El atajo de la eugenesia | Letras Libres
artículo no publicado

El atajo de la eugenesia

Andrés Horacio Reggiani

Historia mínima de la eugenesia en América Latina

Ciudad de México, El Colegio de México, 2019, 286 pp.

En la misma América Latina de principios del siglo XX, en que proliferaban las ideologías del mestizaje que sustentaron políticas colonizadoras y migratorias en grandes y pequeños Estados, como Brasil, México y Argentina, o Venezuela, Uruguay y Cuba, tuvo lugar una amplísima y favorable asimilación de las ideas eugenésicas. Aquel saber –algunos se resistieron a llamarle “ciencia”– había surgido en la obra del biólogo y etnólogo británico Francis Galton, primo y protegido de Charles Darwin, desde fines del siglo XIX, pero comenzó a institucionalizarse en Europa, Estados Unidos y América Latina en las primeras décadas del XX.

Galton inscribió las tesis de su célebre estudio, El genio hereditario (1869), en la poderosa corriente del darwinismo social. Sin embargo, ya en la década de 1880 sus ideas sobre la pretendida “superioridad” o “inferioridad” de las razas derivaban en un campo de experimentación biológica que llamó, precisamente, “Eugenics”, en alusión a una serie de mecanismos para lograr el “mejoramiento” de la raza. Para los primeros años del siglo XX, con apoyo del Royal Anthropological Institute de Londres, Galton había creado una Eugenics Education Society y una Eugenics Review, que se encargarían de crear redes de seguidores a nivel mundial.

El historiador argentino Andrés Horacio Reggiani ha escrito una historia compacta de las ideas, instituciones y políticas eugenésicas en América Latina. Comienza Reggiani reconstruyendo el viaje de la doctrina a estas tierras, dentro de una amalgama de teorías evolucionistas que abarcaba casi todas las ramas de la ciencia y el derecho: desde la psicología hasta la criminalística. Menciona el autor a algunos ensayistas latinoamericanos de principios del siglo XX, como Carlos Octavio Bunge, Alcides Arguedas y Francisco García-Calderón, que acogieron aquellos referentes. Se podrían mencionar muchos otros: los mexicanos Francisco Bulnes y Emilio Rabasa, los venezolanos José Gil Fortoul y Laureano Vallenilla Lanz, el chileno Joaquín Edwards Bello o el cubano Alberto Lamar Schweyer.

Pero más que las lecturas latinoamericanas de Galton y Le Bon, Gobineau y Lombroso, lo que interesa a Reggiani es la institucionalización de la perspectiva eugenésica en aquellas repúblicas oligárquicas. El historiador encuentra en muchas naciones una legislación tendiente al control migratorio, dirigida contra chinos, judíos, árabes y africanos, que ya percibe en la Ley de Residencia argentina de 1902 y en toda la estrategia de “defensa social” que prolifera entonces en la región. Y agrega un elemento poco ponderado hasta ahora en la historiografía: el gran impulso que confirió el panamericanismo a la eugenesia latinoamericana.

Comenta Reggiani que una Ley de Inmigración presentada en el Congreso argentino por el diputado de la Unión Cívica Radical Carlos F. Melo, en 1919, llamaba a cerrar el paso a las “lacras” y “desechos sociales de la guerra”, provenientes de Europa. Justo en aquellos años comenzaron a celebrarse las Conferencias Panamericanas de Eugenesia y Homicultura, que tuvieron lugar en La Habana, Buenos Aires, Lima y otras ciudades de la región. A partir del respaldo que recibieron desde Estados Unidos, los eugenistas latinoamericanos decidieron avanzar en una estrategia continental que lleva a decir a Reggiani que “la eugenesia latinoamericana fue un caso único de intento de forjar un programa común de repoblamiento cualitativo a escala regional”.

Tres de los países mejor ubicados en esas redes fueron Argentina, México y Cuba, a pesar de que en cada uno, desde fines del XIX, se produjeron políticas migratorias y raciales muy diversas. Lo que unificaba, a la altura del medio siglo, a los ingenieros sociales de esos países, era una mezcla o alternancia entre criollismo, mestizofilia y blanqueamiento, que redundaba en mecanismos de control migratorio e integracionismo racial, contrapuestos a la diversidad cultural. Las páginas dedicadas al caso brasileño, antes y durante el régimen de Getúlio Vargas, donde se comentan los textos e iniciativas de Francisco José de Oliveira Viana, Fernando de Azevedo, Andrade Bezerra y Cincinato Braga, son concluyentes respecto a la sintonía entre la xenofobia y el mestizaje. La propia Constitución varguista estableció que, para “garantizar su integración étnica”, los inmigrantes no podían exceder el 2% del total de residentes de sus respectivas naciones, establecidos en Brasil en el medio siglo anterior.

Esta historia mínima de la eugenesia explora otras áreas de la política pública en las que fue adoptada aquella doctrina como la educación física, la higiene, la planificación familiar o el control de la reproducción. Reggiani menciona, entre otros mecanismos eugenésicos, los exámenes médicos prenupciales para evitar la trasmisión de enfermedades venéreas, que se aplicaron en países como Brasil, Chile, Bolivia, México, Panamá y Cuba, o las leyes de esterilización, dentro de las que destaca la veracruzana de 1932 promovida por el gobernador Adalberto Tejeda. Sostiene el historiador argentino que Tejeda impulsó la Ley 121, en aquel año, como parte de una reforma profunda del Código Civil estatal que buscaba corregir hábitos y vicios, como el alcoholismo y la prostitución, que contribuían a la “degeneración de la especie humana”. En la “Sección de Eugenesia e Higiene Mental” de aquella ley, se proponía la esterilización forzosa de “locos, idiotas, degenerados o todos aquellos dementes”, cuya condición fuese “incurable o hereditariamente trasmisible”.

Se detiene también Reggiani en los estudios biométricos realizados por José Gómez Robleda y su equipo, en la unam, durante los años cuarenta. En sus investigaciones biotipológicas sobre los pescadores y campesinos tarascos, Gómez Robleda llegó a la conclusión típicamente integracionista de que el atraso de las comunidades indígenas se debía al aislamiento y no a alguna “inferioridad” o “degeneración” étnica. Aquellas comunidades, según el científico mexicano, eran aptas para la “vida civilizada” y, para alcanzar su “progreso” o su “adelanto”, era preciso implementar políticas favorables a su integración social y económica, dentro de las que figuraba la apuesta eugenésica por el mestizaje. En Gómez Robleda encuentra Reggiani una de las más claras formulaciones, en América Latina, de una política “indigenista” basada en la “desindianización” de la sociedad.

Tal vez hubiera sido interesante cerrar este libro con alguna reflexión sobre los usos transversales de la eugenesia que se observan en la América Latina de principios del siglo XX. Al igual que en Estados Unidos y Europa, donde la eugenesia interesó lo mismo a gobiernos democráticos que totalitarios, en nuestra región fue un atajo para acelerar el desarrollo social, adoptado por repúblicas oligárquicas, dictaduras caudillistas, populismos clásicos como el varguista o el peronista y Estados posrevolucionarios como el mexicano. Muchas subsistencias del proyecto eugenésico se verificaron en todo el espectro político latinoamericano de la Guerra Fría, desde las dictaduras militares de Brasil y Argentina hasta la Revolución cubana. ~


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