“Editar es prescribir” | Letras Libres
artículo no publicado

“Editar es prescribir”

El libro Una vocación de editor puede leerse como un breve pero muy completo diario de viaje, en el que Ignacio Echevarría narra muchos de los puertos que Claudio López Lamadrid tocó a lo largo de su carrera editorial, al tiempo que se ve reflejado en el espejo de su amigo el editor.

Una vocación de editor
Ignacio Echevarría
Prólogo de Emiliano Monge
Querétaro, Gris Tormenta, 2020


 

Ignacio Echevarría (Barcelona, 1960) conoce a Claudio López Lamadrid (Barcelona 1960-2019) como muy pocas personas. Cómplices de lecturas y derivas administrativas de todo tipo en la editorial Tusquets, Echevarría y López Lamadrid crecieron juntos, compartiendo un viaje de destino incierto en el que los libros ofrecían las virtudes de un oficial derrotero.

Sabemos que uno no puede hacerse a la mar y señalar fijamente el destino. Hay que sortear tormentas, medir los nudos e inclusive leer las estrellas para establecer las múltiples derrotas –de rutas– en las que se va estableciendo el rumbo. “Leer, leer, leer,” escribe Echevarría, como máxima que se repetían ambos amigos frente a un universo en el que las preguntas llovían a cascadas y, con el paso del tiempo y el andar, fueron asentándose –a veces con respuestas–.

Una vocación de editor bien podría leerse como un breve pero muy completo diario de viaje en el que Echevarría narra muchos de los puertos que López Lamadrid tocó en el ejercicio editorial; al mismo tiempo, se ve reflejado en el espejo de su amigo el editor. Era tal la complicidad entre ambos, que al final decidieron tomar caminos opuestos en el mismo ecosistema: Echevarría se convirtió en crítico literario y López Lamadrid en editor: “Ambos, crítico y editor, son prescriptores, pero prescriben con la vista puesta en lugares distintos”, escribe Echevarría.

Hoy es más frecuente encontrarse con ejercicios editoriales que optan por una postura colaborativa y coral de la edición: casas editoriales que hacen labores de corrección, edición, cotejo y diseño en equipo, así como publicaciones que ponen en entredicho el sufijo mismo de “editor”.

La trayectoria del propio López Lamadrid es ejemplar en ese sentido , ya que no solo se sumergía en las labores del “editor de mesa”, –aquel que trabaja el cuidado de los textos y el acompañamiento editorial, mucho más cercano al editor, anglosajón– sino que también moldeaba su quehacer en territorios distantes y distintos a la página de papel, haciendo lo que cabría en la noción de publisher. López Lamadrid equilibró su relación y acompañamiento sigiloso a los autores que admiraba y editaba con una presencia activa en aquello que algunas personas llaman cadena del libro, cultivando relaciones estrechas con agentes literarios, editores, impresores y demás, con tal de estar lo más cerca posible de aquellas personas que dan vida al universo de las letras: los lectores.

Claudio –como lo llama el propio Echevarría– podría ser considerado una persona bisagra que conecta aquel universo de editores caballerescos con una edición que podríamos llamar –por tener un parámetro temporal– contemporánea. Aquellos editores “clásicos” gozaron el apogeo de su definición en la solapa de los sacos de tweed de Giulio Einaudi, Gaston Gallimard o Carlos Barral, quienes encarnaron la mística de los sellos que llevan sus nombres. En esas editoriales efervescieron muchas de las ideas políticas de la época de posguerra.

Sobrino de Esther Tusquets, López Lamadrid creció con esa gauche divine catalana que fue semillero cultural del mundo, en la que florecieron artistas de toda disciplina, galerías, museos y editoriales. El joven Claudio convivió de cerca con los editores clásicos que dirigían casas como Anagrama, Grijalbo, Mondadori, Acantilado e inclusive las anglosajonas como Knopff o Faber & Faber, y con el tiempo llegó a dirigir el escritorio del que salían las novedades de muchas de esas editoriales, concentradas en el inmenso consorcio Penguin Random House Mondadori.

Aunque su personalidad fue sigilosa y callada frente al reflector de quienes escribían, Claudio López Lamadrid supo encontrar en las redes sociales y el internet un territorio fértil para acercarse a muchos más lectores. Esa apertura hacia las nuevas tecnologías no solo habla de la incesante búsqueda por promover la lectura; también acusa que Claudio fue hijo de su tiempo. Un editor que defendió un perfil polisémico de la profesión editante, que sabía que mucho de lo que permite que un libro se lea y llegue a las librerías reside fuera de la oficina.

Mediante las selfies que López Lamadrid se tomó con los escritores a los que quería, admiraba y editaba, podríamos hacer una lectura estética de su perfil editorial. En las esquinas de las instantáneas aparece un hombre inmenso que no acapara ni el foco ni el encuadre pero que está allí, en un pequeño resquicio. Curioso que un hombre de aspecto tan imponente encontrase –incluso en la inmediatez de una selfie– la manera de tener una presencia sutil.

Echevarría compara la práctica editorial de nuestros días con el trabajo de un disc jockey. Dice: “El éxito del DJ depende de su capacidad de sintonizar con los ocupantes de la pista, cuyas apetencias, cuyos gustos, cuyo grado de excitación o de embriaguez comparte en buena medida –por mucho que le corresponda a él estimularlas y modularlas”. Quizá también quepa la comparación con un personaje en la industria musical que, curiosamente, lleva el nombre de publisher. La coincidencia en el nombre no es casualidad, ya que se trata de un personaje que se encarga de acercarse y acompañar a los artistas; trabajar con los organizadores de conciertos y festivales; gestionar los “carruseles” de entrevistas; elaborar materiales para las redes sociales y también construir la ruta de un catálogo musical. Es decir, los artistas que forman parte de un sello discográfico, mantienen una mística similar a los escritores que configuran una colección. El publisher musical contempla los escenarios, tanto íntimos como públicos, que pueden ayudar a que un artista sea escuchado.

López Lamadrid aseguraba que “el editor trabaja para el escritor y nunca visceversa”. En el año 2000, coordinó junto con Gabi Martínez una colección literaria llamada Año 0. En esa cartografía se acercó a Héctor Abad Facioline, Roberto Bolaño, Rodrigo Fresán, Santiago Gamboa, José Manuel Prieto y Rodrigo Rey Rosa para que escribieran ficción, crónica o diario en torno a alguna capital que no fuera la propia. De aquel gesto, recuerda Echevarría, surgieron títulos como Mantra o Una novela lumpen. ¿No hay en ese encuentro una evidente reciprocidad entre escritor y editor? Aunque el editor se encarga de reunir todas las condiciones para construir un territorio de reflexión, también hay una parte creativa en la que su condición fija de “editor” parece más bien estar también en gerundio.

Una vocación de editor es una radiografía de su tiempo porque es también una radiografía de quien lo protagoniza. A diferencia del DJ, el editor tiene una responsabilidad ética, no solo con lo que propone, publica o pone en la tornamesa, sino también con lo que decide no publicar. Aunque López Lamadrid trabajó con los escritores más importantes de su presente y fundó líneas editoriales trascendentes, el gran mérito de su presencia reside en entender que había muchos más equilibrios incluidos en la publicación de un libro. A Claudio le tocó entender que los agentes literarios, los abogados, los tipógrafos, los empresarios de mancuenrnilla, las ferias, las nuevas tecnologías, los bloggers, los libreros independientes y de cadena eran aliados fundamentales para navegar el maremágnum literario.

En las páginas finales de su ensayo, Echevarría consigna que Claudio López Lamadrid decía “Editar es prescribir”. Me gusta leer esa idea desde una óptica curativa o boticaria, en la que el editor pre-escribe una receta para sumergirnos en una manera de leer el tiempo que caminamos.