Diarios (1847-1894), de Lev Tolstói | Letras Libres
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Diarios (1847-1894), de Lev Tolstói

Isaías en Yásnaia PolianaLev Tolstói, Diarios (1847-1894), Ediciones Era-Conaculta-Fonca, México, 2001.Los grandes diarios personales de las sociedades ilustradas de la Europa moderna tienen su antecedente más conocido en el Diario de un burgués de París, citado con abundancia por Johan Huizinga para ilustrar la vida en lo que él llamaba "el otoño de la Edad Media", es decir, el siglo XV; y alcanzaron una especie de extraño apogeo en los apuntes de Samuel Pepys, en la Inglaterra del siglo XVII. En el siglo XX, los diarios de André Gide, de Franz Kafka, de Virginia Woolf y de Ernst Jünger figuran entre los más célebres.
     La edición que ha hecho Selma Ancira de los Diarios de Lev Tolstói constituye, entre nosotros, un trabajo literario ejemplar. Pone al alcance de los lectores mexicanos del siglo XXI, en un volumen limpia y bellamente ejecutado por Ediciones Era —en coedición con el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes—, una dimensión apasionante, y hasta ahora desconocida, del genio del novelista ruso: la introspección autobiográfica como un arma bien afilada de investigación de las esencias y los mecanismos del alma; una pesquisa de las mutaciones que opera el tiempo en el ánimo, las ideas y el talante de un escritor de raza.
     El conde Lev Nikoláievich Tolstói (1828-1910) emprendió a lo largo de su vida una aventura doble: explorar con un realismo implacable varios momentos históricos, por un lado; dictarle a sus lectores, por otro, en el vaso de sus narraciones, una lección de idealista moralidad cristiana. Fue al mismo tiempo un psicólogo y un poeta épico. Sus Diarios nos ofrecen un tercer enclave del personaje multifacético que sin duda fue: son el testimonio personal de su cotidianidad y de su atormentada formación intelectual y espiritual.
     En 1847, Tolstói tenía 18 años de edad. Muy joven se incorporó en el ejército, en calidad de conde-cadete, como él mismo escribe, y en algún momento de esos años habría de entrar como voluntario en las fuerzas armadas que sostenían una feroz campaña militar en contra de los montañeses del Cáucaso. De su experiencia entonces, evocada muchos años más tarde, surgirá uno de los relatos más hermosos de la literatura universal: Hadjí Murat. Pero a mediados del siglo XIX es un escritor en ciernes que todavía no ha comenzado a publicar sus textos; sobre todo, es un joven torturado por las tensiones entre la carne y el alma.
     Las tribulaciones del conde en su bitácora cotidiana son un espectáculo conmovedor. Leemos cómo, día tras día, semana tras semana, un año sí y otro también, los problemas que como terrateniente, escritor y moralista se plantea son los mismos, pero él es en cada momento diferente: envejece, reflexiona, se altera de acuerdo con los ritmos de la edad, el deseo y los acontecimientos de su creciente vida pública. Y al mismo tiempo, en esa diversidad de la experiencia, nos queda la impresión de un temperamento obsesivo y único, de la juventud a la vejez. Los Diarios podrían llamarse "el profeta en la intimidad" o "quebrantos y exaltaciones de un genio literario".
     Uno de los temas cardinales de los Diarios es la impracticabilidad del código moral del cristianismo —de un peculiar cristianismo ruso y decimonónico, mejor dicho—, canon ético que Tolstói no deja de defender de propios y extraños, en primer lugar de él mismo, a la vez que lo desconoce en sus actos y en sus decisiones. La conciencia acerada del escritor es el protagonista metafísico de estas páginas.
     Los apuntes nos dan no solamente la dimensión humana del gran personaje, como suele decirse; sino también las pequeñeces, mezquindades, euforias y equivocaciones de su vida sobrehumana. La foto a página entera de Lev Tolstói a los 50 años, reproducida en el cuadernillo de imágenes, recuerda, a quien quiera verla así —no serán pocos—, a un sabio poeta del Antiguo Testamento, una especie de Isaías extraviado entre los mujiks. Esa imagen poderosa (barba larga y revuelta, mirada ígnea) contrasta con la de otro héroe de la no-resistencia, Gandhi, con quien el novelista ruso se cruzó algunas cartas, como consta en la cronología preparada por Ricardo San Vicente.
     El libro tiene momentos inolvidables: la mordida que una osa le propinó a Tolstói en la cara, en 1859; los desvelos del conde para aprender el oficio de zapatero y sus horas dedicadas a coser botas; su turbulenta relación con Turguéniev; las reglas autoimpuestas, a menudo extrañas, que esmaltan sus días, como la de "Aprender cada día algunos versos en un idioma que no sepas bien". Desde luego, será gratificante para los fieles lectores tolstoianos buscar y encontrar los puntos de contacto entre los Diarios y las grandes novelas. El personaje de Levin en Anna Karénina, por ejemplo, tiene su origen en el propio escritor, sin la menor duda; es algo que ya se sabía, pero de lo cual se entera uno aquí, en estas páginas, de primerísima mano. La carrera como soldado de Tolstói alimentó cientos de páginas de La guerra y la paz, y aquí nos enteramos de los pormenores de ese aprendizaje.
     Ediciones Era ha publicado antes otros diarios de artistas: los de Paul Klee, libro agotado hace ya varios años, y los de José Lezama Lima. Además, con su sello apareció en 1968 el ensayo de George Steiner titulado Tolstói o Dostoievski, de donde entresacamos esta imagen del profeta de Yásnaia Poliana: "La vitalidad gigantesca de Tolstói, su vigor de oso, sus hazañas de resistencia nerviosa y los excesos en él de todas las fuerzas de la vida son notorios. Sus contemporáneos, entre ellos Gorki, lo vieron como un titán que vagaba por la tierra con una majestad antigua. Había algo fantástico y oscuramente blasfemo en su ancianidad. En la novena década de su vida parecía un rey, de pies a cabeza. Trabajó hasta el final, sin doblarse, pugnaz, gozando de su autocracia. Las energías de Tolstói eran tales, que no podía imaginar nada ni crear nada de pequeñas dimensiones. Siempre que penetraba en una habitación o en una forma literaria daba la impresión de un gigante que tenía que inclinar el cuerpo para atravesar una puerta construida para hombres corrientes."
     Un gigante, un titán: sí, pero también ese hombre corriente que construyó la puerta de sus Diarios para atravesarla constantemente con un dolor humano, a veces demasiado humano. -