David Huerta: veinte años, dos libros, dos críticos | Letras Libres
artículo no publicado

David Huerta: veinte años, dos libros, dos críticos

En Correo del otro mundo y Las hojas. Sobre poesía, dos colecciones de ensayos y columnas, David Huerta se perfila, antes que como crítico, como un lector ávido que no discrimina entre cánones y géneros, interesado en una exploración constante de las posibilidades que el arte literario ofrece.

Mi texto favorito de Correo del otro mundo. Hoja por hoja 2001-2008 (UACM, 2019), recopilación de columnas que el poeta mexicano David Huerta escribió entre 2003 y 2009, se llama Ladrido de cosmonauta”. Empieza relatando la historia, por todos conocida, de las naves espaciales Sputnik y de la célebre perrita que fue la única tripulante de la segunda misión: Laika, quien miró a la tierra desde el espacio un momento, y murió allá arriba, sobrevolándonos. Partiendo de esa imagen, Huerta se pregunta por el potencial de la literatura de imaginación, que nos hace mirar otros universos, y termina haciéndose una pregunta que, vista catorce años después, se antoja predictiva: “caído en buena hora el Muro de Berlín, ¿no habría por ahí algunos huesecillos de Laika, dignos de atesoramiento, reliquias de un testigo del mundo –literalmente: vio el planeta completo– de veras inocente?”

Frente a la pulsión apocalíptica de la literatura, de la búsqueda de mundos peores, futuros amargos y distopías que han subsistido en la ficción especulativa, Huerta se pregunta cómo extraer esos resabios de inocencia, de encanto, que también nos puede ofrecer nuestra circunstancia vista desde afuera, como solo es posible en el arte. Y él mismo se responde parcialmente esa pregunta, hablando en sus columnas de autores como Neil Gaiman o Ursula K. Le Guin, nombres reconocidos actualmente tanto por la academia como por el público general, pero que en la década antepasada ocupaban, principalmente, los libreros de apasionados por la ciencia ficción y la fantasía. Hoy, catorce años después de esa columna sobre Laika, la ficción especulativa está en su mejor momento: en América Latina, de Mariana Enríquez a Andrea Chapela, existen escritoras que utilizan este medio para mostrarnos las posibilidades de un mundo-otro, o de un mundo adyacente al nuestro, que amenaza con visitarnos; mientras tanto, en los semilleros literarios de internet, subgéneros como la ecoficción, el hopepunk y las escrituras de corte transhumanista se atreven a preguntarse, ¿y qué tal si el mundo, visto desde otro lado, puede ser no peor, sino simplemente distinto?

“Ladrido de cosmonauta”, como el resto de los breves textos contenidos en Correo del otro mundo, es un testamento a la capacidad del autor de Incurable para imaginar desde la crítica, para leer no solamente calidades, circunstancias o problemas contenidos en el texto, sino extrapolarlos y observar los efectos de la literatura en el mundo, que existen, a pesar de nuestra tendencia a descreer de ellos. Otro ejemplo de esto es su columna “Contra Whitman”, donde se rebela ante un modelo indudable para la poesía moderna y contemporánea presentándonos cómo su proyecto épico y nacionalista contenía también un profundo racismo, lo que no nos debería resultar sorprendente. Estos textos breves, de una o dos páginas, nos muestran la primera faceta crítica de Huerta que quisiera apuntar: la del lector ávido, que no discrimina entre cánones y géneros, sino que perfila sus lecturas de acuerdo con una exploración constante de las posibilidades que el arte literario, más allá de etiquetas, nos ofrece.

Complementario a este crítico aventurero y curioso, tenemos al Huerta que se presenta en Las hojas. Sobre poesía (2007-2019) (Cataria, 2020), otra recopilación de columnas que, en lugar de dar continuidad a la voz presente en Correo del otro mundo, se percibe como un lado B, donde el autor se concentra y da rienda suelta a sus conocimientos del género literario en el que se encuentra más cómodo: la poesía. En este libro vemos a un crítico mucho más incisivo, versado plenamente en las tradiciones de la poesía moderna (sobre todo la inglesa, la francesa y la hispana), pero también capaz de abordarlas sin rendir pleitesía. Nos propone una lectura de los versos épicamente asordinados de López Velarde desde la influencia gongorina, una visión del río entre Dylan Thomas, García Lorca y Langston Hughes, y una defensa contra el “berenjenal de platonismo, romanticismo chirle y sonambulismo intoxicado” que la visión de María Zambrano de la poesía, como gran discurso, ha promulgado entre generaciones y generaciones de poetas. En todas estas lecturas, tan densas como breves, sobresale la importancia que la poesía como modo de hacer, como forma, tiene para el escritor. Más que una entrada a la metafísica, que una forma “elevada” de la lengua, la poesía es una forma de experimentar con el lenguaje, de jugar a decir cosas aún no dichas con un lenguaje amplio, rítmico e informado por la historia. Su mérito es, como demuestra el poeta al citar a W.B. Yeats, a Jorge Luis Borges o a Dante, descubrirnos otras posibilidades de lo que puede ser hecho con palabras. Sin embargo, esta función no es exclusiva de la lírica, y el autor la reconoce en las identidades múltiples de Miguel de Cervantes, en el ánimo enciclopédico-novelístico de Thomas Carlyle o en la imaginación lúdica de J.G. Ballard, con quien juega a desdoblarse ejercitando un cúmulo de referencias a A.E. Guzmán, escritor inexistente. En este ánimo exploratorio, enraizado en la poesía, pero no exclusivo de ella, vemos la congruencia entre las dos voces críticas que nos presentan estos libros.

Estas dos facetas de David Huerta, que abarcan su trabajo como columnista durante los primeros veinte años de nuestro siglo, complementan su obra poética al legarnos una visión de los textos que han afectado su escritura y su circunstancia, al mismo tiempo que ofrecen, incluso al lector avezado, una amplia lista de lecturas y formas de leer. Dan testimonio, en fin, del trabajo de un poeta que ve en la crítica un ejercicio lúdico, un lugar donde se pueden contraponer y observar diferentes lecturas e influencias que resaltan tanto en el librero propio como en el marco general del acontecimiento literario. En ambos libros caben críticos, mitos y cómics, grandes poetas y escritores olvidados, descubrimientos sobre autores admirados que dejan un mal sabor de boca y recontextualizan su obra. Pero en el centro de todo reside una misma preocupación: ¿qué leemos y por qué?, ¿cómo afecta la lectura a nuestra visión de ver el mundo, a nuestra cercanía con los otros y sus circunstancias, y cuáles son las tensiones que habitan, desde la tradición o desde el tiempo, en el cuerpo “gozoso (a veces)” del escritor? Donde el lugar común dice que la literatura es un ejercicio solitario, Las hojas y Correo del otro mundo nos recuerdan que siempre escribimos junto a una multitud de fantasmas, de los cuales no nos podemos esconder, porque habitan nuestro lenguaje. Escribir, a fin de cuentas, es habitar dos tiempos: el presente extraño e impreciso, y la continuidad de la historia suspendida en nuestros modos de decir, de pensar, en las palabras.