Contra los dogmatismos | Letras Libres
artículo no publicado

Contra los dogmatismos

Guillermo Sheridan, México en 1932: la polémica nacionalista, Fondo de Cultura Económica, Vida y Pensamiento de México, 1999, 506 pp.

Daniel Cosío Villegas, de acuerdo con su penetrante y pertinente liberalismo, decía que llamar a dar clases a un típico profesor marxista era perder el tiempo: el catedrático ya lo sabría todo, para todo tendría respuesta, sería incapaz de formular o de compartir una pregunta. Con un dogmático no puede discutirse: su voz o su pluma expresan la verdad de la tribu, lo que le es propio, lo que la distingue. Recuerda Sheridan la idea de Isaiah Berlin:
las reglas, doctrinas o principios nacionales "deben seguirse no porque conduzcan a la virtud o a la felicidad o a la justicia o a la libertad [...] o sean buenos en sí mismos, universalmente y para todos, sino porque son míos, de mi grupo, porque son demandas de la forma particular de vida social dentro de la que he nacido".
Para que esto pueda ocurrir con normalidad, más allá de todo conflicto, será necesario crear una suerte de mundo como representación de lo que vendría a distinguirnos (de aquí adefesios como el traje de charro, por ejemplo de símbolo de la nacionalidad). Pero los conflictos parecen aguardar, agazapados: son buenos pretextos para desenvainar la espada, la dura y afilada espada (ya diferente a la de tres filos, con la que los adversarios alternadamente afirmaban y negaban antiguamente, según recordaba Amado Nervo, y registra Sheridan). Mucho menos visible y sonora que otras manifestaciones artísticas, la poesía puede dormir apaciblemente —y hacer dormir— o puede desplegar poderosamente su capacidad de libertad, "su carácter relativamente inaccesible para las necesidades de mercadeo populistas". La poesía, en 1932, en un Estado que partía de una revolución que "fue una revelación de nuestro ser nacional" —como señala Octavio Paz— pero que al mismo tiempo —de nuevo el poeta— "no logró darnos una visión del mundo ni enlazar su descubrimiento a una tradición universal", ponía de manifiesto de modo especial el surgimiento —que no deja de tener sus renaceres— de una confrontación: entran en juego "la pasión nacionalista y [...] la necesidad de insertar esa pasión en la corriente general del espíritu moderno". Aquella pasión nacionalista había sido ya atraída, sin remedio en gran parte de los casos, por el influjo mayor de defensa efectiva de la pluralidad encerrada en lo nuestro que representaba la Unión Soviética, bajo la fuerza de la hoz y el martillo (en la frente). El nacionalismo vasconcelista o del poeta Carlos Pellicer no eran más que leves expresiones de una pasión que hallaría luego cauces de veras duros, paridos de la mediocridad, el clientelismo chambista del intelectual (la izquierda ha tenido un excelente olfato para dar con nombramientos y con nóminas), un machismo que se preocupaba en exceso —como con ironía vio Jorge Cuesta— en la virilidad de los vilipendiados, una retórica que prefería el ruido al rigor, una ruta, una sola cosa nuestra (la que quería David Alfaro Siqueiros). Sheridan revisa esta historia, sus antecedentes, sus alcances, sus simas, sus momentos mejores. La recoge ampliamente en una larga serie de documentos: textos periodísticos, correspondencia privada. Suestudio previo es clarificador y apasionado. Y las luces de aquella pasión no pasarán con dificultad a los lectores. Sheridan y los lectores están frente a un género literario que rebasa cauces, se niega a las taxonomías y reclama de sus personajes —en clara paradoja— apertura y capacidad gesticulatoria. "Las polémicas literarias —dice con razón el autor— son un fenómeno fascinante. Sobre todo en una cultura como la nuestra, proclive al ninguneo, al acriticismo y a un silencio público contrapunteado por el desollamiento privado." Roto "el pacto de silencio" se sabe que algo distinto ha ocurrido en el mundo literario, y en México —en 1932 y también en años posteriores— que algo diferente pasa —termina de establecerse, busca allanar los campos, crear nuevos horizontes, romper las palabras, uniformar los silencios, inundar todo de voceríos sin fin— en el mundo comúnmente oscuro del Estado como vigía de lo nuestro. Contra el panóptico que ocupa aquel Big Brother, los más afilados, más certeros, más intuitiva y pacientemente arrojados proceden de la mano y la mirada infalibles de Cuesta. Ha identificado bien al enemigo, no cederá. Fundará sus decires en lo que tendría que ser el territorio de común sustento: la legalidad establecida. Su mano y su mirada son —se trata de un ejemplo mayor— las de un liberal. Las de Pérez Martínez y de Alfaro Siqueiros mostraban las caras paralizantes de la ortodoxia burocrática. -