El ángel negro, de John Connolly | Letras Libres
artículo no publicado

El ángel negro, de John Connolly

 

Hay que coincidir con Rodrigo Fresán cuando dice que Falling Angel (1978) es “el hito más o menos fundante de un subgénero a denominar policial-satánico”. En efecto: a treinta años de su publicación, la espléndida novela de William Hjortsberg –llevada al cine por Alan Parker con el título de Angel Heart (1987)– sigue manteniéndose como puntal de un mestizaje de géneros pop que ha dado diversos frutos gracias al tête à tête entre Harry Angel, el detective que carga dignamente con toda la herencia chandleriana, y Louis Cyphre, el empresario que oculta su naturaleza luciferina tras la aliteración nominal. Uno de los frutos más notables de este enfrentamiento es Charlie Bird Parker, el policía neoyorquino vuelto investigador privado a raíz de que su esposa Susan y su hija Jennifer son brutalmente asesinadas en su casa de Brooklyn por el Viajante, el multihomicida que asuela las páginas de Todo lo que muere (1999), libro con el que John Connolly inaugura una saga policialsatánica que a la fecha se compone de seis partes más: El poder de las tinieblas (2000), Perfil asesino (2001), El camino blanco (2002), El ángel negro (2005), Los atormentados (2007) y The Reapers (2008). Sombrías y melancólicas, llenas de un salvajismo casi metafísico que se extraña en otros seriales detectivescos, las novelas de Parker descubren a un sabueso inusual que –según él mismo admite– se debate entre “el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, y en ambos [procura] mantener un poco de paz”; un hombre que cambia las fugas musicales de su homónimo saxofonista por huidas que lo conectan con el más allá y que, en palabras del rabino Epstein –que debuta en Perfil asesino y resurge en El camino blanco y El ángel negro: el uso de personajes como ritornellos es uno de los rasgos distintivos de Connolly–, quizá sea “un ángel exterminador que ha sido mandado para que restaure la armonía entre los dos mundos”. Como si reformulara la frase que Julio Cortázar pone en boca del Parker jazzista (“Esto lo estoy tocando mañana”), el Parker investigador se mueve así entre dos orbes igualmente sangrientos, a sabiendas de que en el presente debe tolerar el peso de un pasado que nunca se aligerará: “Partes de mi pasado [...] seguían filtrándose en el presente, como residuos tóxicos que emponzoñan lo que en otro tiempo fue tierra fértil [...] El pasado me espera, un monstruo creado por mí.” Un monstruo, cabe añadir, que no deja de amenazarlo en la finca de Scarborough, Maine, donde se ha exiliado con Rachel –a quien conoce en Todo lo que muere– y Sam, remplazos de la mujer e hija asesinadas que lo acechan en forma de voces y presencias fantasmales: “Nosotras seguiremos aquí. Nos quedaremos contigo y yaceremos junto a ti en la oscuridad.”

Más que en otros libros de la saga diseñada con destreza por Connolly (Dublín, 1968), esa oscuridad comienza a cobrar visos inframundanos en El camino blanco, donde el reverendo Aaron Faulkner –siniestro legado de Perfil asesino– advierte que las cosas que ocurrirán en el futuro ni siquiera serán humanas, y termina de acentuarse en El ángel negro. A través de Louis, uno de sus mejores amigos –el sicario que junto con su amante Ángel integra una pareja que remite nominalmente a las antípodas de Falling Angel–, Parker entra en contacto con la penumbra que rodea a Alice Temple, la prima de aquel. La misteriosa desaparición de la chica, una junkie que se prostituye en el barrio neoyorquino de Hunts Point, echa a andar un complejo mecanismo narrativo que aúna el thriller a la reconstrucción histórica y pasea con gran agilidad entre pasado y presente: de la explotación de las minas de plata en Bohemia en el siglo XIII a los feminicidios en Ciudad Juárez y sus nexos con los círculos del poder y las sectas religiosas en México; de la destrucción de un monasterio cisterciense en el siglo XV al saqueo de los tesoros de Europa durante y después de la Segunda Guerra Mundial; de la creación del célebre osario de Sedlec en la República Checa, emprendida en el siglo XIX por el tallista Frantisek Rint con los restos de cuarenta mil personas, al comercio de mementos mori que incluyen esculturas óseas y volúmenes encuadernados en piel humana (las insólitas encuadernaciones antropodérmicas); del Libro de Enoc, el apócrifo bíblico donde se refiere la odisea de los ángeles caídos, a la actualización de la leyenda de la cofradía de los Creyentes, cuyos miembros llevan un bidente tatuado a fuego y tratan de reunir a los demonios gemelos Ashmael e Immael, este último convertido en estatua durante el proceso de mutar en hombre. Al centro de esta madeja que Connolly teje con una prosa en la que destellan fulgores líricos se halla justamente la efigie de Immael, cuya ubicación está cifrada en un mapa repartido en fragmentos ocultos en una serie de cajas de plata; la búsqueda de tales cajas involucra tanto a seres de carne y hueso como a criaturas similares a las que Parker había visto ya en El camino blanco, sobrevolando la prisión donde permanece encerrado el reverendo Faulkner: “No se me acercaron, pero percibí la hostilidad que me tenían y algo más: el sentimiento de sentirse traicionados, como si, de alguna manera, yo fuese uno de ellos y les hubiese dado la espalda.” Consciente de la naturaleza ultraterrena que le adjudica no sólo el rabino Epstein sino ese “depósito de almas” llamado Brightwell, que lo considera el único ángel caído que efectivamente traicionó a los de su especie al apelar a la redención, el detective ideado por John Connolly entabla una lucha con las fuerzas de las tinieblas de la que –al igual que su colega y antecesor Harry Angel– no sale del todo bien librado. Pero esa, a fin de cuentas, es parte intrínseca de su condición: ángeles exterminadores como Charlie Parker están condenados a dar la batalla por la literatura policial, recios y melancólicos, hasta que se derrumben. ~