Cuarto de hotel, de Coral Bracho | Letras Libres
artículo no publicado

Cuarto de hotel, de Coral Bracho

Hace poco leí un libro que nada tiene que ver con Cuarto de hotel. Se trata de Errata, de George Steiner, leído con gusto pero dejando al aire más de un rasgo que apenas pude comprender. Tampoco entendí el libro de Coral Bracho porque, más allá de algunas imágenes de apariencia y consistencia rotundas, me perdí entre las hojas de una presencia inasible que –en un primer acercamiento– sólo acrecentó mi perplejidad. Gracias a Errata pude volver e intentar una segunda lectura, ahora bajo el dato de una extraña defensa de la poesía que, en líneas de Steiner, dice así: los poetas “han transformado lo particular, incluso lo minúsculo, en inviolable”.

Digo extraña porque lo corriente es que lamentemos la inclinación hechiza de cierta poesía fascinada ante, por ejemplo, el peso de una piedra. Una poesía en la que lo “inviolable” es resultado de una particularidad que, llevada al extremo, se transforma, acaso con facilidad, en ilegible. Desde luego, nuestra reacción ante esto es tan natural que no se me ocurre ningún argumento a favor de la poesía que no se entiende. Al igual que muchos, disfruto el trazo firme y sin doblez aunque, ciertamente, también me gusta oír el revés de dicha historia: “Creo en la actividad de la piedra, real o ilusoria. Creo en la gravitación como elemento vital” (Isamu Noguchi).

En efecto, si los pasos de Bracho resuenan aquí y en otra calle es porque Cuarto de hotel parece escrito desde la otra cara de las cosas. Un desplazamiento desconcertante viniendo de alguien a quien identifico con la red de los sentidos lanzada al río de las metamorfosis esencialmente tangibles; esto es, una sensibilidad bien dispuesta al “deleite de las formas”, según nos dijo en Tierra de entraña ardiente. En este orden –recordemos– los poemas de Bracho se hundían en la marea de los elementos para regresar transformados en ritmo e imagen gracias a una enorme capacidad para experimentar el lenguaje como un fenómeno con respiración propia. Una poética en donde las palabras aparecían dotadas de una identidad casi orgánica.

Contrariamente, en Cuarto de hotel aquellos elementos se convierten en objetos –lo que no es poco decir–, como si la alta marea de las asociaciones se hubiera retirado dejando un pan sobre la mesa. La espiral del deseo que atravesó Peces de piel fugaz o El ser que va a morir se subvierte y desgaja con aire de cosa dislocada: “En los objetos no hay proyecto de orden/ ni solidez./ No hay contorno ni peso/ en que se identifiquen./ Su condición inalterable/ los hace cada vez menos comprensibles,/ cada vez más ajenos./ Más semejantes a nosotros.” Consecuentemente, dichos objetos traen consigo la posibilidad de hundir la mano en otra dimensión, a riesgo de suspender toda certeza acerca de nuestra propia realidad: “¿De dónde a dónde se abre esa puerta?/ ¿Qué va dejando/ poco/ a poco/ fuera?”

Para ser precisos hay que decir que esta duda abrió un hueco en la poesía de Bracho desde su libro anterior, Ese espacio, ese jardín, volumen en que la plenitud se asoma al espejo del vacío para leer el paso de los días: “La muerte, / a gatas entre los muebles.” Sin embargo, me parece que en Cuarto de hotel no hay plenitud posible y que las epifanías del tiempo –el amor y la infancia en Ese espacio, ese jardín– se esparcen en fragmentos que apenas se distinguen como los restos de un naufragio. Los objetos (el pan sobre la mesa) se yerguen señalando un extravío, una soledad incapaz ya de iluminarse al pabilo de una historia. Alguien habla, en efecto, pero no sabemos qué ni a quién. Y ese “cuarto de hotel” del título sólo acentúa la nada en donde, finalmente, se evapora el hilo del que pende nuestro ser:

 

Parte de los espacios

Una callada multitud entra al cuarto

y se lleva parte

de la ropa.

Parte

de las costuras de la ropa. Parte

de los espacios

que detienen

 

en silencio

 

la ropa.

Dije al inicio que me perdí entre las pocas páginas de este libro. Sucede que muchos de los poemas, a mi parecer, se desdibujan si son leídos de manera aislada, como si Cuarto de hotel nos ofreciera los retazos de un monólogo transcrito al paso. Sin embargo, a partir de estos fragmentos, reticentes y sostenidos a fuerza de líneas oscuras, Bracho configura una atmósfera cargada de sugerencias pero, sobre todo, atravesada por un profundo desconcierto ante el sinsentido de una cotidianidad extraña e impersonal. En este orden, la voz que escuchamos en Cuarto de hotel es la voz de las cosas y de los seres enclavados –por decirlo así– en su lado oscuro. ~


Tags: