Ébano, de Ryszard Kapuscinski | Letras Libres
artículo no publicado

Ébano, de Ryszard Kapuscinski

África, viaje non-stop
      
     Ryszard Kapuscinski, Ébano, Anagrama, Barcelona, 2000.
      
     Al hombre que ha visto 27 revoluciones, casi un centenar de sequías, guerras civiles, hambrunas y los encumbramientos y caídas de los poderosos en África, Latinoamérica y Asia, que en 1966 fue rociado con benzina por los rebeldes nigerianos (un oficial ebrio dio una contraorden justo a tiempo para evitar que lo inmolaran) y que, más tarde, en su casa de Varsovia, junto a su esposa Alicia, ha reconstruido sus experiencias en casi una veintena de libros y un documental (Viaje imperfecto, 1994), no se le puede considerar sólo un corresponsal de guerra. En una entrevista reciente para Newsweek, describió lo que le ha llevado a viajar por África cotidianamente desde 1957: "Estoy fascinado por la forma en que se hace la historia. Cualquier historia, de Europa o del mundo, siempre es dramática y sangrienta en un inicio. Lo mismo se aplica a África: nace en el dolor, el sufrimiento y el conflicto".
     En Ébano, Kapuscinski no viaja con las comodidades de los media workers de las cadenas internacionales, sino con los recursos del testigo: en camiones atestados de enfermos de malaria, en autos rentados que tiene que manejar entre manadas de ñus, haciendo auto-stop en medio del Sahara con un acompañante anónimo a quien se le descompone el coche, en lanchas que no le permiten escapar de un secuestro de periodistas rehenes en la isla de Zanzíbar y —como todos los africanos pobres— a pie. "Soy un poco un misionero —y muchos misioneros se han sentido bien en África. Es la única actitud posible; de otra forma, las condiciones pueden ser agobiantes. O también puedes ir a un hotel con aire acondicionado y refrigerador. Pero esa no es África".
     Caminando al lado de desempleados y de los nómadas, Kapuscinski acompañó a varios de los líderes de las guerras de liberación del continente: consecuenta a un flamante ministro de Educación en Ghana que tiene 21 años y debilidad por las cámaras fotográficas, conoce a los tres dictadores de Uganda y atestigua los cambios que África ha sufrido en cuarenta años de historia: "A mediados de los setenta, se habían acabado las promesas de décadas anteriores, en cuyo transcurso la mayoría de los países del continente se habían liberado del colonialismo y habían empezado una nueva andadura de Estados independientes. Tenían la idea de que la libertad traería automáticamente el bienestar. Pero no ocurrió. Los nuevos países africanos fueron escenario de una lucha encarnizada por el poder que utilizaba todo: los conflictos tribales y étnicos, la fuerza del Estado, la tentación de la corrupción, la amenaza de la muerte". Acaso el retrato más agudo que hace Kapuscinski sobre ese transcurrir es el de Idi Amín, uno de los dictadores de Uganda: alguna vez campeón de pesos pesados del box nacional, Amín había nacido en una localidad que quedó, como muchas, atrapada entre las fronteras de Zaire, Sudán y Uganda. Los pobladores de estas tribus tuvieron que emigrar a ciudades que los rechazaban por no ser originarios y porque no tenían nada que ofrecerles. Escribe Kapuscinski: "En Europa, la gente que se ve en la calle camina a un destino determinado. En una ciudad africana no va a ningún lado: no tiene a dónde ir, ni para qué. Deambula, permanece sentada a la sombra, mira a su alrededor, dormita". De esa invasión obligada surge Amín, quien, como Bokassa en la República centroafricana o Soglo en Dahomey, es reclutado y ascendido por el ejército colonial, que prefiere contar con soldados que provengan de tribus distintas a las mayoritarias. Amín ni siquiera sabe hablar swahili. Cuando da el golpe que destrona a su antecesor, Obote (que había descubierto que Amín le había robado oro y marfil a la guerrilla anti-Mobutu en Zaire), asesina a las tribus mayoritarias y reconstruye el ejército con jóvenes que no hablan las lenguas de la región, las bantús. Aislados del mundo en el que arrestan, torturan y ejecutan, los nuevos soldados dependen de Amín. Y éste les ordenará matar a trescientos mil opositores en menos de ocho años. Un desarraigado con un ejército de recién llegados, Amín cambió para siempre el rostro de Uganda: los peces de los lagos terminaron sobrealimentados y grasosos. Y es que las víctimas de su régimen eran sepultadas en el fondo.
     El viaje non-stop de Kapuscinski es una ruta hacia la literatura: "Así nací, incapaz de quedarme en un lugar. Quizá sea una deficiencia: el hombre que está satisfecho no tiene necesidad de irse. Para mí lo más importante es escribir. Y para escribir, necesito esas historias". Su África es el territorio del arte de los hechos: pueblos que padecen de hambruna junto a mercados llenos de mercancías, decenas de catedrales construidas dentro de montañas para evitar la ira de los musulmanes, presidentes europeos que apoyan a criminales, niños que componen milicias porque los adultos murieron en los primeros años, ladrones que se roban hasta el techo de las casas, tribus cuya única fuente de poder es una vaca o un camello, lugares donde tener una olla o una bicicleta hacen la diferencia entre la pobreza y la clase media, poblaciones que creen estar embrujadas y huyen de sí mismas, canciones patrióticas en el desierto cuyo coro es "mi Patria es ahí donde llueve", familias que comparten un solo dulce entre decenas y lo hacen a partes iguales, y todo un continente que vive en un tiempo de penuria y tragedias que se compensa con un mundo paralelo donde los muertos te cuidan. Escribe Kapuscinski tras levantarse sobresaltado por los ruidos de la noche: "Aquí la vida es un esfuerzo continuo, un intento incesante de encontrar ese equilibrio tan frágil, endeble y quebradizo, entre supervivencia y aniquilación". -