El caníbal que caza con la pluma | Letras Libres
artículo no publicado

El caníbal que caza con la pluma

En su más reciente libro, El caníbal ilustrado (Dharma Books, 2019), Antonio Ortuño evoca la ironía y capacidad crítica de Ibargüengoitia.

Durante los años 60 Jorge Ibargüengoitia se convirtió en una de las plumas más afiladas de los medios impresos de nuestro país. A la par de sus extraordinarias obras (Estas ruinas que ves, Maten al león, Los pasos de López, Instrucciones para vivir en México, Los relámpagos de agosto), los textos que publicaba en revistas y diarios no dejaban títere con cabeza, así le costara la amistad de intelectuales o el disgusto de la clase política. Tras su trágica muerte en aquel avionazo en Madrid en 1983, fue inevitable plantearse: ¿habrá algún día otro que escriba como él?

Considero que el puesto le pertenece al tapatío Antonio Ortuño. Desde su primer libro, El buscador de cabezas, hasta su última novela, Olinka, se aprecian esos rasgos irónicos y satíricos de Ibargüengoitia junto a una prosa precisa. No hablo de una copia ni de un heredero, sino de un estilo afín en el que también existen influencias de autores como Amis, Céline, Waugh o Heller, y de bandas de rock como Pixies y The Clash.

Ortuño ha expuesto a su manera la realidad social actual, la idiosincrasia moderna del mexicano y los males de nuestro siglo lo mismo en sus libros que en sus redes sociales. Sin embargo, en El caníbal ilustrado (Dharma Books, 2019), su más reciente libro, evoca a Ibargüengoitia tanto en su sentido del humor como en la ironía y su capacidad crítica.

Esta obra conjunta una selección de textos que publicó en distintos medios, como Letras Libres, La Revista de la Universidad, La Tempestad, Le Monde, SoHo, El País, entre otros. En ellos, como el mismo Ortuño dice, el “punto de vista ha sido ante todo, incluso por encima del enfoque periodístico, el de un espectador interesado pero escéptico”.

Esa distancia le permite hablar de política y literatura alejado del enojo y del “grito” nefasto ante las afrentas de la vida pública y privada, para ceder al sarcasmo como vindicta. En el prólogo, Ortuño aclara que habla de la gente de letras y sus modos “desde la postura de alguien que se acomoda en el balcón, mira el desfile por las calles y se sabe, al menos de modo metafórico un caníbal: ojos y boca repletos de carne humana, que se engulle feliz”.

Ortuño –como Ibargüengoitia– en absoluto es “chistoso”. Podemos definirlo en todo caso como un humorista que traduce los estados de ánimo más escabrosos en historias que hacen maldecir y carcajearse por igual, equilibrio sustancial para que el sentido de sus palabras se mantenga. Por ello dice: “algunos textos son serios porque la literatura debe pensarse siempre desde un cierto rigor. Otros son burlescos porque demasiadas parcelas del mundo literario pueden (y suelen) ser muy ridículas”. Es decir, el escritor pertenece a ese grupo de autores contemporáneos mexicanos (como Emiliano Monge, Elma Correa, Guillermo Fadanelli, Fernanda Melchor, Carlos Velázquez, Rogelio Villareal, Gabriel Rodríguez Liceaga) que entienden que ya es tiempo de detener el lustre incesante de esa escultura llamada Literatura para ver la realidad y la ficción sin pretensiones mayores que las de narrar. El único riesgo de escribir sobre la vida cotidiana y el mundo literario es la lucha contra la fugacidad de los temas que atraen la atención de los lectores, sobre todo en tiempos vertiginosos donde las noticias cambian a cada instante. De tal forma que el reto para esta obra es que sus textos sigan teniendo vigencia con el paso del tiempo.

El caníbal ilustrado comprende cuatro secciones que incluyen las vicisitudes y experiencias de la vida literaria, comentarios acerca de personajes y obras, algunas perplejidades sobre la lectura y apuntes en torno a la escritura. Ortuño muestra las vísceras de la realidad del ser escritor y la vida cultural de nuestro país. No todo son laureles y victorias. Los lectores de vena creadora probablemente se desilusionarán del arte, como narra Ortuño en “Mapa del infierno”: “Uno de los problemas eternos que enfrenta en nuestro medio todo escritor joven es encontrar quien lo lea. Suena a obviedad y lo es: un escritor sin lectores se amarga y languidece”. Mientras que a los críticos pretenciosos (ya sea el que publica en algún medio o se afana de externar sus opiniones literarias en redes o entre amistades) les releva de ese cargo ostentoso para desnudar su vanidad, sirva el texto “El crítico imbécil: close up” para entenderlo: “La primera ley que rige el trabajo del crítico imbécil es clara: no hablar demasiado bien ni de la propia madre. Si la inteligencia, se dice, está en el matiz, por qué no habría de estar en el matiz también la tontería”. La literatura de tintes pesimistas nunca había alegrado tanto.

Sus textos breves, que se niega a llamar ensayos, llevan una profundidad que implica reflexión y análisis, porque además de hacer reír incluyen una dosis de desacralizada cátedra literaria que permite ver a los escritores como simples mentes creadoras: a veces extraordinarias, otras nefastas. Si con Ibargüengoitia trascendió la crítica literaria, cultural, artística y política, Ortuño, por su lado, viene con una literatura igual de enérgica y sensata, en la que habrá de seguir encontrado lectores afines a ese sentido del humor ácido y afilado.