Daumal en el columpio | Letras Libres
artículo no publicado

Daumal en el columpio

Entre los libros que fui sustrayendo de la biblioteca de mi mamá estaba La montaña análoga, novelita que René Daumal dejó inconclusa al morir, tuberculoso, a los 36 años. A lo largo del tiempo, como es natural entre quienes nos dedicamos a los libros, me fui enterando, de pasada, quién había sido Daumal y este año, que es el de su centenario, releí La montaña análoga,1 buena parte de la poesía de Daumal (junto a la de su hermano del alma, Roger Gilbert-Lecomte, en Les poètes du Grand Jeu) y una biografía, la de Jean-Philippe de Tonnac, René Daumal, l’archange (1998). Este es mi informe de lectura.

Daumal, el tipo humano, no cae muy bien de entrada. Fue uno más de los muertos precoces del surrealismo y se peleó agriamente, como era menester, con André Breton, a quien le escribió una sesuda carta abierta (1929) donde lo invitaba a abandonar las frivolidades de la escritura automática y del azar objetivo y espiritualizarse a la medida de Le Grand Jeu, la revista de Daumal.2 Recién iniciados los años treinta, Daumal se alejó de la vanguardia y de su ambiente belicoso para entrar bajo el dominio espiritual de Gurdjieff y Ouspensky, cuyos libros también los tenía mi mamá y no fueron, como yo lo creía de niño, otro par de bolcheviques sino magos, hombres muy notables.

El gesto adusto y sabiondo de la vanguardia se une, en Daumal, a la desesperada prepotencia del iniciado, combinación un tanto pesada. Además, Daumal nació en Las Ardenas y el nexo con su paisano Rimbaud fue ampliamente explotado por él mismo, por sus camaradas del Gran Juego (la expresión, juguetona, viene de Kim, de Kipling) y por quienes han construido su fama póstuma. No es que los simplistas, como se bautizaron, tuvieran menos derecho que otros a reclamarse herederos de Rimbaud. Inclusive, ateos, blasfemos y esotéricos, los del Gran Juego tenían más credenciales que los Claudel y los Rivière, quienes con mucha eficacia se las arreglaron para convertir a Rimbaud en algo más que un espíritu religioso, en un Cristo crucificado para que todos sus hijos, los modernos, nos salváramos.

No me queda claro por qué los simplistas se consideraban tales, pues la doctrina del Gran Juego es confusa, abigarrada y barroca, aunque se pretende bestial y primitiva. Decía Santayana que nada le parecía más chocante que la pretensión de hacer pasar al arte moderno, la argucia más compleja e intrincada de la que se tenga memoria, por primitivo.

Los sicofantes del Gran Juego se tomaron muy en serio la droga y fueron atascadísimos, en un nivel que deja anticuada, con el hachís y el ajenjo, a la generación de Baudelaire. Gilbert-Lecomte (1907-1943) murió de tétanos (habiendo escrito Tétanos mystique) tras haberse dedicado al opio y a la heroína y protagonizar la vida violenta del narcomenudista. El tercero de los amigos, el novelista Roger Vailland (1907-1965), quien en Drôle de jeu (1945) traspasó sus recuerdos de juventud al mundo de la Resistencia, hubo de desintoxicarse con el comunismo, sobreviviendo a sus amigos, según dijo, a causa de su ligereza.

La adicción de Daumal tiene un origen perfecto: atarantando coleópteros para pincharlos en su álbum, el adolescente coleccionista, entonces miembro de la sociedad de historia natural de Las Ardenas, se volvió asiduo al tetracloruro de carbono. De allí, los simplistas pasaron a experiencias más gruesas: jugar a la asfixia y a las visiones extrarretinianas, buscando sentirse como muertos-vivos, objetivo que trataron de cumplir, también, con alcohol y tabaco pero, sobre todo, con el inmenso catálogo de satanismo y esotería que les ofrecía la literatura francesa.

Tonnac y otros de los lectores de Daumal coinciden en admirar (y yo lo admiro con ellos) al Gran Juego como a una fratría y pandilla que jamás renunció al ideal de la infancia como la única y verdadera metafísica. Jugaban, en verdad, a la ruleta rusa. Siempre serán niños terribles extraviados en la adolescencia y sus graves aventuras y, a su lado, en 1930 los Breton y los Aragon parecen ser insoportablemente adultos, deseosos de poner, nada menos, que al surrealismo al servicio de la Revolución. Tras escenas tormentosas en los cafés de París, donde se reparten anatemas y excomuniones y los artistas juegan a los comisarios (antes de que los comisarios jueguen con ellos), los viejos amigos del Gran Juego (y quienes se les agregaron, como el pintor Joseph Sima y otros checos, André Rolland de Renéville, el yugoslavo Monny de Boully) se separan y cada quien toma su camino.

Daumal escoge la India, adonde nunca fue. No se sabe bien cómo ni cuándo pero se convirtió en uno de los grandes sanscritistas de su generación y dejó bibliografía que lo prueba. Daumal cae rendido ante el bailarín indio Uday Shankar y se vuelve su empresario en una gira a Nueva York y cercanías, de donde el poeta vuelve horrorizado del mundo moderno (los franceses siempre necesitan de esa prueba en particular). En poco tiempo, Daumal entra en contacto con una pareja de rusos, Alexandre y Jeanne de Salzmann, quienes lo introducen en la escuela de Gueorgui Ivánovich Gurdjieff. El gurú no recomendaba su doctrina a los escritores, y a su instituto en Fontainebleau se había ido a morir, una década atrás, la desahuciada Katherine Mansfield. No pudiendo ser un brahmán o un sanyasin, el llamado Cuarto Camino de Gurdjieff le dio a Daumal el orden que le faltaba a su vocación de asceta.

En 1935 Daumal era colaborador irregular de la Nouvelle Revue Française y el patafísico de la casa. Empezaba a publicar sus primeras traducciones del sánscrito y ganó, con El contracielo, una colección de sus poemas, el Premio Jacques Doucet, que le confirió un jurado compuesto por Gide, Valéry y Giraudoux. Pero la poesía de Daumal pasa por indigesta. Tonnac la considera, por ser demasiado cerebral, letra muerta. Yo agregaría que, como toda poesía que se quiere, adrede, mística, peca de ser libresca haciéndose pasar por vívida, existencial. “No he querido cantar, sino gritar”, dijo el propio Daumal antes de condenar él mismo toda su obra poética en “Poesía negra y poesía blanca” (1941).3

En ese ensayo, Daumal celebra haberse amputado el miembro gangrenado de su poesía y deplora haber actuado por el placer perverso de escuchar crujir a las palancas y a los engranajes. “¡Silencio, pues, máquina! ¡Silencio a los juegos de palabras, a los versos memorizados, a los recuerdos fortuitamente armados, silencio a la ambición, al deseo de brillar –porque la luz brilla por sí sola–, silencio a la autoadulación, a la autocompasión, silencio al gallo que cree que hace que salga el sol!”4

Contra la poesía de la vanguardia, “poesía negra” en tanto que “magia negra”, Daumal apostaba por la “magia blanca de una poesía blanca”, una escritura que reflejase su búsqueda espiritual. Daumal no alcanzó a cumplir su propósito y no lo lamentó, temiendo acabar haciendo una “poesía ruso-blanca” que fuera el equivalente gurdjieffiano de la que escribían, en el plano de lo temporal, los surrealistas conversos al marxismo. O aquella otra literatura edificante, la de los católicos que, como el enigmático Raymond Christoflour, empezaron a sobrevolar el lecho del enfermo Daumal.

Más allá de lo que se piense de la galaxia misticoesotérica que, viniendo del siglo XIX, cubrió el XX con una religiosidad no confesional, individualista, apoyada en esas religiones orientales a las que vampiriza y reinventa para el público occidental, debe decirse que Daumal, alumno del filósofo laico Alain en el liceo, fue un racionalista. Siguiendo a René Guénon (el maestro con el que nunca cruzó una carta pero que sabía de él), Daumal condenó con furia el mercado espiritual parisino, cuyas “pseudorreligiones” eran el “opio de los intelectuales”, con toda su cohorte de místicos, astrólogos, “brahamanes constipados y lamas antisemitas”.5

Gurdjieff, por razones teóricas o propagandísticas, era reticente a entrar en el terreno religioso propiamente dicho, declarando que antes de “ser cristiano o musulmán” el hombre debía aprender “a ser”. Esa reserva le convenía mucho a un Daumal que era técnicamente ateo, como se supone que son los budistas y lo entendió el autor de El contracielo en sus últimos días, cuando traducía, del inglés, a Suzuki. Daumal, además, había escrito un poema contra Dios –el gesto más adolescente que puede haber– cuyo grado de blasfemia provocó que, en los medios editoriales de vanguardia, faltase, durante algún tiempo, un valiente que lo publicara.6

Tras una temporada en el sur de Francia, adonde había huido de la ocupación alemana en compañía de Tristan Tzara, ave de mal agüero, Daumal regresó a París y murió. Había pasado sus días de asceta tuberculoso en compañía de su esposa Vera y de Luc Dietrich, el discípulo que compartía con Lanza del Vasto, quien les contó a los Daumal, con lujo de detalles, su encuentro con Gandhi en la India.

Queda La montaña análoga, publicado póstumamente en 1952. La novela, risueña e iniciática, no parece corresponder a la severidad de su creador y quizá sea el regreso final, de Daumal, a Alfred Jarry, su primer maestro. Aunque es una ascesis, un falso libro de aventuras que desarrolla el simbolismo de la Montaña tal cual lo había sintetizado Guénon, es un libro encantador y encantado (así lo habría descrito Octavio Paz). La historia entera parece una sucesión de acuarelas, cada una más perfecta que la anterior, que tiene un aire al Viaje al centro de la tierra, a Erewhon, a la Narración de Arthur Gordon Pym, pero es otra cosa, a la vez grave y simpática.

El narrador, en La montaña análoga, ha publicado un artículo, en una revista de paleontología, donde se lamenta de que las cumbres del planeta hayan quedado desacralizadas e inaccesibles. Un gran iniciado, Pierre Sogol (que es Gurdjieff y es Guénon), le escribe al narrador convenciéndolo de que la búsqueda geográfica puede y debe hacerse, siendo “científicamente” posible el descubrimiento de ese lugar y la ascensión a esa montaña oculta. El resto, en una novela abandonada como la de Poe, nos cuenta la selección de los expedicionarios, las defecciones y las traiciones (tan propias, a la vez, de los cenáculos poéticos y artísticos), el viaje de oeste a este y la llegada a ese maravilloso mundo análogo al nuestro, regido por leyes no menos despiadadas y estrambóticas. La montaña análoga desmiente la idea de que la alegoría es un procedimiento extraño a la literatura moderna, revisión tanto más inquietante por haber sido obra de un consumado vanguardista, quien resulta más cercano, quizá, a Dante, que a los locos y a los iluminados románticos y simbolistas.

Antes de regresar La montaña análoga al librero de mi mamá, donde permanecerá entre sus paperbacks de Colin Wilson, registro una última anécdota. El 7 de junio de 1927 René Daumal y su hermano Jack estaban jugando en el columpio, niños terribles y eternos. René se cayó, se descalabró y sufrió una amnesia de un par de días que sus amigos festejaron como un triunfo metafísico. Ese era Daumal, el poeta que exigía, al entrar en un cuarto oscuro, que, además, le vendaran los ojos. ~


 

 

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1. René Daumal, La montaña análoga, traducción de Carmen Santos, Alfaguara, Madrid, 1982. Hay otra edición de Atalanta (2006), El monte análogo, traducción de María Teresa Gallego.

2. Dice el poeta español Antonio Martínez Sarrión en Sueños que no compra el dinero (Balance y nombres del surrealismo) (Valencia, Pre-Textos, 2008): “René Daumal [...] publicó una carta abierta a Breton donde, tras negar toda validez a la vía surrealista y, cual vendedor callejero, desplegar el muestrario de lo que ellos estaban en condiciones de suministrar, ofrecía a los surreales una mercancía más fresca y a precio sin competencia: videncia, mediumnidad, yoga hindú, confrontación sistemática del hecho lírico y onírico con la tradición oculta y la mentalidad primitiva, procesos de trasposición de conciencia y procesos de despersonalización.” (p. 240)

3. René Daumal, El contracielo, traducción de Mónica Mansour, México, Aldus, 2000.

4. Ibíd., p. 138.

5. Jean Philippe de Tonnac, René Daumal, l'archange, Grasset, 1998, pp. 277-278.

6. "Poème à Dieu et à l'homme" en Les Poètes du Grand Jeu, presentación y selección de Zéno Bianu, Gallimard, 2003, pp. 67-73.