Después de la violencia | Letras Libres
artículo no publicado

Después de la violencia

Verónica Murguía

Loba

México/Madrid, SM, 2013, 507 pp.

Loba narra la historia de Soledad, princesa del reino esclavista de Moriana, y Cuervo, un joven mago de Alosna, durante la guerra que se desata por el despertar de un dragón milenario y la invasión de los guerreros tungros de la estepa. Descrita así –la creación de un mundo paralelo a la Edad Media y que incluye la aparición de seres fabulosos–, Loba mostraría su filiación con las sagas fantásticas de Tolkien, Le Guin o Rowling, modelos ante los que Verónica Murguía (México, 1960) se establece con desafiante ambición.

Loba tiene una voz narrativa en tercera persona. Sigue una estructura cronológica lineal, con rápidos saltos al pasado para contextualizar los atributos de un personaje o el avance de la trama. El ritmo se despliega en capítulos cortos, con la alternancia de resúmenes y escenificaciones y un contrastado manejo del espacio, ya la intimidad de una casucha o la habitación de un castillo, ya los escenarios de la naturaleza o una ciudad. Además de sus protagonistas, Loba desarrolla a numerosos caracteres secundarios: un rey, miembros de su corte, magos, campesinos, esclavos, caudillos, soldados... y, con una apertura sensi- ble poco común, incorpora la percepción de representantes, naturales o míticos, del reino animal.

La prosa deja ver la elegancia clásica ya presente en las novelas Auliya (1997) y El fuego verde (1999) y los relatos de El ángel de Nicolás (2003): una dicción precisa y abundante a menudo apoyada en un verismo filológico que consigue un envolvente sentido de época, y el esmero descriptivo con que se procura un amplio registro de lo sensorial no menos que un puntualizado análisis de las oscilaciones psicológicas de los personajes en el campo de los sentimientos y las emociones, y esto con una propensión estilística sostenidamente poética que se advierte en comparaciones y metáforas.

Lo que he señalado podría equivaler, detalles más, detalles menos, a una buena franja de narrativa contemporánea al mismo tiempo legible y exitosa en ventas: comprometida en los pactos narrativos, veloz y efectiva –mas no renovadora–. Habituados a diagnosticar una dicotomía insalvable entre la opción de tener lectores y la de hacer gran literatura, podríamos desoír el logro mayor de Murguía: entregar entretenimiento y arte, en las mismas páginas.

Si bien cuenta con eruditas lecturas propias de una gran conocedora de la Historia, Murguía pareciera aspirar a la atemporalidad en sus creaciones. Los entornos pseudomedievales en que viven y viajan y mutan sus protagonistas –trátese de Auliya, Luned o Soledad– se ven soportados por una reconstrucción histórica seria y discreta para nada diletante, que se advierte en función de, sin embargo, forjar un tiempo individual fuera de la Historia. Murguía construye ficciones que, afirmadas en un vasto saber libresco, refutan al fin la prisión del devenir histórico, y esto ocurre no solo porque sus personajes conviven con una realidad en la que existen poderes mágicos sino también porque a Murguía le interesa menos el pormenor de la época que la transformación de sus personajes ante disyuntivas que por haberse registrado una y otra vez a lo largo de tanto tiempo también lo serían muy probablemente del nuestro.

Loba tiene como eje dramático el crecimiento interior de Soledad y Cuervo; parten, ella de la aflicción por el rechazo paterno, y él de la sed de venganza, hacia un proceso que, al carearlos con las consecuencias de sus actos y prejuicios, los lleva a una maduración difícil que no los destruye porque son, ambos, tendientes al autoexamen. ¿Qué significa ser hija de un rey déspota? ¿Qué el haber provocado la muerte de tantos cuando lo que se deseaba era la justicia? Loba figura cómo estos hechos, y la conciencia que los dos jóvenes alcanzan sobre ellos, los van empujando hacia más espesas definiciones.

Además de afianzarse en tanto novela psicológica que participa de los bretes de la identidad, Loba también se aboca al desenvolvimiento de problemas sociopolíticos. Moriana es un reino en el que prevalecen la injusticia, la violencia y la explotación de los seres humanos; estas realidades encarnan en hechos concretos y, más aún, en la vida interior de sus personajes –como, entre otros, el viejo guerrero Húbilai o el maestresala Tagaste, el rey Lobo y la campesina Ámbar– a través del conflicto entre la imposibilidad de la justicia y la rectitud de la venganza, entre el ansia de libertad y la condición más indigna del sometimiento, entre la crueldad y la compasión.

Lo que he dicho vale enteramente para los dos primeros tercios de Loba. No puedo dejar de referir la variación que se impone a la novela a partir del capítulo 54, con la irrupción de un ser sobrenatural, el Unicornio, en el puerto de Rodosto. A partir de este punto, y a lo largo de varias acciones, la tensión dramática disminuye y el movimiento psicológico de los personajes deja de notarse tan persuasivamente congruente y matizado como lo había venido siendo. Ocurre que el Unicornio, principio del bien absoluto, a la manera de un deus ex machina que hace su aparición mucho antes de que el nudo llegue a su punto álgido, incide sobrehumanamente en la conducta de todo el elenco, incluidos los habitantes anónimos del puerto. El efecto armónico de su presencia afecta el corazón narrativo del libro, predominado desde el comienzo por la discordia. Ciertamente, Loba se apropia en ese punto del maniqueísmo que rige los mitos y en general las narraciones populares antiguas, y que aquí se manifiesta en la lucha del dragón y el unicornio. En una segunda consideración, podría aventurarse que Murguía ha diseñado su trama adaptando a un esquema fantástico la scala naturae del neoplatonismo, la “gran cadena del ser” que, en su camino ascendente, abarcaba desde las formas más bajas de la existencia hasta Dios; en el caso de Loba, tenemos una trama que arranca con la locura y el deterioro de un tirano, y luego de una travesía que involucra situaciones de brutalidad, odio, desprecio y miedo, avanza a los registros positivos que en los espíritus de temple pueden nacer después de la violencia –misericordia, bondad, valentía–, y esto lo habría de incluir Loba con el ánimo de encauzar un mirador ecuménico, de luces y no solo de sombras, sobre lo que habría de significar ser humano. Si esto me lleva a ver en más de un trance a sus personajes menos verosímiles o, bien, a notar los hechos en buena parte del último tercio de la novela como anticlimáticos, acaso se deba al desencuentro de esa aspiración holística de Murguía con mi expectativa, espoleada por el pesimismo de una época de genocidios, sobre lo que juzgaríamos “normal” ver narrado del acontecer humano: destinos que se dirigirían sin mostrar grandeza hacia la destrucción.

Por encima de este punto, en sí debatible, no habría justicia en escatimar un hecho: con un arsenal técnico clasicista, Verónica Murguía ha llevado a un punto de alta exigencia la imaginación sensible en la narrativa para aproximarse a los temas de trascendencia comunitaria –la injusticia del poder, el derecho a la venganza, la raíz de la guerra, la explotación del ser humano– desde la perspectiva de entes de ficción que por su entereza sobreviven a condiciones de violencia, pues en su proceso de evolución identitaria caben también la vergüenza, el duelo, la ternura, el deseo, la piedad y el sacrificio. ~