse a luz a sí misma en el proceso mismo de construirse, vale decir, de relatarse. ~