Diatriba de la vida cotidiana, de Rafael Pérez Gay | Letras Libres
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Diatriba de la vida cotidiana, de Rafael Pérez Gay

NO DEJAR TÍTERE CON CABEZARafael Pérez Gay, Diatriba de la vida cotidiana (y otras derrotas civiles), Cal y Arena, México, 2001, 136 pp.En una de las primeras cartas que Flaubert envió a Iván Turguéniev, presagio de una abundante correspondencia que sostendrían durante casi dos décadas, se refirió a la distinción como una de las características que más admiraba en los libros del escritor ruso. A Flaubert le sorprendía la capacidad de su amigo para transmitir verdad sin caer en cursilerías ni tampoco en trivialidades. Esa transmisión de lo verdadero puede ensayarse, como en el caso de Turguéniev, de una manera casi soterrada, oculta en su estructura dramática o, en sentido contrario, haciendo uso de la máxima o la sentencia como medios tradicionales más efectivos para comerciar con verdades de una forma más descarada. Ahora bien, sea una sentencia o una prosa sutil, tendrían que poseer no sólo elegancia estilística, sino también cierto aire desenfadado que nos anuncien su calidad literaria. Nada peor para la literatura que una máxima que se asemeja a un imperativo religioso. Esto viene a cuento porque Rafael Pérez Gay ha publicado un libro donde reúne un conjunto de diatribas sobre la vida cotidiana (diatriba de la academia, de las cosas usadas, del realismo, etcétera). Una diatriba, atendiendo a su origen griego, es una crítica de las costumbres que suele presentarse como discurso filosófico. En un sentido más moderno se hace acompañar, además, de una intención sarcástica que despierta en los lectores sentimientos de complicidad, vergüenza o indignación, como fue el caso de Federico el Grande, quien, después de leer una sátira de Voltaire, renunció a continuar siendo su mecenas.
     Rafael Pérez Gay ha escrito estas diatribas con aparente desenfado, como si sólo con proponérselo hubiera desarrollado un estilo capaz de contener en su movimiento sencillez y profundidad, virtudes notables en estos días en que la sencillez literaria es un asunto tan complicado. Son narraciones que en su aparente recreación de lo cotidiano persiguen, no sin cinismo, el comentario reflexivo, la audacia crítica. Una de las diferencias que posee la reflexión con respecto a la máxima —pensaba Barthes— es una cierta fragilidad, una precaución en el discurso, además de un lenguaje más delicado, más abierto a la bondad. En consecuencia, cada diatriba tiene en su propia casa un breve número de citas que, como sentencias, van dibujando el temperamento moral del escritor. He aquí entonces una descripción mecánica de un libro que no tiene nada de mecánico. Por el contrario, puede leerse como un diario que se escribe sin vergüenza, pero que se sabe será leído por extraños: un diario que guarda, como es propio de su carácter invectivo, la necesidad de marchar a contracorriente, de incomodar, pero sobre todo de llamar la atención de sus amigos.
     La diatriba que Pérez Gay dedica a los novelistas fecundos —esos incómodos obreros— culmina con una afortunada sentencia de Mark Twain que muestra lo absurdo de dedicarse ocho meses a escribir una novela cuando, por unos cuantos pesos, pueden comprarse varias en cualquier librería. Como ésta, casi ninguna cita en el libro parece inútil, e incluso, en algunos casos, se tiene la impresión de que precisamente una cita ha sido el estímulo para construir una diatriba. Un ejemplo: en la diatriba dedicada al alcohol, Rubem Fonseca dice que a los escritores no les gusta escribir. ¿Cuántos libros podrían escribirse sobre este secreto a voces? Si los escritores continúan con su oficio, es por necesidad o por manía, pues si estuviera en ellos se dedicarían con más gusto a beber vino. De la misma manera, podrían escribirse varios tratados para demostrar que las mujeres no saben nada del amor o que el psicoanálisis es completamente inútil. Por fortuna no es necesario que nadie se dedique a tales infamias, pues son verdades evidentes en el terreno de la literatura.
     Pérez Gay sabe en qué momento es necesario —estético— arriesgar un juicio a contracorriente. Sobre todo porque sus diatribas tienen como origen una madurada experiencia en la conversación mundana. Así es: su escritura está animada por el cada vez más extraño deseo de ser una conversación que, a su vez, sea conocimiento, razón por la que sus diatribas no sólo son breves, sino además versan sobre asuntos cotidianos. Sabemos que hasta la vida más interesante se debe a una rutina, y que el número de actos que se repiten diariamente con corriente exactitud es inmenso. Pero es en el escrutinio que una mirada aguda logre hacer sobre estos actos donde aparece el desenlace moral o filosófico. Con esto no quiero sugerir en absoluto que a Pérez Gay le interese enmendar las costumbres de sus semejantes —creo que a ningún hombre sensato le interesaría mover más de un dedo en ese asunto. De hecho, en sus diatribas más mordaces se coloca a sí mismo como objeto del sarcasmo. La inclusión de sí mismo en el escenario del libro es, además de un pretexto para evitar caer en la pedantería de considerarse un testigo inmaculado, una manera de situarse en su propio tiempo y entre su propia gente. Y es que, en una época reacia a la solemnidad, a la veneración del pasado, la obsesión contemporánea por la cultura popular es endémica. Un ejemplo lo ofrece el mismo Rafael cuando confiesa que, mientras los mayores de su generación hacían la Revolución, él se pasaba las horas viendo Don Gato y su pandilla.
     Algo más: a pesar de la diversidad temática de estas diatribas, el humor es en ellas una constante. Un humor que en algunas ocasiones es exceso de confianza, abuso, pero que de ese modo se revela como el rasgo más humano del escritor. En Diatriba de la vida cotidiana el estilo se adueña del pensamiento: la forma se vuelve uno con el contenido. Esto es común en tantos escritores franceses que gozan haciéndonos pensar que la sencillez de su estilo es una cosa de todos los días. Y no hay que leer muchas páginas de su libro para enterarse de que Pérez Gay es un francófilo consumado: uno que gusta de referirse a Balzac como a un gordo encafeinado de barba rala. -